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15 de enero de 2012

IMAGINACIÓN POLÍTICA Y SIMULACIÓN

*Por Ana Laura Herrera

Como ejercicio de balance anual durante las últimas semanas se publicaron notas o artículos que de alguna manera aportan una interpretación para pensar el mundo actual. Muchos refieren a una Europa que en gran medida parece resignada y transita la entrada al siglo XXI desde una cierta dosis de apatía hacia la democracia y agonía de la imaginación política. La mirada de los analistas vuelve entonces sobre Latinoamérica y allí parece enunciarse la emergencia de otro tipo de proyectos y debates que dinamizan a imaginar otras existencias.

¿Qué ocurre en estas latitudes para que creamos y parezcamos experimentar vitalmente la política? La sospecha que en política con las intenciones y las convicciones no alcanza puede ser un puntapié dinamizador de la acción, sabemos que para transformar es preciso actuar la toma de decisiones y es allí donde irrumpen los límites que impone lo real, lo mundano, el conflicto de intereses. Pero ¿por qué la aceptación del conflicto volvería más popular a la política?

La semana pasada un artículo de Sandra Russo llamado Teoría de la Simulación presentaba un potpurrí de imágenes, ideas y ejemplos donde lo inapropiado o inconsistente de la política está en que adquiere las formas de una simulación, ese rasgo, dice, en el que ser se difumina bajo el parecer.

El punto es que desde otra perspectiva, la simulación es un valor de la política, sobre todo democrática, porque renuncia a representar el “fondo de las cosas” (accesible sólo a los “expertos”) y recurre a crear imágenes que al pueblo le parecen reales, se le aparecen como sus verdades y éste puede actuar de modo que lleguen a serlo. Quien juzga por la verdad de lo que, así, se le presenta es el pueblo, alega Jacques Rancière, un teórico que hoy los kirchneristas leemos más en la militancia que en la academia.

Es decir, en política democrática el uso del “como si” puede interpretarse desde otra singularidad, puede no referir a un engaño deliberado o a una especulación indecente, como la que hace siempre la derecha dominante, sino a la posibilidad de construir y expandir, en los que nos es común, la potencia transformadora de lo común. La vitalidad de la política y la democracia reside en esta posibilidad de imaginar con los otros un mundo habitable por igualitario, y para imaginar hace falta jugarse a la aventura de lo múltiple, a un juego interpretativo en el cual la verdad no está garantizada por nada, ni nadie, sino que hay que construirla. Lo uniforme, lo estático, lo sólido, lo firme, lo dogmatico solo pueden expresar una utopía reaccionaria que elimina lo extraño, lo impensado, lo incompleto y se repliega sobre si misma obturando la sensibilidad activa de todo aquel que se moviliza tras un proyecto político. Exclusión que nos deja hablando solos.

Acción sobre el mundo, actos e ideas que expresan conflicto, herramienta de transformación, la política implica palabras, gestos y acciones de aparición que invitan a arriesgarnos, habilitando la dimensión democrática que en ese juego tiene la simulación aprobada por el pueblo común.

Cuando admitimos que la política es lo que aparece, manifestación pública de un aparecer ante los otros y un otros que se hace visiblemente reconocible y así y solo así aparece la realidad, decimos que la realidad se expresa en ese entre (nosotras, nosotros) asumiendo la necesidad de subordinar lo que se piensa, esencia de las ideas, a la potencia creadora de la deliberación colectiva, en la que vale ponerse en el lugar de otro.

Si el sentido mismo de la democracia implica pluralidad e igualdad, la apariencia se nos presenta como componente privilegiado para la construcción política. Construcción abierta y permanente que da lugar a la imaginación, una imaginación que por política no es un acto creativo privado, sino que construye con los otros el mundo, que posibilita la irrupción de lo no pensado y lo no previsto permitiendo una movilidad potenciadora de proyecto colectivo.

Política como acto democrático de distanciamiento, de alejamiento de las certezas, de una cierta posición en el mundo de los iguales. Potencia de emancipación que asume el reconocimiento de otro igual en el mundo (sujeto, perspectiva, discurso) y se arriesga, nos arriesgamos, a la verificación en el devenir vibrante de la experiencia compartida.


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Red Mujeres con Cristina
13 de enero 2012
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