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12 de abril de 2015

LA VERDAD, VALOR DEVALUADO DE LA POLÍTICA ARGENTINA


DESDE LA BANCADA PERIODÍSTICA (Editorial)


Los acontecimientos políticos que vive la Argentina, de los que no está excluido Catamarca, no son para exhibir orgullosamente y, lo peor de todo, no hay demasiadas esperanzas del cambio cualitativo que las circunstancias requieren.
Todo lo que nos enseñaron en las clases de Instrucción Cívica -sea en la escuela pública como en la privada- sobre la democracia, aunque duela decirlo, hoy es cáscara vacía. Los principios republicanos, el Estado de Derecho, el libre juego de las mayorías y las minorías, los representantes del pueblo, la división de los poderes, el federalismo y tantos otros títulos son manoseados de la forma más impúdica por la política y los políticos.
La noble actividad, que diera figuras de la talla de Leandro Alem, Sáenz Peña, Aristóbulo del Valle, Alicia Moreau de Justo, Amadeo Sabattini, Hipólito Yrigoyen, Juan Perón, Arturo Illia o Raúl Alfonsín, por nombrar solamente algunas, se debate actualmente en la más profunda de las controversias. Los valores que dieron lustre a aquellos prototipos no existen. O no se los aprecia.

La política 2015, en definitiva, es escenario para pícaros, mediocres y rufianes. Ciertamente hay honestos y probos, pero aparte de ser visibles minorías, poco a poco van acallando sus voces hasta transformarse en inaudibles.

El bullicio que conduce a que nada se entienda, o se entienda muy poco, es la gran estrategia de quienes buscan que las cosas sigan igual.


La verdad dejó de importar

En los países anglosajones, donde imperan otras reglas culturales, mentir se torna intolerable y así está expresado en los textos constitucionales, los cuales tienen su bajada a los ámbitos judiciales. Faltar a la verdad, en cualquier caso, es delito grave. Mucho más si se trata de funcionarios. Más de uno, según registra la historia, terminó defenestrado o quitándose la vida al momento de ser sorprendido in fraganti.
En la Argentina, lamentablemente, este tipo de disquisiciones no son ni siquiera consideradas y a los políticos se han sumado, ya casi sin disimulo, renombrados y no tan renombrados periodistas que, lejos de la función específica, hoy en día son más actores que nunca de una realidad donde todo es confuso, sospechoso y lacrimógeno.
En medio del fárrago noticioso, la verdad naufraga. Lo más curioso es que todos, prácticamente sin excepciones, dicen buscar la verdad. De hecho, mienten, un pecado que por estas latitudes no tiene condena, ni siquiera social. El tiempo se encarga de borrarlo, con lo cual se llega a una lamentable conclusión: mentir es gratis.


La decadencia catamarqueña


La lógica de los ventajistas, con motivos fundados, también sienta reales en la tierra de la Virgen del Valle.
No solamente que una tramposa y mañera clase política se mantiene en el poder desde hace más de 25 años, sino que, año a año, casi automáticamente, emplea las mismas tretas para su supervivencia. El fenómeno parte de un punto: nadie pugna por el triunfo de la verdad. 
Temas como la reforma de la Constitución Provincial o la instalación de elecciones internas Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (Paso), por nombrar únicamente dos, dan cuenta de posiciones realmente vergonzosas.
En el año ‘88, cuando Ramón Saadi impulsó la última reforma, quedaron selladas y lacradas nefastas cuestiones que nadie, 27 años después, debería poner en duda. Por ejemplo, haber instaurado la reelección indefinida para el cargo de gobernador y vice, objetivo capital de aquel exgobernador.
Como no podía ser de otra manera, la decisión de eternizarse en el poder, fue el mayor escándalo catamarqueño en tiempos de democracia. El radicalismo, la principal fuerza de oposición, se partió en dos o tres pedazos detrás de un hecho que no contó con ningún respaldo de la ciudadanía, salvo los fundamentalistas de la época.

Si la UCR repudió lo que era repudiable, cómo puede entenderse que nunca, a pesar de gobernar por espacio de 20 años (1991-2011), haya intentado reparar aquel adefesio republicano o, ahora, se oponga al designio reformista del gobierno.

Algo huele mal entre los principales contendientes de la lid política local. 
Para ser coherente con su postura de los ‘80, tratándose de los mismos actores, la UCR no debió perder segundos en buscar la variante constitucional. Aparte que no lo hizo, cuando otro propone el cambio, a través de sus voceros, sale a barruntar que no es la oportunidad. Vil mentira: para modificar lo que se dijo que está mal, toda instancia es siempre oportuna.
El gobierno tampoco es cándido cuando llama a la reforma. Proclamar la eliminación de los privilegios es también perseguir un rédito político, aunque el opositor tenga sólidos argumentos para capturar por su lado las mismas ventajas. Con sólo redoblar la apuesta oficialista lo lograría. ¿O no fue, acaso, la UCR la que atacó con toda su furia la picardía del ‘88?
Con las internas Paso ocurren cosas similares. La UCR las reclamaba como panacea democrática y el FPV parecía despreciarlas. Cuando éste quiso hacer la ley, la oposición cambió de parecer y, por ocho meses, adormeció el proyecto. Ahora acusa al gobierno, que mira para otro lado, de no incluir el tema en extraordinarias. Conclusión: alguien miente. O los dos.


La Argentina postNisman


Como lo apuntamos en esta misma columna de los sábados, al momento de los hechos, la muerte del exfiscal Alberto Nisman podía llegar a cambiar la historia del país y hasta sus relaciones diplomáticas con el mundo.
Pero también dijimos, y lo afirmamos, que tratándose de un caso político, su dilucidación podía conducir al no esclarecimiento, tal como había ocurrido con la muerte de María Soledad Morales que, hasta el día de hoy, nadie en sano juicio puede decir cómo fue, adónde fue y quién o quiénes fueron los victimarios. En este sentido, hay que ser claros: la Justicia, aunque haya sacado condenas totalmente forzadas, nunca pudo probar los hechos reales.
Con Nisman nos encaminamos, salvo que ocurra un descubrimiento improbable, hacia el mismo final del caso que conmovió a los catamarqueños.
Es que, aparte de características parecidas, detrás de la muerte de Nisman hay intereses políticos que, aunque se proclame a los cuatro vientos que se la busca, alejan a la verdad.
Al gobierno nacional se lo acusa, por distintos motivos, de haber contribuido a la muerte del fiscal. Le imputan no haberlo custodiado bien y hasta ordenar una maquiavélica operación, con muerte incluida, para despejar la acusación de encubrimiento que el extinto iba a realizar contra la presidente, otros funcionarios y allegados kirchneristas.
Estos sectores no aceptan la posibilidad del suicidio, una de las hipótesis de investigación de la fiscal del caso. En ese sentido, obturan cualquier pensamiento en contrario. Para ellos fue, sí o sí, un crimen, aunque hasta ahora no señalan un autor determinado. Se quedan con la entelequia del Estado asesino.
Desde los territorios oficialistas el discurso es otro. Para ellos, Nisman no tenía elementos para acusar y prefirió la muerte antes de aceptar la falta de pruebas. Intrínsecamente están diciendo que se disparó. O que le dispararon por turbulencias con los servicios secretos o cuestiones de carácter personal.

Lo llamativo del caso, en línea con el culebrón catamarqueño que apuntamos líneas arriba, es que todos dicen buscar la verdad, de la cual se apartan irremediablemente al anteponer intereses, pasiones y subjetivismos. Más claro: no quieren saber ninguna verdad que no sea la que ellos sostienen.

Que la disputa política, en casos como el de Nisman, pueda llevar a convicciones cruzadas, lo podemos comprender. Ahora que no se acepte la verdad, habla de una sociedad y un país con problemas. Para peor, el periodismo -otrora árbitro de gran aceptación social- parece estar inmerso o ser parte del mismo problema.
Por todo esto hablamos de la verdad devaluada.


Gentileza de: Revista El Emilio
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