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9 de mayo de 2010

MATRIMONIO PARA TODOS




(*)  Adriana Puiggros

    Votaré a favor del dictamen de mayoría, no solamente por mi convicción personal, sino cumpliendo con los que comparten esta postura, en mi carácter de representante del pueblo de la Provincia de Buenos Aires.
    Muchos diputados han mencionado que esta sesión se desarrolla en un clima de respeto, con lo cual acuerdo, pero debo decir que este respeto se lo ganaron los ciudadanos  acerca de cuyos derechos debatimos hoy- gay, lesbianas, trans, travestis.- Ellos lograron hoy que nos refiramos con respeto a sus derechos tras una larga tradición de denigración que no solo abarca desde el  nazismo hasta los paredones de la Dictadura argentina…sino su propio hogar familiar, la escuela, el trabajo, la hipocresía de decir que son iguales pero negarles los mismos derechos, el lenguaje, que es una construcción social por excelencia Nuestro lenguaje es una construcción de la sociedad occidental que tiene incrustado el sexismo, es homofóbico, discriminador y resulta muy difícil escapar a las redes de esa versión del lenguaje pues de ella aprendimos las primeras palabras, aprendimos a amar y a odiar, a tolerar y rechazar. Quiero informarles que la semana pasada aprobamos por unanimidad un proyecto de introducción de lenguaje no sexista en la administración pública, de la senadora MC Marita Perceval    
    A lo largo de la historia de la humanidad las sociedades han construido distintas formas de organización familiar, basadas en necesidades prácticas, en la inminencia de conformar la línea de la herencia material y cultural o en cosmovisiones determinantes de la distribución de los roles y las jerarquías. La definición de “familia” no es inmutable sino histórica y social, y no es universal su asimilación a “matrimonio heterosexual”
    La emergencia en el terreno de los derechos sociales de vínculos que en la sociedad occidental moderna sólo podían tener existencia en la clandestinidad, plantea problemas teológicos importantes y enfrenta a las corporaciones religiosas con el discurso constitutivo de nuevos sujetos de derecho. Pero también hay militantes de todas las religiones que comprenden que las sociedades actuales, incluida la Argentina, han empezado hace tiempo a transitar hacia nuevas formas de organización familiar y de relaciones interpersonales y aspiran a que las normas que rigen su práctica religiosa no coloquen como condición excluyente definiciones esencialistas sobre la elección genérica y las formas del matrimonio.
    De acuerdo con mi formación científica y cultural la sexualidad humana se expresa en distintos géneros, que no son esencias, no son “naturales”, sino  producto de una compleja combinación de factores genéticos, sociales, y culturales. Respeto a quienes consideran que la diferencia entre hombre y mujer es esencial y que los textos sagrados han establecido de manera inapelable el matrimonio heterosexual para constituir una familia, pero no se trata ésta de una discusión sobre verdad sino sobre derechos.
Si algo es rescatable de las sociedades occidentales de la postguerra es la extensión de los derechos humanos, entre los cuales el de elección del género es probablemente uno de los más desgarradores, de los más íntimos, de los más humanos. Pero la identidad genérica ha despertado temores y terrores, ha sido usada como un instrumento del poder. Históricamente, en la Argentina se han equiparado las formas no estrictamente heterosexuales con las peores enfermedades  y males sociales, siguiendo la línea de la Ilustración. En los años del Centenario de la Revolución de Mayo, el discurso disciplinador del gobierno conservador incluía la homosexualidad entre los peligros que podría acarrear el aluvión inmigratorio, junto a las pestes, la disolución del idioma nacional, la subversión anarquista, la penetración de nuevas religiones, protestantes, evangelistas, judíos, mahometanos. Apoyándose en tales temores el Consejo Nacional de Educación construía un dispositivo darwinista social, que designaba la jerarquía de las mujeres, los extranjeros y los nativos de los pueblos del interior, expulsaba a los enfermos, los homosexuales y los discapacitados. El inspector positivista Víctor Mercante estaba obsesionado porque temía que la homosexualidad femenina se difundiera como una epidemia si las niñas seguían conviviendo en los patios de las escuelas de monjas, y la coeducación era combatida por quienes temían por la virginidad de las niñas y especialmente por la posibilidad de que los varones se contagiaran la femineidad (1). En un informe del Consejo Médico Escolar se aconsejaba la prohibición del beso, aludiendo primerorazones higiénicas, pero diciendo inmediatamente que “quizá el beso a la compañera sea el latigazo dado a un sentimiento anormal adormecido”.         Esas concepciones primitivas jugaban favorablemente para la reproducción del poder machista, blanco, oligárquico, unitario y conservador. Jugaba a favor de la construcción de la Nación Argentina eliminando autoritariamente las diferencias, en lugar de lograr la unidad nacional a partir de su combinación y articulación.  
    La ley Sáenz Peña fue un avance contra el fraude conservador, pero siguió excluyendo a las mujeres, en tanto el gran logro de Eva Perón, el voto femenino, constituye un hito fundamental en el arduo camino hacia la igualdad social. Añun seguimos luchando para que se cumpla con el “cupo”, fíjense fue necesaria la Ley de cupo femenino para garantizar el acceso de las mujeres a cargos legislativos. Debería extenderse a todas las instituciones, hasta que no hiciera más falta. Pero destaco este aspecto porque fueron las luchas por la liberación de la mujer las que encabezaron la emergencia de los más excluidos como sujetos de derecho, de los que han sido confinados sistemáticamente a un no lugar, expropiados de las libertades sociales.   
    El respeto por la identidad y la diferencia están en la base de las democracias. Una cosa es la discusión metafísica, que tiene sus reglas y su valor, y otra la discusión cultural y social que afecta la vida concreta de personas que sufren, que producen, que llevan una vida igual que la de las familias heterosexuales, van al supermercado, a la oficina, a la universidad, al cine y a la fábrica, que de hecho cohabitan y construyen una vida en común, que comparten una economía que incluye bienes y compromisos, que son solidarios en la salud y en la enfermedad. Ellos tienen el derecho a un régimen jurídico igual al de los matrimonios heterosexuales.
    El hecho de que la convivencia entre personas del mismo sexo haya tomado visibilidad y avanzado hasta instalarse como una cuestión política y jurídica demuestra que la sociedad es más democrática y la mayoría rechaza la discriminación.
    Concluiré aludiendo a un grupo profundamente discriminado, el de los niños y adolescentes que reclaman desde los institutos de menores, desde la calle, o desde los rincones de la sociedad donde una madre dio a luz careciendo de brazos para sostenerlos, no existe una familia que se haga cargo, ni alguien que los quiera para siempre. La Ley Agote de 1920, recién superada por la 26.061-06, entregaba a los jueces la potestad de determinar la vida de los llamados “menores”, es decir que al mismo tiempo que reconocía el problema negaba a los chicos el carácter de sujetos de derecho. Por eso les pido que no nos quedemos a medias, no limitemos la posibilidad de hacerlo a quienes tienen el deseo de adoptarlos, no creemos una nueva versión del Patronato. No hagamos primar principios egoístas, festejemos el Bicentenario legalizando lo que es profundamente humano. Por eso les pido que acompañen el dictamen de mayoría.

(1) Salessi, Jorge, Médicos,maleantes y maricas, Buenos Aires, Beatriz Vitero Ed. 1995




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