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31 de julio de 2011

LA VANGUARDIA DESCAMISADA

"Yo entendí enseguida, qué era realmente Evita.
Era puro amor por el pueblo. Era una maravilla. Una muñeca de belleza, acompañada de una tremenda fe. Esa fe, estaba depositada en su amor al pueblo y en su amor por mí. Por que en mí, veía ella la encarnación de ese amor popular.
Porque fue eso. Fue amor lo que nos unió al pueblo, a Eva y a mí...
....Hizo de su vida lo que quiso el pueblo.
Hizo una entrega total y absoluta. Tanto fue así que le costó la vida. Ella se fue en su momento. Yo me iré en el mío. Pero lo que hicimos no se puede destruir con la muerte.
Cada uno de los tres, el Pueblo Eva y Yo, en el otro que subsista, vivirá, y el pueblo será quien nos sobrevivirá."
Juan Domingo Perón


Las grandes revoluciones sociales siempre han tenido una “vanguardia” tanto en el plano teórico de su concepción como en el plano práctico de su ejecución.
Las vanguardias legítimas caracterizadas por la lucidez política de una elocuente interpretación de la realidad, han desencadenado siempre las grandes transformaciones de la conciencia colectiva.
Fueron conformadas por aquellos sectores de la población más predispuestos a asumir los más altos riesgos de compromiso militante. Generaron tanto la expansión como la profundización del motivo revolucionario planteado desde la posibilidad y la necesidad histórica.
Lógicamente estas vanguardias inicialmente, están nutridas por ideólogos y pensadores que van abriendo nuevos "sentidos existenciales" en el resto de la comunidad a la luz de sus nuevos principios.
En un proceso de crecimiento gradual, estos grupos esclarecidos, conformarán luego núcleos revolucionarios, que al vincularse entre sí, irradiarán las nuevas premisas, hasta lograr un espacio político suficiente para lanzarse a la toma del poder.
El peronismo, en cambio, fue una revolución de características especiales ya que fue realizada no desde el llano horizontal del debate ideológico revolucionario, sino desde una parte del propio poder vertical del gobierno, en circunstancias históricas tan especiales como inéditas en la historia de nuestra Nación.
Esta posibilidad permitió llegar masivamente a miles de trabajadores para poner en marcha un proceso de dignificación social que modificó para siempre el destino de la Argentina.
Esta dignificación conquistó el corazón de los humildes que comprendieron el sentido revolucionario del justicialismo en carne propia y transformaron esa vivencia personal en un compromiso con los nuevos postulados.
Esa dignificación social permitió que todo un pueblo, fundamentalmente los obreros, se transformara en una vanguardia popular, masiva y revolucionaria.
Evita la llamó: la vanguardia descamisada.
Fueron los trabajadores los que demostraron el máximo grado de compromiso con la revolución justicialista. Fueron los que estuvieron presentes en los días claves de la historia del peronismo y a ellos siempre apeló el líder para enfrentar las circunstancias políticas difíciles.
Las convicciones políticas se comprenden, se profundizan y se afianzan con pensamientos, hechos, análisis y vivencias, pero cuando empiezan a transformarse en sentimientos como la lealtad y el amor, es cuando alcanzan su máxima dimensión trascendente.
Esa lealtad del pueblo hacia Perón quedó sellada definitivamente el 17 de octubre de 1945, cuando los trabajadores rescataron a su líder de la prisión en la que sus enemigos lo habían confinado.
El despertar de ese pueblo transformó la vida política de la antigua colonia, y rompió los moldes bucólicos de la partidocracia liberal con multitudinarias movilizaciones. Su adhesión a la revolución se demostró con la alegría y el cariño en el diálogo con sus líderes, y su reconocimiento más sincero a las obras del gobierno.
Evita compartía con esa vanguardia descamisada la misma pasión por el líder y su causa. Por eso se convirtió rápidamente en la abanderada de esa masiva rebeldía transformadora.
Sus grasitas la amaron con pasión y verían en cada uno de sus actos cotidianos una reivindicación a sus derechos avasallados. Sería su abanderada, su líder, su compañera y también su reina.
Disfrutarían de sus desplantes a los poderosos, transformando los insultos en autoelogios, en donde ser "negro", "cabecita negra" o "grasa" pasó a ser el piropo más alto al que ella aspirara.
Su pueblo además, se conmovería al verla en sus giras con sus vestidos de gala y su porte natural embellecido por el amor de las clases trabajadoras. Se emocionarían también al verla en los libros de textos escolares de sus hijos.
Evita devolvería ese amor a su pueblo transformado en una solidaridad conmovedora que irradiaría desde la Fundación Eva Perón.
Esa relación apasionada entre Evita y su pueblo se iría transformando en la mística revolucionaria del peronismo.
Los que no habían vivido la dignificación en carne propia, debían tratar de comprender el sentido revolucionario del peronismo, desde sus supuestos ideológicos. La democracia social participativa, propugnada por Perón, basada en un proceso de autodeterminación popular, era difícil de comprender en los años 50.
Tanto amor y pasión de esas vanguardias descamisadas encontrarían como fuerza contrapuesta el odio irracional de la incomprensión y el egoísmo de los poderosos.
Al fragor de esa lucha fue sintetizándose el mito revolucionario de Evita.
Su muerte derramaría un dolor popular inenarrable. El amor incondicional de sus descamisados a su memoria, la transformarían en un ícono mundial de la esperanza de los olvidados y desamparados del mundo.

 Gentileza: Daniel Di Giacinti - Fundación Villa Manuelita
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