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Imagen tomada de internet |
*Por Dante Augusto
Palma
Como era previsible, el
escándalo en torno al expresidente continúa. Desde el punto de vista legal, la
denunciante apuntó a diversos tipos de “violencia”, más allá de la violencia
física que se evidenciaría en las fotos, y hasta señaló haber sido presionada
para realizarse un aborto que, en aquellos tiempos, era ilegal en Argentina. En
estas horas, el fiscal ha imputado a Fernández por lesiones graves y amenazas
coactivas, y luego serán los tiempos de la Justicia, que no son ni los de los
medios ni los de la gente, los que determinen o no la culpabilidad. No apto
para apresurados.
Lo que sí promete mayor
permanencia y, sobre todo, morbo, es aquello que rodea la vida íntima y que,
salvo alguna revelación, no sería denunciable penalmente. Esto incluye desde su
presunto affaire con la community manager de la cuenta oficial del perro (sí,
uno lo escribe, lo lee y sigue sin poder creerlo), y encuentros sexuales con
amantes famosas y no tanto. La propia Yañez declaró que podía aportar videos
sexuales del expresidente en la Casa Rosada y/o en la Residencia de Olivos y,
si bien la Justicia entendió que no hacían a la causa, es de esperar que, como
suele suceder, de repente, esos videos “se filtren”.
Si la reputación y el
buen honor del expresidente ya estaban mancillados, agreguemos a esto el hecho,
siempre según la denunciante, de ser un asiduo consumidor de alcohol
(aparentemente con el dinero de los contribuyentes) y de marihuana (un homenaje
al hippismo, quizás). Por último, Yáñez culpa al expresidente de haberla
presionado para que se desprendiera de su perro Pomerania llamado “Calabaza”
porque no sería un perro acorde a una primera dama y porque no se llevaba bien
con el perro de Alberto. No debería sorprendernos, en breve, escuchar “Dylan, basura, vos sos la dictadura” u
observar en una próxima marcha una remera con la leyenda “Je Suis Calabaza”.
Lo cierto es que, si
Alberto ya era un cadáver político siendo presidente, ahora son interminables
las filas de los que pretenden orinar sobre su tumba pero que tuvieron la
vejiga tímida mientras formaron parte de su gobierno.
A propósito, continúa
la operación despegue. Nadie lo conoce. Nadie estuvo allí. Gobernó solo y
gobernó mal porque su machirulismo le impidió escuchar a CFK, un mal del que
estaría impregnada toda la estructura del peronismo a pesar de que, desde hace
casi dieciocho años, la que toma las decisiones, para bien o para mal, es una
mujer. Y ya está. Todo resuelto. Nadie explica por qué, desde el 2007, de las
nueve elecciones, el peronismo perdió seis (ganando solo aquellas en la que CFK
se presentó para cargos ejecutivos). El problema es la ultraderecha, las redes
y el lenguaje de odio, dicen.
Lo que también resultó
novedoso esta semana fue la inversión de los posicionamientos alrededor de la
denuncia por violencia. Es que la derecha, aquella que siempre acusó el “yo te creo, hermana” de ser un lema
corporativo, divisorio de la sociedad, que atentaba contra el derecho al debido
proceso, de repente abrazó la equivalencia entre denunciante y víctima, y dio
por hecho la veracidad de los dichos de Yáñez. A favor de ese cambio de actitud
está lo que parecería ser una evidencia abrumadora que no pudo ser respondida
por los balbuceos que el presidente ofreció en el diario El País ni en su
conversación en Off con Verbitsky. Pero justo sería esperar los tiempos del
Poder Judicial.
Asimismo, por
izquierda, de repente el progresismo recordó su compromiso con los DD.HH. y la
presunción de inocencia, al tiempo que advirtió de los peligros jurídicos de la
instalación de la inversión de la carga de la prueba. La mera creencia dejó de
alcanzar y se volvieron a pedir pruebas; sí, esa creencia que funcionaba como
sentencia y condena automática, ahora es matizada y hasta se dejó entrever que
habría hermanas más hermanas que otras, introduciendo allí una dimensión de
clase por sobre el género. En síntesis, se admitió que una mujer también puede
mentir y que en el juego de las solidaridades, juegan otros factores.
En este escenario,
claro está, como era de prever, el oficialismo encontró lo que sería la prueba
de la utilización política de una agenda “igualitaria”, del mismo modo que
había señalado al kirchnerismo de haberse apropiado de la agenda de los DD.HH.
Y si alguna confirmación se necesitaba, la declaración de Yáñez señalando con
nombre y apellido a la principal responsable del ministerio de mujeres, género
y diversidad, es elocuente. Dado que Mazzina negó tener conocimiento de la
presunta violencia contra Yáñez, será la Justicia quien determine cuál de las
dos miente, pero esa misma eventualidad (la mentira de la denunciante o la
mentira de la exministro) dejaría herida, o bien la credibilidad de la
(presunta) víctima, o bien la credibilidad del ministerio que siempre aseguró
no hacer una instrumentalización política de su agenda.
Mientras la causa de
los Seguros se ve opacada por este escándalo, causa que salpica demasiado cerca
al expresidente, es de esperar que la estrategia judicial de Fernández y, por
qué no, mediática, apunte a la desacreditación de Yañez.
Ahora bien, en el juego
de descréditos, y ante la opinión pública, le va a costar, no solo por lo que
parecen ser evidencias, sino porque su palabra, desde aquella foto de Olivos,
cada día vale menos. Puede que apunte a un presunto intento de extorsión a
cambio de dinero, o que se tome de lo que parecerían ser algunas exageraciones
de la declaración de Yañez quien se ha anticipado a la acusación de
“alcohólica” indicando que su presunto alcoholismo comenzó después de las
agresiones; o cuando intenta despegarse absolutamente de la organización de
aquellos festejos de Olivos que habrían afectado el resultado de las elecciones
(como intentó despegarse, por cierto, el expresidente el día de “mi querida Fabiola”).
Frente a los
apresurados que hablan de la enésima muerte del peronismo, solo cabe decir que
es mejor esperar el desarrollo de los acontecimientos. En todo caso podría ser
la enésima muerte de la política porque la sensación que ha atravesado a la
sociedad es la de cansancio, pero como ya ha quedado demostrado a lo largo de
la historia, los espacios vacantes en política se ocupan y se resignifican.
Con todo, lo que parece
claro es que, hoy, lo otro del discurso antipolítica de Milei no es un discurso
a favor de la política, sino también un discurso de bronca, resignación y
decepción con la clase dirigente, lo cual paradójicamente también está a la
base del discurso de Milei. De aquí que escuchar a alguien que diga “creo en la política como herramienta de
transformación” suene a candidez voluntarista. Hoy “antipolíticos somos todos”.
En todo caso, la
diferencia es que una mitad de la Argentina tiene esperanza en que la
destrucción de todo sea la solución mientras que la otra mitad solo implora que
no se siga rompiendo lo que hay.
De cara al futuro, no
parece un escenario demasiado esperanzador.
*Profesor de
Filosofía y Dr. en Ciencia Política
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