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6 de junio de 2010

INFLACION, MAS ALLA DE LA POLVAREDA


(*)Gonzalo Flores Kemec, 

No caben dudas que, hoy por hoy, la discusión sobre el alza de los precios ha ganado casi la totalidad de la coyuntura política y económica. Sorprende cómo desde diversos medios de comunicación masivos se derrochan palabras y tinta en opiniones sobre el tema, muchas veces contradictorias entre sí, y desde la dirigencia política opositora no vemos propuestas concretas sobre un plan para enfrentar seriamente el problema.
Sobre las explicaciones dadas al proceso inflacionario actual, percibimos como gran parte de los economistas del establishment no parecen lograr un consenso básico sobre las causas del fenómeno, adjudicando explicaciones monetaristas, de atraso cambiario, de excesivo gasto público y, más recientemente, comenzando a asumir que quizás se trate de un problema de “expectativas”. Lisa y llanamente esto quiere decir que, debido a que el año pasado hubo inflación, “la gente” (ya no se habla en el discurso mediático de “asalariados” o “trabajadores”) este año espera inflación, y eso, sumado al crecimiento que va a experimentar la economía durante los próximos meses, generará una inflación “inercial”. Esto parece avalar, paradójicamente, las aparentemente “polémicas” declaraciones de Moreno cuando se refiere a que la “lucha contra la inflación está ganada, lo que hay que dar es la lucha mediática”.
Como hemos señalado en otras oportunidades, la gran confusión reinante al interior de laintelligentzia y del Partido Mediático, con sus analistas y opinólogos profesionales se empalma inexorablemente con el vacío literal de propuestas y proyectos de la Oposición.
Desd
e un punto de vista estrictamente político, es el arco opositor que no “cumple con su tarea histórica” al no ofrecer salidas para el problema inflacionario por fuera de las fórmulas recesivas y de “enfriamiento” de la economía, sacrificando, en mayor o menor grado, el crecimiento del conjunto. Por este motivo, como lo han hecho evidente recientes encuestas de candidaturas presidenciales, para grandes sectores de la población, las tablas de productos y los controles de precios de Moreno, con toda su “tosquedad” e innegables efectos sobre lo concreto (este año la inflación se mantendría con un techo del 25%) se muestran como el “mal menor” deseable frente a la sorprendente falta de ideas de la oposición en su conjunto, que repitiendo consignas nos remiten al abismo oscuro y ya conocido del pasado reciente argentino.
La incapacidad opositora debe leerse, entonces, como un síntoma de falta de hegemonía, a nivel político de un proyecto fuerte y surgido del interior del empresariado argentino en particular, capaz de dar una “salida” propia, esto es, “disciplinadora” a la creciente y constante participación de los asalariados en la arena político-sindical y por el otro, que garantice “el mínimo” esperado y deseado de rentas por todos los actores económicos, en un contexto donde la política –desde todos los sectores, aquí el caso del paro agropecuario apunta en esa dirección- se va legitimando como herramienta de disputa.
En la actualidad, con “un mundo que se derrumba”, la lección argentina en lo que va del período iniciado en el 2003 hasta la actualidad es que, en condiciones de alta pobreza, -pobreza presente de un modo persistente en los asalariados, cabe señalar, no sólo en los desocupados- el crecimiento y el desarrollo deben y pueden hacerse a tasas de inflación “moderada”. La discusión -fuertemente política claro está- es qué se entiende por “moderado”. Y si un piso de 15% y un techo de 25% son “moderados” o “excesivos”. Aquí, es donde hace su entrada el aspecto netamente político del problema. 
Si bien el proceso inflacionario tomado en abstracto es regresivo –por causa de su tendencia a la depredación del poder adquisitivo-, no resulta plausible para explicar las tasas actuales de pobreza (si quizás un 10% según una hipótesis de Artemio López, véase sección economía del diario Página 12, Viernes 30 de Abril de 2010), donde el factor empleo informal posee la mayor importancia.
En un artículo reciente, el premio nobel de economía Paul Krugman advierte cómo, referido al caso estadounidense, hay que cuidarse de los “profetas de la inflación” que, blandiendo el fantasma alcista pretenden mantener y profundizar, vía enfriamiento, las altas tasas de desempleo que posee la actualmente “gélida” economía del Norte.
Vemos de este modo que, la conjunción de aquellas fórmulas surgidas de los “modelos” abstractos, con las muy concretas condiciones de alta informalidad de nuestra economía nacional en su conjunto, lejos de tener efectos positivos sobre la inflación, traerían consecuencias desastrosas para la enorme masa “informalizada”, dónde “enfriamiento” sería un eufemismo cortés para legitimar un liso y crudo desempleo, una de las formas con las que se ha “disciplinado” al trabajo, condenando al país en su conjunto al abismo. Pero como ya hemos visto, a la escolástica económica el esquema le cierra, pero la realidad no.
El principal problema de la economía Argentina actual no parece ser el crecimiento “excesivo”. Sí, como ya dijimos, la enorme cantidad de evasión y de “fuga” interna, dados los altos márgenes de informalidad presente, que alimentan el círculo vicioso de la desinversión y presionan a la dinámica del conjunto hacia el lado de un patrón redistributivo regresivo.
Ciertamente, medidas como la Asignación Universal -que a pesar de ser implementada poco tiempo atrás ya ha demostrado tener un fuerte impacto sobre la reducción de la pobreza- ayudan accionando sobre los efectos, pero no resuelven una de las patas estructurales del subdesarrollo nacional que es la anteriormente mencionada informalidad.
La sostenibilidad del modelo, y su proyección a mediano y largo plazo, dependen en gran medida de comenzar a establecer sus pilares en agentes económicos sólidos, esto es, reconocidos y “blanqueados” por la estructura productiva nacional. El asalariado formal es un ejemplo puntual de esto. Siguiendo el camino de la formalización progresiva de la economía se contribuye a dar una base fiscal más de sustentación, esta vez endógena, y por fuera del importante -pero históricamente volátil- frente externo.
Visto en perspectiva histórica, y desde un punto de vista político social, parecería que nos encaminamos a un régimen de inflación con movilización social, similar a los tiempos vividos durante los años ’60 en nuestro país, donde la “puja distributiva” como constante conflictual es estructural e inherente al modelo, sólo que ésta vez, afortunadamente y más allá de lo que deseen ciertos periodistas de la intelligentzia, una ruptura institucional no se muestra en el horizonte. 
Por otro lado, la coincidencia con el período mencionado también puede señalarse a nivel macroeconómico. Durante todo el proceso del “desarrollismo” hasta el golpe militar del ‘76, se creció con una inflación promedio anual de 30%, sin representar un problema en si mismo, por lo menos hasta la llegada del “stop” a mediados de los ‘70, con la abrupta apreciación cambiaria y el quiebre del flanco externo, iniciando el camino de la desindustrialización. 
Como señaló recientemente Aldo Ferrer en la serie de columnas sobre la argentina actual –publicadas como columnas en el diario Buenos Aires Económico-, sin la restricción externa, es decir, manteniendo las exportaciones en alza permanente y con las importaciones bajo control, el modelo actual no presenta peligros mayores.
Con respecto al futuro inmediato del modelo, debemos señalar algo muy positivo: las actuales proyecciones de crecimiento para el año 2010 hablan de un piso de 6%, con perspectivas de aumento hacia el segundo semestre. Si a ese efecto general “de derrame”, le sumamos una actualización de la asignación universal, es posible, como también señaló Artemio López en el mencionado artículo, llegar a diciembre de 2010 con los mejores indicadores de pobreza e indigencia que presenta nuestro país desde la recuperación democrática.
Como conclusión cabe agregar, como hemos señalado en otras oportunidades, que la batalla contra la inflación sólo podrá ser dada satisfactoriamente en el campo de la política. Principalmente accionando sobre la informalidad, sumado al camino de la transferencia directa de ingresos ya iniciado con la asignación universal y fomentando el ahorro interno con objetivos de inversión productiva, procurando el desendeudamiento de la macroeconomía. En esta perspectiva, y bajo la coyuntura actual, el problema inflacionario con su consecuencia directa sobre la pobreza y la desigualdad, puede dejar de serlo más pronto que tarde.


FUENTE : Pagina 12 suplemento cash, 30 de mayo de 2010.
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