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11 de febrero de 2018

CRISIS Y DEPENDENCIA

*Por Juan Disante

Si cuatro años antes de 1917, alguien le hubiera dicho a Vladimir Ylich Lenin que en Rusia se produciría un cambio revolucionario, éste le habría respondido que estaba loco, que el socialismo todavía estaba bastante lejos. La monarquía zarista estaba muy imbricada en las costumbres históricas de aquél país y, siendo uno de los países más atrasados del mundo, en apariencia no había visos de ningún cambio para pasar a ser una de las primeras potencias del mundo, como posteriormente ocurrió. Lenin pensaba que durante un largo tiempo se debía pasar por varias etapas políticas previas antes de alcanzar el umbral de la revolución popular. La situación económica de Rusia, embargada, atrasada y dependiente, era dramática. En la relación entre las clases, repercutía con dilación de muchas décadas los desastres económicos de una monarquía ajena a la situación de miseria en la población. Frente a este extremo sufrimiento, obreros y campesinos esperaban una salida política que se demoraba demasiado en la larga historia de inequidades en Rusia. Una vez más se presentaba la visión de Carlos Marx cuando afirmaba que los fenómenos económicos llegan siempre a la conciencia de los pueblos en forma tardía o demorada. No así todo aquello que concierne al terreno político, que es más inmediato y subjetivo. Pero la crisis capitalista mundial hizo crujir los goznes que fue quebrando el viejo y blindado portón capitalista: la gran guerra inter imperialista.

Sin parangonar las estructuras económicas ni las épocas políticas, se puede decir que hoy Argentina está estrangulada por una cuestión de restricción externa que se profundiza, en mayor o menor grado, durante todos los gobiernos del siglo pasado. Los niveles de concentración y extranjerización son procesos de larga data. Veamos los datos más próximos. Durante los años de los gobiernos kirchneristas, las 198 empresas más grandes del país concentraron alrededor del 22 % del PBI, que es un valor más alto que la participación que esas empresas tenían al comienzo de los noventa o incluso hacia el fin de la etapa dictatorial. Hoy, esas 198 empresas concentran un 31 % del PBI y siguen avanzando. Los gobiernos progresistas favorecen claramente a las clases populares, pero no pueden impedir el dominio del gran capital internacionalizado que profundiza, sin solución de continuidad, la diferencia entre los que más y los que menos tienen. Por otro lado, 48 empresas manejan el 73 % de las exportaciones argentinas, mientras que esas cúpulas empresarias siguen siendo superavitarias y excepciones impositivas. El resto de la economía tiene niveles de déficits comerciales muy fuertes. La economía industrial retrocedió enormemente desde el 2015 hasta hoy, y sigue su proceso de caída. El predominio abrumador que tiene el capital financiero extranjero hace dependiente a la economía argentina e impide su desarrollo real, hasta el punto de haber producido una verdadera desaparición de la burguesía nacional. Pero hay un aspecto del que no se habla: la Argentina tiene una ley de inversiones que está vigente desde la última dictadura, siendo muy favorable al capital extranjero. Durante los años noventa, se han firmado 59 tratados bilaterales de inversión, de los cuales siguen vigentes 55. En ese momento el capital extranjero comenzó remitiendo el 72 % de las utilidades, unos 3780 millones, mientras que la inversión extranjera que había ingresado no superó los 3000 millones. Entonces, ¿Qué tipo de capitalismo es posible hoy para poder impedir las crisis sociales y el salvajismo laboral en Latinoamérica?
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