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20 de mayo de 2012

EDITORIAL DE SEÑALES POPULARES

*Por Norberto Galasso



Vivimos un momento político altamente complejo. Después del aplastante triunfo electoral logrado por el campo nacional –con casi 40 puntos sobre la segunda fuerza política- podía esperarse confiadamente en un fortalecimiento del gobierno que facilitase la profundización del “modelo” implementado desde el 2003. Ese robustecimiento se ha producido en lo institucional, con las mayorías logradas en los cuerpos legislativos, pero lamentablemente, han aparecido diferencias en las bases de sustento social que es necesario superar.


Ya hemos señalado que dado el carácter amplísimo –policlasista- que caracteriza a los movimientos nacionales es común que así como se conjugan coincidencias frontales respecto al enemigo común, se manifiesten también disidencias laterales entre los sectores que componen el frente nacional. En esas ocasiones, los líderes se encuentran ante la difícil tarea de representarlos a todos al mismo tiempo, pero manteniendo un equilibrio tal que impida a cualquier sector considerarse desplazado o ninguneado. Asimismo, también es responsabilidad de cada sector la defensa de sus intereses específicos, pero evitando que ello signifique el debilitamiento del conjunto lo cual lo convertiría en funcional a las fuerzas retrógradas siempre dispuestas a volver al pasado.

En el caso de la Argentina actual provoca preocupación la desinteligencia entre la Presidenta de la Nación y la actual conducción de la Confederación General del Trabajo. El desacuerdo, que pudo irse amenguando, por el contrario, se ha agudizado. Y en esta compleja situación se mueven fuerzas que aunque no tienen inconveniente en valorar el llamado “modelo” sustentan proyectos estratégicos diversos, lo cual crea, en el campo popular, cierta sensación de molestia y de incertidumbre. Aquí y allá se observan realineamientos, acuerdos temporarios, ausencias y presencias, en un escenario donde, a su vez, se mueven las presiones externas al movimiento. Estas parecen convencidas de que ya nada pueden esperar de la vieja dirigencia opositora, quebrada en las últimas elecciones, y aspiran a sacar provecho de las disputas internas del movimiento nacional, para encontrar el hombre para el 2015, pues ni Binner ni Macri podrían jugar el rol que la reacción busca para dar vuelta el reloj de la historia.

Estos disensos crean inquietud y confusión en la militancia, tanto entre los trabajadores como en la clase media popular. Esa confusión se agrava con las explicaciones facilistas de uno u otro lado: Moyano, por machista, no soportaría el liderazgo de una mujer; Cristina, a su vez, consideraría que Moyano quiere disputarle la conducción; los jóvenes de clase media no tendrían simpatía por un dirigente de tez morena o a su vez, el moyanismo desconfiaría de los muchachos recién llegados al movimiento. Con estas simplificaciones parece difícil acercarse a una interpretación cercana a la verdad y quienes no tenemos vocación de obsecuentes, ni perseguimos cargos, ni ventajas de un lado ni del otro, juzgamos necesario ahondar en los sucesos ocurridos sin reservas mentales ni oportunismos de ninguna clase, dispuestos a entrar en la discusión franca y abierta.

“Señales Populares” existe para apoyar todo proceso de liberación nacional y para acompañar al movimiento nacional y popular, preferentemente a los trabajadores, a los cuales considera la columna fundamental de los cambios profundos que se necesitan. Lo ha hecho, lo hace y lo hará desde una perspectiva independiente, cuya estrategia apunta hacia la unión latinoamericana y “el socialismo del siglo XXI”, es decir, un socialismo nacional. Desde esa perspectiva considera que desde el 2003 en adelante se avanzó notablemente desde lo que Néstor llamaba “el infierno” hasta la situación actual, lo cual explica el apoyo electoral último al kirchnerismo y entiende también que en este proceso de recuperación, la CGT jugó un papel importante.

Como un ala del movimiento nacional –o su columna vertebral, como dio en llamarla Perón- la CGT conducida por Moyano dió su apoyo al gobierno, desplazando a los sindicalistas-empresarios del menemismo y a su vez, acercándose al sector nacional y popular de la CTA (Yasky). Recuperó paritarias, empleo y conquistas que le había robado el neoliberalismo y con importantes concentraciones ratificó el camino del MTA contra el menemismo, todo lo cual llevó a su conducción a suponer que estaba en situación de avanzar en el terreno político y lograr una mayor presencia en el movimiento. Esa CGT según expresión del propio Moyano, tenía su derecha (Viviani) y su izquierda (la corriente política del sindicalismo peronista (Schmid, Plaini y otros) y la Juventud Sindical. La constitución de estas dos últimas organizaciones revelaba esa intención de mayor protagonismo, y lo fue a tal punto que Recalde, diputado y asesor de la CGT, impulsó el proyecto de participación obrera en las ganancias de las empresas, en el Congreso, proyecto que pareció llevar el guiño de la Presidenta. Sin embargo, cuando Moyano expresó en la cancha de River su convicción de que algún día un trabajador ocupase la presidencia de la Nación, Cristina entendió que ello expresaba una disputa por el poder y le salió al cruce sosteniendo que se consideraba una trabajadora pues trabajaba desde los 18 años.

Es difícil saber si el sindicalista lo expresó pensando en él mismo o en un futuro candidato obrero, pero es razonable pensar que la Presidenta lo entendió como un excesivo protagonismo de una de las alas de su movimiento, ya fuese ambición personal o de clase.

Ignoramos si existieron otros chisporroteos personales, telefónicos o por intermediarios, pero, dada la información que poseemos pareciera que ese fue el inicio del conflicto. Lo cierto es que la Presidenta manifestó públicamente su disconformidad con el proyecto-ley de Recalde sobre participación en las ganancias -aún cuando figura en el 14 bis de la Constitución reformada en 1957- derivando esa posibilidad a las paritarias, probablemente considerando que la CGT avanzaba más allá de lo conveniente. Asimismo, al confeccionarse las listas para las últimas elecciones, algunos sindicalistas que tenían casi asegurado un lugar que los catapultaba al recinto del Congreso Nacional, fueron impulsados hacia atrás en el orden de las candidaturas. Desde el fondo de la historia vino a repetirse un suceso común en los movimientos populares: las ventajas de la unidad de mando y la verticalidad tienen también sus inconvenientes. No era un congreso del P. J. el que tomó la decisión, sino el círculo íntimo de la Presidenta que, la calle llama “mesa chica” integrada, al parecer, por Cristina, Máximo y Zanini. ¿La razón del cambio? Cristina estima que, por sobre todo, ante el fuerte enemigo externo (las corporaciones económicas, en gran parte extranjerizada y las mediáticas) así como ante la crisis mundial que amenaza golpearnos, resultaba fundamental tener legisladores totalmente adictos y no con relativa independencia que pretendiesen acelerar las transformaciones más allá de lo posible. La respuesta la dió Moyano, en el acto realizado en la cancha de Huracán, poco después renunciando al P. J. por considerarlo “una cáscara vacía”, lo cual era cierto pues no había intervenido en la preparación de las listas, aunque también es cierto que en la historia del peronismo el partido era -para Perón- un simple instrumento y su “dedo” marcaba presencias o ausencias. Pero, en esa reunión de Huracán, Moyano erró al pronunciarse positivamente respecto a un gremialista muy cuestionado, al tiempo que formuló reclamos por la elevación del mínimo no imponible del impuesto a las Ganancias, en defensa de las asignaciones familiares y exigió la entrega de fondos de las obras sociales que el gobierno le adeuda. Allí la ruptura se ahondó.

La Presidenta por su parte, que había sostenido meses antes, que el camino era “la profundización del modelo”, hablaba ahora de “sintonía fina”, es decir, reducción de subsidios y más prudente administración de las erogaciones estatales, probablemente debido a la previsible baja de nuestros precios de exportación dada la crisis mundial mientras trascendía que quizás el gobierno pondría techo a los aumentos de salarios no homologando aquellos acuerdos que considerase excesivos y agudizarían el aumento de precios. Esta formulación de la presidencia hizo pensar que se desaceleraría el ritmo de las transformaciones pero, sin embargo, hoy el gobierno ha avanzado al modificar la carta orgánica del Banco Central y ha puesto en jaque a las petroleras extranjeras, dos medidas que robustecen nuestra soberanía. A su vez, la CGT, que había evidenciado su disgusto por lo que entendía era un viraje del gobierno a favor de los sectores medios (creciente importancia de La Cámpora) y aún hacia los empresarios, en detrimento de los trabajadores, profundizó su carácter sectorial, insistió en sus reclamos y su secretario general fue demasiado invitado por los periodistas del sistema, en reportajes donde se multiplicaban las “trampas de oso” para agravar las mencionadas disidencias.

El disentimiento se ha profundizado y preocupa mucho a quienes militamos para que las transformaciones se profundicen en el camino de la liberación nacional y social. Más allá de la importancia de todos los avances logrados desde el 2003, existen asignaturas pendientes que requieren un gobierno nacional con fuertes bases de sustentación. La Presidenta conoce seguramente que ello se torna difícil con una conducción de la CGT en manos opositoras y sabe que no sería buena la “reaparición de los gordos”. La militancia reconoce sin dudas el liderazgo de Cristina y hoy probablemente supere el 54% de la elección, pero sabe también que si se produjese el desplazamiento de Moyano no será por izquierda, ni significará fortalecer al movimiento nacional si surge una CGT vacilante o vinculada a los intereses de la derecha (que no sólo existe en la Sociedad Rural sino también en un aparato industrial altamente extranjerizado). A su vez, el actual Secretario General de la CGT seguramente comprende que no puede mantenerse en el cargo haciendo negociaciones con dirigentes totalmente desprestigiados cuyo apoyo lo comprometería seguramente a reconocerles lugares de conducción en su secretariado, lo cual le restaría la simpatía que ganó en la militancia desde la creación del MTA para oponerse al menemismo.

Es necesario que se abran caminos de diálogo. Descartamos que en los principales protagonistas de este conflicto pueda existir obcecación, resentimiento o incomprensión de lo que está en juego. Vivimos una extraordinaria oportunidad histórica tanto en Argentina como en el resto de América Latina, en la cual resulta imposible cometer errores que sean aprovechados por quienes quieren volver al pasado. Por el contrario, ratificamos las conquistas logradas si seguimos avanzando aunque siempre la política de alianzas constituya un quebradero de cabeza. Unidad es la consigna de la hora para todos, pero no con todos y de cualquier modo, sino con aquellos cuyos antecedentes garantizan la prosecución del camino que venimos transitando.



Gentileza: Lanchodebasto
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