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7 de marzo de 2010

LOS ARGENTINOS SIN NOMBRE




(*)   JORGE RACHID

El título sin dudas puede llamar a confusión si lo enfocamos desde la lógica de todos los días. Todos tenemos nombres y apellidos que nos identifican, excepto cuando esos nombres y apellidos son trabajadores y sufren algún infortunio laboral, llamado eufemísticamente “accidente”, ya que la prensa mediática –cuando los refleja– sólo los nombra por el genérico “operarios” u “obreros”.
Así cuando tenemos la oportunidad –por cierto escasa– de encontrar que algún llamado “accidente” causó muerte y lesiones, los medios nos dirán tantos muertos y tantos lesionados denominados trabajadores. Sin embargo pese a que tres trabajadores mueren por día en nuestro país por los llamados “accidentes” de trabajo la crónica diaria sólo los registran esporádicamente, como forma de discriminación activa de la información.
Alguien estará pensando que es una exageración lo planteado, pero si se observa el centimil (cantidad o porcentaje por cada mil) ocupado por muertes de accidentes de tránsito o de otro tipo ocurridos en la vía pública, tomaremos conciencia que a los trabajadores y sus infortunios por siniestros laborales, no se los tiene en cuenta, en el convencimiento como un mal sabido y aceptado, que el trabajo siempre es riesgoso.
No es así ni debe ser así, ya que las medidas de higiene y seguridad y la ley vigente implican que los accidentes no son tales. Se deben a falta de inversión, capacitación y de control por parte de las empresas y de las ART surgidas de ese mamarracho jurídico llamado ley 24.557, que creó la Superintendencia de Riesgos del Trabajo, que debería ocuparse de defender la vida de los trabajadores, pero se ocupa en especial de sacarle responsabilidad a las aseguradoras, asegurando ganancias, antes que de protegerlos.
¿Quién se enteró en el país, del chico de 21 años muerto en Chivilcoy, enviado a trabajar sin experiencia en un turno noche de un molino, solo en la molienda que atrapó la manga de su abrigo en el movimiento circular, que no pudo zafar terminando ahorcado con su propia prenda? “Accidente”, dijo la empresa y la ART, pero la máquina tenía un remache que debía ser ciego es decir sin sobresalir, ajustado con un bulón que no debía existir pero estaba ahí, que finalmente enganchó la manga. La parada de emergencia de la máquina estaba en otro piso cuando debe estar al alcance de la mano, el operario estaba solo sabiendo cualquier neófito en la materia que en máquinas en movimiento siempre se trabaja acompañado y todavía sin embargo hablamos de “accidente” cuando existe la irresponsabilidad de las personas a cargo de cuidarnos que saben cómo se debe realizar una tarea: ingenieros de planta y técnicos en higiene de la ART. En el mejor de los casos es este un caso de homicidio culposo. No salió en ningún medio escrito, oral o televisivo, ni el evento, ni el nombre del chico ni la empresa que trabajaba ni al ART responsable.
Tampoco fue publicado el “accidente” de un aprendiz en una imprenta en Bahía Blanca, que al intentar destrabar una prensa fue tomado por ella aplastándole el cráneo. La máquina no tenía dispositivos de seguridad de parada automática, estaba en posición baja, mal ubicada, el chico no tenía información suficiente, estaba realizando tareas solo –lo que implica trabajo, no aprendizaje– y nadie cercano pudo ayudarlo. Tampoco es “accidente”: es homicidio.
En otros países del llamado “primer mundo” con los cuales nos quieren comparar en otras cuestiones, estos episodios se castigan con cárcel a los responsables de las empresas. En nuestro país los trabajadores todavía no cotizan en las pizarras de la Justicia. La ley 24.557 fue declarada inconstitucional por juzgados de primera, segunda instancia y la Corte Suprema. Sin embargo sigue vigente y las aseguradoras ART rechazando los siniestros por enfermedad “inculpable” la mayoría de los eventos laborales, pese a la obligación que tienen de realizar exámenes periódicos justamente para constatar enfermedades y evitar males mayores a los trabajadores. Al rechazar las patologías el trabajador debe atenderse por su cuenta, aumentando los gastos de la seguridad social, tanto en obras sociales como en el hospital público, mientras las ART siguen generando ganancias financieras originadas en la NO atención del siniestro.
Las ART siguen cobrando y los trabajadores siguen pagando su propia atención con impuestos y recursos de ahorro interno para la salud. Los empleadores, pese a pagar un porcentaje a las ART sobre la masa salarial para estar asegurados, deben tolerar el rechazo de las mismas que los obliga a pagar sueldos y jornales al trabajador accidentado y si éste tiene alguna incapacidad debe recurrir a la vía judicial para ser indemnizado. Una verdadera “pinturita” del saqueo financiero en el ámbito laboral.
Como decía una vieja serie televisiva de los años setenta, hay miles y miles de historias como éstas en la ciudad desnuda. Piensen solamente en los 750 mil “accidentes” denunciados sólo de trabajadores en blanco en el año 2007( después de ese año la SRT no publicó ninguna). Piensen en un Cromañón cada dos meses. Piensen cuándo se enteraron por última vez de un mal llamado “accidente” y observarán la complicidad de los medios de comunicación con sus anunciantes de las diferentes cámaras empresariales.
Los médicos nos negamos a llamar “accidentes” a la falta de capacitación, prevención, información, inversión en higiene y seguridad que cada día le cuesta a los trabajadores lesionados perder parte de su único capital, aquel que les posibilita desarrollarse y alimentar a su familia; el único capital que les permite establecer contratos laborales dignos y remuneraciones acordes que no es otro que su propia salud.
No tiene otro capital el trabajador ni otra chance de vida que no sea ejercer su actividad en plenitud, por lo tanto no existe ningún “derecho que” permita que se los rompa, que se los lastime, que se los dañe ni que se los lesione o los maten, en función de necesidades productivas o excusas financieras ante la falta de inversión.
Los esclavos eran cuidados porque costaban dinero a quien los compraba; ahora a los trabajadores –en vez de cuidarlos– se los descarta porque sus reemplazos son baratos. Seguramente las próximas luchas gremiales –además de salariales– serán por las condiciones de trabajo, tanto personales como ambientales; sin aseguradoras de por medio porque traducen en dinero la necesidad de la salud y sólo a veces tratan las consecuencias de lo producido por su falta de involucramiento pese a que la ley lo ordena, reflejándose ello también sobre las empresas “aseguradas” que seguirán, pese a estar aseguradas, siendo responsables últimas de cualquier evento dramático sobre los trabajadores.
Seguramente en algún día no muy lejano, los trabajadores volverán a cantar cuando trabajen, porque ese día habremos recuperado la cultura del trabajo junto a la dignidad del trabajador.

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