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26 de enero de 2013

REALIDAD, DATO E INTERPRETACIÓN

*Por José Antonio Gómez Di Vincenzo



Resulta sumamente complejo definir eso que entiende uno por realidad. El tema devanó los sesos de incansables filósofos durante mucho tiempo. Ni qué hablar si lo que tratamos de explicar es cómo nos apropiamos cognitivamente de eso que llamamos realidad, cómo conocemos. Ontología y gnoseología, qué es y cómo se conoce lo que es, son campos densos y poco llanos para quienes pretenden recorrerlos.

Transformar la realidad es una de las más caras metas de todo militante comprometido que juzga una situación dada como injusta y pretende impugnarla para ir a otra más cercana a la justicia social. Resulta claro que para transformar el mundo tenemos que apropiarnos cognitivamente de él y al mismo tiempo, saber qué es eso que llamamos mundo, sociedad.

Definir lo que es, cómo es, cómo cambiarlo, desde qué tipo de acciones, quiénes, con qué y cuándo. Todos estos problemas son fundamentales si se desea emprender una praxis revolucionaria.

Tal vez por esto, la discusión con las tradiciones hegemónicas en el campo de la filosofía fue uno de los primeros y principales esfuerzos de un genio que nunca dejó de ser filósofo, Marx. En efecto, el cabezón de Tréveris debió saldar cuentas con empiristas, racionalistas, materialistas e idealistas, mientras diseñaba el recorrido que lo llevaría a su gran obra maestra filosófica, El Capital.

No es este el lugar para aburrir al lector con una clase de filosofía. Ni la metafísica ni la gnoseología permitirán ahora a este escriba decir lo que pretendía antes de lanzarse al abismo garabateando los párrafos anteriores. Téngase en cuenta, sólo por ahora, que el más grande de los intelectuales de la impugnación de lo dado y la revolución debió adentrarse en un estudio y disputa intelectual sin precedentes para saldar cuentas y elaborar su propia concepción del mundo, de la forma de apropiarse de él y transformarlo.

Dicho esto bajemos a la Tierra y vayamos a lo que nos compete. El lector desinteresado en la filosofía que viene escaneando la nota y juzgándola como presuntamente soporífera puede empezar a concentrarse más ahora o bien abandonar todo para dedicarse a mejores cosas.

Últimamente, con muchos amigos del palo venimos notando que existe una al menos ingenua (cuando no estúpida) forma de concebir la relación del político y el público en general con el dato empírico. Es muy común escuchar a muchos referentes de la oposición caer en el lugar común y el recitado de datos (todos los que convengan para lanzar excremento contra las acciones de gobierno). La creencia de que el dato es la realidad y que el dato es incontrastable, la idea de que la exposición del dato alcanza para dar cuenta de la realidad, esta suerte de frenesí por invocar la realidad sin definir nunca qué se entiende por ella suele aparecer ligada a discursos que se presentan como impugnadores del proyecto que el gobierno nacional está llevando a cabo. Suele ser expuesta ya sea por parte de derechosos o progresistas de cartón o lentejuelas o por parte de la izquierda paleolítica.

Hace muchos años, un tal George Berkeley (1685 – 1753), obispo de profesión, desarrolló una filosofía conocida como idealismo subjetivo, una forma exacerbada de empirismo. El clérigo era tan pero tan empirista, creía tanto en que todo conocimiento debía partir de la realidad, del dato, que pensaba que se es sólo de dos maneras: si se es percibido por la mente o si se percibe. En extremo, todo aquello que no está siendo captado por mis sentidos deja de ser. Es más, lo que se puede conocer de un objeto es lo que se percibe de él pero no el objeto en sí mismo.

El cura no estaba dispuesto a aceptar cosa como tal, el mundo debía existir más allá de nuestra percepción porque dios lo había creado antes que a nosotros. Como buen creyente, George siempre tenía a dios para arreglar los desajustes de su razonamiento. En efecto, Berkeley invocaba al supremo creador sosteniendo que las cosas siguen existiendo cuando no las vemos porque él lo ve todo constantemente. El dios del empirista irlandés es un dios garante.

Como quiera que sea, del aporte del obispo Berkeley se sigue que sólo puede haber conocimiento genuino si se destila del acto de conocer todo lo que tiene que ver con teoría, intervención del intelecto.

Estas ideas han prendido muy fuerte en el sentido común. La prensa corporativa, los políticos afines al establishment económico o los irredentos críticos incapaces de correrse del lugar común, siempre dispuestos a correrse para el lado que tañen las cacerolas, suelen tirar datos sin teoría.

La idea de un idealismo subjetivo ingenuo y tomado en solfa puede ser muy fértil en la mente de Macri, en las estrategias de Durán Barba y sus otros laderos. Un subte que no se ve puede dejar de ser un problema, una basura que tapa la ciudad puede olvidarse para seguir gozando de la vida del buen burgués. Un séquito de periodistas mercenarios encabezados por Lanata hará que los datos sean interpretados para constituir un cinturón protector para el candidato de derecha. El dato inflacionario puede venir bien para apuntalar la idea de que todo se va al carajo, el precio del dólar paralelo para mostrar que al gobierno se le fue la economía de las manos.

No hay meros datos. La realidad siempre es realidad pensada. Lo es porque hay seres humanos pensantes. No tiene sentido hablar de realidad sin hablar de sujetos transformadores para quienes la realidad es sólo uno de los componentes en la dialéctica con el sujeto. La idea del dato que habla por sí mismo satura el examen de empirismo ramplón. Datos sin teorías no sirven para nada. Y aquí teoría es teoría política. Porque aún en esa pretensión del dato neutro, objetivo, hay teoría, hay interpretación, y toda teoría e interpretación es una o la otra sesgada.

La teoría puede no sólo construir el dato sino también deconstruirlo, resignificarlo. Un x por ciento de inflación no dice nada acerca de la realidad, lo mismo que el riesgo país, el precio del dólar blue, etc. El análisis de la realidad social económica para su transformación no debe partir del dato y quedarse en el dato. El dato se construye para transformar la realidad, la realidad se construye tanto como el dato. Un dato sin militante político, sin subjetividad o no existe o es pura letra muerta.

La praxis política no puede hacerse desde la letra muerta, se hace en la práctica. Es allí donde nuestras elucubraciones mentales son juzgadas. De nada sirve tirar datos y hacer diagnósticos si no se es capaz de transformar lo dado.

Afortunadamente para la Argentina la historia de las ramplonas conspiraciones gestadas desde posiciones empiristas ingenuas no se están traduciendo ni en destituciones ni en los guarismos. Afortunadamente mientras de prestidigita con números miles de militantes en los barrios y fábricas siguen haciendo política y transformando la realidad para superar lo dado e ir hacia el socialismo.

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