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16 de agosto de 2010

RÉQUIEM GROTESCO PARA UNA SOPRANO DESAFINADA

(*) Raúl Isman

Cuando la política es apenas la búsqueda del poder circunstancial no hay alianzas que perduren. Tampoco son duraderos los acuerdos cuando los mismos se celebran entre dirigentes que hacen política sólo al son de sus propias oscilaciones y cambios de humor. Y no existen proyectos políticos valederos que se puedan construir a la sombra de los intereses económicos de los grupos de poder, sencillamente porque el poder económico no sabe de lealtades, sino que se mueve pura y exclusivamente con la finalidad de maximizar ganancias. Muy probablemente en este párrafo estén al menos algunas de las razones de lo que está ocurriendo en el escenario político actual. Los que ayer –y sobre todo después de las elecciones de junio del año anterior y de la asunción del nuevo Congreso– aparecían como firmes aliados, hoy tratan de mantenerse a flote en el mar de las contradicciones. El Acuerdo Cívico y Social está jaqueado en sus bases, entre otras razones porque la diputada Elisa Carrió pregona coincidencias, pero es incapaz de traducirlas en acciones políticas. No debería extrañar a la luz de su trayectoria. Washington Uranga. Periodista.
Es necesario asegurar la alternancia
para que no haya un tercer período del kirchnerismo.
Fernando De La Rua, Recordado ex Presidente de la Nación.
En la siguiente nota serán analizadas brevemente las causas del nuevo episodio de opereta berretona protagonizado por la inefable Elisa Carrió, que ha agudizado la crisis por la que atraviesa la denominada “oposición” (al proyecto nacional y popular) en general; y el (des)Acuerdo Cínico y Social, en particular. Si se tratase de reseñar los desvaríos que nacen del coprodispersor oral de la mediática republiquienta sería menester recopilar varios volúmenes; por lo cual nos limitaremos a un somero comentario del último y sonoro acto enmarcándolo además en sus coordenadas fundamentales.
El contexto general resulta irrefutable: las distintas tribus del aquelarre opositor pueden unirse en su afán desestabilizador del gobierno Kirchnerista; pero luego se escinden irremediablemente porqué sólo aceptan la unidad en la medida que los demás dirigentes queden subordinados a que cada cacique ocasional resulte “primus inter pares”. Y nadie se baja de su figuración personal, por lo tanto predomina la disputa. Además, luego de lograr la relativa derrota del gobierno en las parlamentarias del 2009 (con el irreemplazable apoyo incondicional de los grandes medios) pecaron por pretender vender la piel antes de dar caza al animal de marras. Dieron por muerto al proyecto nacional y el deceso sólo existía en sus discursos. Durante la transición al nuevo parlamento, El Frente para la Victoria se anotó resonantes triunfos que se anotan entre las grandes victorias populares. También luego de la instalación del congreso surgido de los comicios. Y sus derrotas fueron celebradas bullangueramente por los peores enemigos del pueblo. He aquí la línea central estratégica de la política argentina actual: los grandes enemigos de los Kirchner son irreconciliables con toda perspectiva popular. No se trata que cada militante deba ser necesariamente seguidor del elenco gubernamental. Pero el que no comprenda adecuadamente la magnitud de la contradicción enunciada y favoreciere el triunfo del poder económico será un idiota (in)útil al servicio de la reacción; eso si, desde la izquierda nacional y popular o extraplanetaria.
Enunciado el contexto más general pasaremos a analizar la conducta de Elisa Carrió. La dirigente chaqueña- porteña por adopción- más que a menudo confunde la acción política con el arte dramático desarrollado en un set televisivo. En tal sentido su coincidencia con Mauricio Macri resulta más que evidente. Para ello ambos cuentan con la complicidad de una vasta legión de periodistas complacientes, con la glándula de la repregunta amputada. Y, tal vez muy a su pesar, Carrió resulte una émula desde la derecha del conocido teórico neo-anarcoide John Holloway, quién formuló la célebre (y ridícula) tesis consistente en que para realizar una revolución es preciso no tomar el poder. En efecto, la doctora Carrió (aparentemente) intenta el siempre muy complejo arte de la construcción política. Pero basta con que haya sembrado un muy pequeño terreno, para que ella misma se arroje con toda la potente fuerza de su robusta humanidad para destruir el esfuerzo que no le pertenece en exclusividad; ya que también es de muchos militantes que han aportado tiempo, esfuerzo y sacrificios personales. Su acción de romper con el Acuerdo Cívico y Social, sin esperar ni siquiera la veintena de jornadas que había prometido para tomar una decisión, la emparenta por un lado con Holloway; ya que- por poco que se lleve del referido espacio- se aleja ella misma de cualquier cercanía con un cargo ejecutivo y debilita al Pan-Radicalismo en su carrera hacia la Rosada. Como decía un taxista, “esa mujer si gana la presidencia, renuncia al día siguiente”. Y por el otro, la convierte en ridícula protagonista de una opereta bufa cuyo libreto ha sido realizado por personajes de la prosapia de Mariano Grondona, Joaquín Morales Solá o Eduardo Van Der Kooy, incansables guionistas de la derecha.
Pero en rigor, la conducta política de la robusta dirigente se halla plenamente inmersa en ancestrales tradiciones de la Unión Cívica Radical. En principio nadie puede negar que se halla plenamente inscripto en el A.D.N. radical diagnosticar los problemas nacionales como puramente políticos y a lo sumo morales. La “causa contra el régimen falaz y descreído”, en tiempos de Yrigoyen; “con la democracia se come, se cura y se educa”, en tiempos del alfonsinato son ejemplos de un modo de ser caracterizadamente radicheta que llegó al paroxismo durante el gobierno de De La Rua con la reivindicación total y absoluta del neoliberalismo; eso si, gestionado con honestidad. Sólo les faltó colocar al ministro Domingo Felipe Cavallo en el parnaso de los próceres partidarios. Lo merecía. Para el occiso Secretario de Hacienda durante el gobierno Menem, Carlos Tacchi, el calvo y recordado ministro le hacía recordar a Sarmiento; algo posmoderno agreguemos. Así como en el radicalismo primigenio la presencia de la fracciones oligárquícas resultaba irrefutable, en las listas del Acuerdo para los comicios del 2009 estaban gauchócratas desestabilizadores pululando por doquier. Y si no estuvieron mejor representados fue por decisión de los propios golpistas. En tal sentido, la adoración de Carrió por el “campo” (ocultando la propia existencia de la clase terrateniente) se enmarca en una historia consecuente del radicalismo de transigencia o complicidad con el poder real.
Por otra parte, la condición personalista y caudillesca en la construcción política es constantemente denunciada por el radicalismo… cuando la utiliza el peronismo. Pero si es implementada por los boiniblancos y sus subproductos la crítica se esfuma. La interna del acuerdo es inseparable de los liderazgos personales: el judas vendimiatero, el pequeño Alfonsín sin ilustrar, la propia Carrió disputan por el centimil y el debate político-ideológico se halla ausente in eternum con o sin aviso. La ausencia de programas y proyecto es más notoria cuanto más declaman la necesidad de gestarlos y anteponen semejante construcción a toda candidatura. Pero se dividen, se pelean, fraccionan y se escinden por el sitio en la lista más expectante y su máxima utopía es… la república (categoría dotada de connotaciones mágicas). Como se ve, la única diferencia entre Cobos, Carrió y Alfonsincito es la primacía de su propia figura. Y ello se inscribe plenamente en la tradición radical, un corpus que le ha deparado al pueblo sangre (desde el gobierno de Yrigoyen al de De La Rua) y lágrimas. Resulta altamente sugerente que el Senador Gerardo Morales (un indigente intelectual que demostró su “aptitud” para el debate programático cuando rehusó cobardemente la polémica con la presidente del Banco Central) finge autocriticarse por la rebaja a los jubilados. Pero ni siquiera hipócritamente se arrepiente de las masacres perpetradas por el radicalismo delaruista, del cual fue conspicuo funcionario. En tal sentido el vómito lingüístico carrioquico compuesto de embustes hipócritas, hipérboles y delirios surrealistas no es pasible ni comprensible en caso de ser leído desde la psiquiatría. Sólo puede ser interpretado como una letanía ocultando el ancestral servilismo radical con la reacción, con el cual concuerda al cobos en todo.




*Docente. Escritor.
Columnista del Noticiero televisivo
Señal de Noticias y
del programa radial
“Avivados por Juaretche” (Radio LT14. Paraná. Entre Ríos)
Colaborador habitual del
periódico Socialista “el Ideal”
Director de la revista
Electrónica Redacción popular.
raulisman@yahoo.com.ar

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