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22 de marzo de 2009

EL PAN NUESTRO DE CADA DÍA DÉMOSLE HOY...(Primera Parte)



El conflicto con “el campo”, las imposiciones del “mercado” y el destino que se le quiere asignar a la Argentina en el “nuevo mundo” colonial.



*Por Claudio Diaz

Seguramente porque la dinámica de la política argentina (en un momento clave de la lucha por Ser o no ser) determina que delante de nuestros ojos sucedan cosas casi inverosímiles (y a una velocidad que no permite tomar real dimensión de lo que significan), en estos tiempos de escasa o nula serenidad para pensar, para parar la pelota y ver muy bien hacia dónde salimos, se corre el serio riesgo de perder el registro de lo que verdaderamente está en juego en nuestro país.

Se sabe, claramente, que el enfrentamiento actual obedece, una vez más, a la imposibilidad de acordar un consenso mínimo entre las dos líneas filosóficas que vienen desde el fondo de nuestra historia, esos dos proyectos de país irremediablemente opuestos que nunca pudieron zanjar sus diferencias y que jamás podrán hacerlo en el futuro, por una simple y sencilla razón: para el bando que dice defender y representar entre otros valores la “democracia”, la “institucionalidad”, la “república”, la “civilidad” y la “seguridad jurídica”, la única manera de que este territorio prospere es enganchándose al furgón de cola de las potencias o factores de poder mundiales en cada etapa histórica de la Argentina: Inglaterra o Francia en el siglo XIX; Estados Unidos en el XX; el gobierno mundialista de las corporaciones financieras en el presente. Ellos lo piensan y dicen sin pudor: los argentinos carecemos de las condiciones necesarias para formar una Nación que decida y se gobierne por sí misma.

Ahora bien, esta verdad incontrastable que determina todo el trasfondo de nuestra historia, de nuestra vida como pueblo, se disipa, se desvanece si no somos capaces de percibir en toda su profundidad el iceberg que empezó a formarse en los últimos dos años para bloquear el paso del barco de bandera argentina que, aun con un timón inconsecuente, con una hoja de ruta que tiene contradicciones y con cierto lastre que arrastra, intenta llevarnos a aguas más nacionales, donde los tiburones del capitalismo salvaje no tengan tantas facilidades para devorarnos como si fuéramos mojarritas.       
 ¿Por qué Clarín se asocia con el magnate George Soros? ¿Por qué la materia gris que “pensó” para el menemismo hoy filosofa junto al mismo Clarín y a La Nación ?¿Por qué entre la clase política, y en el periodismo que hace unos años la jugaba de progresista, hay una cantidad increíble de idiotas útiles (como jamás se vio) al servicio del poder mundial y colonial que llevó a la Argentina a su destrucción, y que ahora, con un cinismo notable, se presenta como el reparador que viene a reconstruirla? 

Se tiene que analizar muy bien, entonces, el juego de la nueva alianza antinacional a la que hay que enfrentar, y a la que podríamos definir como una suerte de Trilateral local: patronales agrofinancieras, medios de comunicación “independientes” y clase política de la llamada oposición. Aunque algunos de los afiliados a este cuerpo de filosofía sinárquica crean que trabajan con buenas intenciones, que sepan que en realidad lo están haciendo para el orden imperial que -herido y todo- sigue detentado el mayor poder a nivel planetario. Planteamos la cuestión en tres partes. Hoy nos referiremos a ese bloque del entramado mundialista que “organizó” el actual sistema de la división internacional del trabajo y su imposición en la Argentina contemporánea. En las sucesivas ediciones de Ida &Vuelta trataremos de explicar cómo los medios de comunicación constituyen junto a esa oligarquía el nuevo “tejido social” del aparato informativo e ideológico y, a su vez, cómo un sector de la clase política argentina se transforma en arena, cemento y ladrillos del nuevo edificio colonial a levantar en esta parte del planeta.         

MUNDO ANCHO Y AJENO

La mundialización del Gran Capital, esto es: el fenómeno político conocido como globalización que impusieron las corporaciones transnacionales, intenta sentar las bases de un nuevo orden imperial que (con la eliminación de la figura del Estado-Nación) pretende “organizar” económicamente al planeta como una  unidad de producción exclusiva.

El poder que hoy detentan las compañías multinacionales, haciendo valer sus intereses por sobre la voluntad de los Estados (muy cercano está el ejemplo de la pastera Botnia, que impuso su negocio pasando por encima de Uruguay y Argentina) exhibe sin pudor alguno el grado de dominio que ejerce  la llamada Internacional de los Ricos.

Lo que hoy sale a la superficie es, nítidamente, el proyecto de Gobierno Mundial ideado hacia 1973 por David Rockefeller, Zbigniew Brzezinski y Henry Kissinger en torno a la Trilateral Comission. El propósito de esta elite que reúne a los principales operadores financieros y económicos de Estados Unidos, Europa y Japón es bastamente conocido.

El mundo es concebido como una gran plutocracia donde cada región debe someterse al rol que se le adjudica previamente, de acuerdo a su influencia en el mapa del poder universal. De un lado se agrupan los países más avanzados tecnológicamente y con capacidad nuclear; del otro los que cumplen tareas industriales; y en un tercer espacio aparecen los agrarios o abastecedores de materias primas. No todo es tan lineal, porque en algunos casos hay territorios que cumplen dos funciones al mismo tiempo. Pero en términos generales, la producción económica mundial que impulsan las corporaciones se inspira en la necesidad de favorecer a unos y perjudicar a otros de acuerdo a los mercados que les interese desarrollar para sacar rédito del poder de consumo que establezcan allí.

Para esta parte del Cono Sur el esquema prevé que el desarrollo industrial debe estar encabezado por Brasil, mientras que la Argentina puede acoplarse como  socio menor, ya que su mayor aporte al mercado mundial debe provenir de su generosidad para ceder alimentos (aunque fronteras adentro no se le pueda asegurar un plato diario de comida a sus 40 millones de habitantes) y energía.

El período que se abrió con la dictadura de Videla y Martínez de Hoz marca el momento cumbre de la reconversión de la Argentina como Nación en vías de desarrollo industrial, con capacidad para expandirse e intentar, a su vez, una independencia respecto del uso de la tecnología nuclear. En este nuevo “formateo”, lo que se buscó y logró fue hacerla retroceder al estado pre-peronista de la Década Infame.  
  
De manera muy parecida a aquellos tiempos de país-granja, nuestro territorio (si bien con algunos “islotes” de producción industrial que sobrevivieron desde la época peronista) se transformó a partir de los ’90 en una especie de supermercado global para ofrecer sus góndolas de cereales y carne al resto del mundo. A comienzos de este siglo, dos lobbystas de corporaciones transnacionales, como son Rosendo Fraga y Jorge Castro, comenzaron a publicitar la conveniencia de que Santa Fe y Córdoba se convirtieran en el nuevo paradigma de la inserción de la Argentina en el mundo, para así transformarse en uno de los eslabones de la llamada cadena agroalimentaria mundial.     

Hay algunos datos interesantes, que lamentablemente se olvidaron (aunque su “ausencia” del debate público obedece a que la información tampoco tuvo la debida difusión). A la búsqueda de administradores de ese modelo agrario, cuando el presidente Duhalde lanzó el llamado a elecciones nacionales para 2003, el representante del Fondo Monetario Internacional, Anoop Singh, se reunió con Carlos Reutemann para tantearlo (y tentarlo) con la idea de que se presentara como  candidato a la primera magistratura. El santafesino no tuvo interés, y el indio repitió la operación con el cordobés José Manuel de la Sota, a quien el peronismo no debiera olvidar nunca por dos motivos: fue quien “afilió” al movimiento nacional a Domingo Cavallo y -ya en el rol de embajador argentino en Brasil- el hombre que cumpliendo directivas de Carlos Menem permitió la expansión de la industria automotriz brasileña en detrimento de las fábricas instaladas en la Argentina. Reutemann, como dijimos, se desinteresó. Y a De la Sota no le alcanzó en el juego de alianzas que necesitaba para imponer su candidatura. Ahora, ¿cuál era la idea de Singh? Que el nuevo presidente de los argentinos proviniera de un espacio político cercano a los grandes productores rurales. 

Decíamos que uno de los ideólogos de la “reconversión peronista” llevada adelante por Menem (nos estamos refiriendo al ex trostkista devenido en liberal Jorge Castro) es un importante lobbysta que predica que la Argentina debe especializarse como proveedor mundial de alimentos. Su tesis aparece en el libro La Tercera Revolución, editado en 1998. Incluso, hacia 2004 lo exponía de manera brutal en un artículo que publicó Clarín (no casualmente) en el suplemento rural del 16 de febrero de ese año: “Un país emergente no elige hoy el tipo de industria que puede desarrollar. En la fase actual de la globalización, las características de la industria en un país emergente como la Argentina las establece el mercado mundial”.

Está claro, ¿no? Hay que acatar lo que el “Dios Mercado” dicte. Pero hay más. Porque en el artículo de marras, Castro establecía claramente que el camino del “desarrollo” argentino debe pasar por su especialización en el rubro agroalimentario, es decir: el módico rol como abastecedor de materias primas previsto por los fundadores del modelo liberal hacia 1880 y continuado en el siglo XX durante la Década Infame y las dictaduras de 1955 y 1976.

Increíblemente, o no, Carlos Menem y Elisa Carrió coincidieron con este modelo. Y  hasta lo hicieron público casi al unísono. El año pasado, en plena “guerra gaucha” del campo con el gobierno, aquel mostró su enojo porque “el gobierno le ha declarado la guerra al complejo agroindustrial, el más competitivo del país, el sector que más puestos de trabajo crea” (Clarín, 10 de junio de 2008). Al día siguiente, Carrió participó de un desayuno en el Club del Progreso, un reducto de la oligarquía porteña, y también cuestionó la decisión presidencial de fijar retenciones porque “estamos asistiendo a un hecho extraordinario: por primera vez, el sector más dinámico de la economía, que es el complejo agroindustrial, está en el interior del país” (Clarín, 11 de junio de 2008). Casi, casi el mismo discurso. Como si se hubiesen soplado la letra…    

Continuará…
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