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20 de marzo de 2011

LA REPÚBLICA NO NECESITA SABIOS

                                              Lucas Kraglievich
                                                        (1886-1932)
                                                                                 
                                                       *Por José Luis Muñoz Azpiri (h)


                          “La República no necesita sabios”
                              Sentencia del tribunal que condenó a
                              la guillotina al genial químico francés
                                                                Antoine L. Lavoisier (1794).


             Dice Carmen Verlichak en su libro “Los coatas de la Argentina que “En la Argentina, como en todos los países de inmigración, la primera generación nacida de padres extranjeros se ve enfrentada con una grave decisión que traerá aparejadas consecuencias durante toda la vida. El joven, o la joven, deberá decidir si se integra en la comunidad nacional que le corresponde por el lugar de nacimiento y olvidar la herencia de sus antepasados, o si puede hallar una combinación armoniosa entre el suelo que habita y la sangre que lleva.”(1)

            Es evidente que fue la segunda opción la que eligió el joven Lucas Kraglievich, retoño de Dalmacia germinando en el Plata, ya que al igual que muchos descendientes de los que arribaron de la lejana Croacia sintió de inmediato el impulso irresistible por la tierra y las faenas agrícolas, por la vida libre y vigorosa del gauchaje, por la eufonía del cancionero criollo y la destreza ecuestre. Nacido en 1886 y en el pueblo de Balcarce (Provincia de Buenos Aires), esta saludable vida rural, que apenas le dejaba tiempo para entretenerse con la taba o para bordonear  una guitarra, no fue obstáculo para que fuera desarrollándose en su espíritu un afán inquisitivo, una voracidad de lecturas y conocimiento, que con el tiempo lo transformarían en el continuador de la obra del gran Ameghino.

            Este estímulo intelectual lo impulsó a Buenos Aires, con el propósito de cursar la carrera de ingeniero-mecánico. Así fue, en efecto, pero estando en el postrer año un repentino cambio de vocación produjo el abandono de la misma y de ahí en mas dedicó todas sus energías, que no eran pocas, al estudio de la paleontología. Hacía pocos meses que Ameghino había fallecido cuando en 1912 y en compañía del ingeniero Juan Carlos Ortúzar recorrió Chubut y Santa Cruz atesorando experiencia de campo y gran cantidad de hallazgos. Cuatro años mas tarde, como adscripto honorario ingresó en el Museo Nacional de Historia Natural de Buenos Aires y tres años después se le nombró ayudante técnico de paleontología. Sus retribuciones económicas siempre fueron modestas o inexistentes, por lo cual debió procurarse el sustento como profesor en institutos particulares, sin embargo, ello no fue nunca causa de desaliento ni obstáculo para sus investigaciones. Semejante contracción a la ciencia y los sacrificios que esta suponía, reflejaban una personalidad diametralmente opuesta a la de los que, en el ocaso de su vida, martirizaron su existencia y mancillaron su honor por motivos espúreos.

            Años transcurrieron entre los museos de La Plata y Buenos Aires, revisando y clasificando el material paleontológico que se amontonaba  confusamente y trasladando al papel la descripción de los yacimientos fósiles. Su colega y amigo Alfredo Castellanos lo recuerda con la redacción prosopopéyica propia de la época: “Ensimismado en el arcano, interrogando vehementemente los materiales inertes, dándoles vida para penetrar en sus orígenes, ha contribuido Kraglievich a levantar las columnas milenarias de la Paleontología Argentina para engrandecimiento del suelo donde nació”. Y no exageraba, en el transcurso de su corta existencia ocupó en 1925 la dirección del Museo de Historia Nacional, y desde 1925 hasta 1929 la Jefatura de la Sección Paleontología, en reemplazo de Carlos Ameghino. En compañía de este coloso y de Enrique de Carles pasó largas temporadas en el Museo de La Plata catalogando la casi totalidad del material fosilífero de esta catedral de las ciencias naturales, donde, infructuosamente, se intentó integrarlo a su planta. Es que sus desvelos estaban destinados para el Museo de Buenos Aires.

            A lo largo de la década del 20 la Atenas del Plata - como gustaban llamarla los hombres de la generación de Ameghino – fue embelleciéndose. Buenos intendentes, como Carlos Noel y José Luis Cantilo, hicieron una labor edilicia trascendente, acompañados por consejos deliberantes que, por el nivel de algunos de sus integrantes, eran como un Congreso en miniatura. Se terminaron de construir edificios públicos como el Correo Central, se restauró la Catedral, se ampliaron los hospitales Muñiz y de Clínicas, se erigió el monumento al general Carlos de Alvear y en 1925 se colocó la piedra fundamental del actual edificio de Parque Centenario. Todo preanunciaba el comienzo de una era en la que, junto con la prosperidad económica y la serenidad del debate político, la ciencia argentina descollaría junto a la de los países más avanzados. Mas los acontecimientos posteriores fueron ingratos y la realidad tuvo el sabor de la ceniza. Desde 1923 detentaba la dirección del Museo el Prof. Martín Doello-Jurado, cuya administración, desde su comienzo, mantuvo un permanente conflicto con la planta científica. Esta áspera situación desembocó en la presentación de un memorial de 24 cargos ante el Ministro de Justicia, Dr. Ernesto Padilla, con fecha 27 de octubre de 1930. Vale la pena recordar que la producción científica realizada con materiales paleontológicos por Lucas Kraglievich entre 1928 y1931 (sin contar los que no les fue posible publicar en ninguna parte), puede resumirse así:

            Anales del Museo Nacional........................................2 Trabajos
            Sociedad Científica Argentina....................................9    id.
            Physis.........................................................................13   id.
            Rev. Del Museo de la Plata.........................................3    id.
            Rev. De Arqueología de Montevideo.........................3     id.
            Semana Médica...........................................................1     id.
            Rev. Del Centro Positivista.........................................1     id.

            En total, 32 trabajos de los cuales solo 2 el Museo se dignó a publicar. Esta, sumada a otras ofensivas situaciones motivó que el nombrado, junto a los estudiosos Carlos Rusconi, Lorenzo Parodi, Héctor Greslebín, Dr. Alfredo Castellanos, P.M. de la Croix, Alfredo Steullet y Enrique Deauthier, resolvieran presentar cargos ante la Justicia.

            Lejos de instruirse un sumario para investigar la veracidad de las imputaciones, se instrumentó una campaña de desprestigio hacia Kraglievich, acusándolo de elemento disolvente y comunista, lo que motivó la renuncia colectiva de los nombrados. Algunos, para subsistir, tuvieron que desempeñarse como guardadores de fieras en el Jardín Zoológico; otros, cuando finalmente la Justicia acepto la legitimidad de los reclamos, fueron reincorporados en el escalafón de ordenanzas.

             Kraglievich eligió el amargo camino del destierro, deseaban para el sabio probo el destino de Narsés, el general de Bizancio, cegado y obligado a mendigar ante las murallas de Europa. Estos sucesos, fueron publicados en los Talleres Gráficos  Olivieri y Domínguez de la Ciudad de La Plata, por su hijo Nicolás Teófilo, en 1933, en un opúsculo sugestivamente titulado “Yo Acuso”.

            No se trata aquí de practicar una cacería de pulgas ni ejercer un revisionismo de quiosco, pero si destacar cómo, lamentablemente, desde hace mucho que la Argentina por mezquinas razones políticas o personales se ha transformado en una suerte de Baal-Moloch que devora a sus mejores hijos. Lugones decía que en nuestro país el talento se desperdicia, nosotros creemos que se malogra.

            Ya instalado en la ribera oriental, los últimos años de Kraglievich fueron prolíficos. Dio a conocer la existencia del terreno cretáceo en el Uruguay, la llamada “Arenisca del Palacio” que no era terciaria como supuso Darwin, y la presencia en la fauna extinta de un gran mamífero que llamóUruguautherium Beaulieui y otro bautizado Megalonychops Fontanai. En el breve espacio de dos años realizó una labor que a otros le hubiera llevado décadas, publicó interesantísimos estudios tales como “Nueva subespecie pleistocena del Uruguay”, “Una gigantesca ave fósil del Uruguay” Y “Ciervos Fósiles del Uruguay”, aparecido el primero en la revista de la Sociedad “Amigos de la Arqueología” y los otros dos en los “Anales del Museo de Historia Natural”. Mérito suyo es también la de haber creado 21 familias y subfamilias de vertebrados y 74 géneros y subgéneros de mamíferos y aves, descubiertos y estudiados por él mientras elaboraba su imprescindible “Manual de Paleontología Rioplatense”. La muerte le cortó el tranco prematuramente el 13 de marzo de 1932, su obra póstuma “La antigüedad pliocena de las faunas de Monte Hermoso y Chapadmalal deducida de su comparación con las que le precedieron y sucedieron”, constituye un clásico de la disciplina. Fue en la otra orilla del Plata, que siempre anheló su talento, donde sus méritos fueron reconocidos. Ya decía Baltasar Gracián “Triste cosa es no tener amigos, pero más triste debe ser no tener enemigos, porque quienes enemigos no tenga, señal de que no tiene: ni talento que haga sombra, ni valor que le teman, ni honra que le murmuren, ni bienes que le codicien, ni cosa buena que le envidien”.

             Respecto a quienes lo desmerecieron, nadie los recuerda. Diríamos, como Spencer, que “Mas vale merecer honores y no tenerlos, que tenerlos y no merecerlos”.
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