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29 de marzo de 2009

AUTORIDAD, RECONOCIMIENTO Y JUSTICIA EN LA ESCUELA - CUARTA Y ÚLTIMA PARTE

¿Es la película “Los Coristas”, un espejo de nuestra educación actual?


*Por Susana Pussacq

 En el internado, no había posibilidad de cambio a las órdenes por él impartidas; no tenían los alumnos la posibilidad de recrear lo recibido, por lo que no había transmisión y la autoridad del rector, aún ocupando el cargo, no era legitimada.
A pesar de ser Clement Mathieu alguien que busca otras estrategias de comunicación (la formación de un coro, por ejemplo), tiene sus momentos de crisis (“Rachin me aterra, los niños me aterran. Sigo creyendo que entrarán en mi cuarto para matarme”). Ante la imposibilidad de reducir, de dominar al otro, se piensa en la violencia como un instrumento y se identifica “el afuera” como “maldad”, “subversión” o “el enemigo” (Dussel Pág. 3) al que se le teme.

Es por eso que las autoridades del internado llegan a encerrar a Mondain en la cárcel. Lo alejan de sus compañeros, ocultando a estos su verdadero destino como otra forma de no reconocimiento a ellos.
¿Hubiera sido posible en el internado no llegar hasta este extremo? ¿Era posible construir otra escuela, otro tipo de relación donde el maestro y el alumno no se vean como rivales, oponentes entre sí?
Seguramente sí. Para ello hubiera sido necesario crear verdaderos espacios de diálogo donde se escuchara la voz de ambas partes, favoreciendo “un diálogo que “permitiera” a los jóvenes sostener la construcción de una identidad a partir de sus intereses, posiciones y deseos” (Falconi. 2004. Pág. 9).

En la realidad, en la escuela actual, de nuestra ciudad, de nuestro entorno encontramos cotidianamente casos como el de Nicolás, que hubiera podido resolverse si se hubieran buscado esos otros caminos.
¿Cuál es entonces nuestro lugar, nuestra postura en este sistema tan increíblemente parecido al de la pelicula? ¿Hay posibilidad de cambio? ¿Cuáles son los roles o los lugares que debe ocupar un adulto para poder encender pequeñas mechas que terminen abrasando este sistema unilateral y exclusivo?.

Pienso, en principio, que sin duda alguna es posible un cambio por el que se reconozca – y no digo “se le otorgue” ya que creo que es un derecho propio – el lugar de protagonistas de su propia vida a niños y adolescentes.En cuanto al rol que debe ocupar quien propugne un cambio en la manera de actuar ante las nuevas infancias y adolescencias creo que no hay uno excluyente y al que solamente le corresponda dicha responsabilidad.

No es exclusiva de los equipos de conducción la tarea de llevar adelante el cambio.
Cada docente, desde su lugar en el aula, trabajando con sus alumnos, propiciando canales de diálogo y respetando la diversidad, puede convertirse en un brazo del cambio.
Como propuesta que me parece interesante veo la posible intervención de una directora de estudios. Su rol sería, principalmente, el de mediadora.

Lo considero un lugar estratégico ya que podría poner en marcha varios proyectos que, de llevarse a cabo producirían cambios rompiendo con viejas y rígidas estructuras.
Concretamente, una acción positiva sería la de extender los alcances del currículum hegemónico vigente en una escuela como el Internado.

La atención a la diversidad de la población escolar, apuntando hacia “prácticas de aprendizaje no jerarquizadas y de cooperación” (Connell. 1997. Pág. 67) resultaría efectiva a la hora de incluir los diferentes intereses.
La implementación de talleres de expresión, de idiomas o de danzas, buscaría atraer diferentes intereses de los alumnos.

Actividades cooperativas, como la fabricación del pan o de indumentaria haría posible un intercambio entre la comunidad escolar y la sociedad.
Otra acción importante sería dejar de lado la clasificación de alumnos (examen Binet Simón, mencionado en la película). Al encasillarlos en niveles se niega “el principio de los intereses de los menos favorecidos” (Connell. 1997. Pág. 70/72). “Aniquilar el sentido de posibilidad puede ser tan efectivo como cualquier propaganda positiva a favor de la esclavitud”.

¿Cómo se podrían modificar las situaciones de violencia en ese ámbito escolar? Allí, la violencia es una constante. De alumnos a docentes, de docentes a niños, de niños entre sí y también entre docentes.
Es importante tener en cuenta para analizar este aspecto, la situación social de los internados: hijos de pobres, hijos de obreros, hijos de mujeres solas, marginados por su condición social. Calificados como “mitómanos o de bajos instintos” por sus propios docentes. Esa situación de no reconocimiento de parte de los adultos, de injusticia en términos culturales, genera situaciones de violencia.
Falta el cuidado del otro, por parte de los mayores. Falta el reconocimiento “como una cuestión de justicia” (Fraser 2000. Pág. 27).

Sería oportuna la acción de la directora de estudios que escucha las inquietudes de los niños, que funciona como una mediadora entre ellos y los docentes rígidos en sus posturas.
Pero, ¿podemos hablar de “des-reconocimiento” dentro del internado, que debería ser un lugar de cuidado por parte de los docentes hacia los niños? Absolutamente sí.
El no reconocimiento puede darse en diferentes contextos ya que las necesidades son diferentes cuando éstos lo son.

“Qué personas necesitan qué tipo (s) de reconocimiento en qué contexto, depende de la naturaleza de los obstáculos que ellos enfrentan en relación con la paridad participativa” (Fraser 2000. Pág. 35)
La organización de un proyecto institucional que tenga en cuenta la voz de los jóvenes y niños, que esté dispuesto a escuchar y reconocer al otro para aprender de él, puede llegar a establecer una escuela más justa, donde la transmisión sea posible porque el otro es reconocido y tenido en cuenta, donde el cuerpo del otro no es un receptáculo de castigo y violencia, sino que es visto como un ejemplo visible de diversidad aceptada e incluida.

Es hora ya que la escuela deje atrás viejos esquemas. Debe, de una vez por todas, aprender a ver en las nuevas experiencias subjetivantes que se presentan por los avances tecnológicos (chateo, zapping), las funciones cohesivas que con llevan.
“La interiorización de las normas clásicas y la apelación a las sanciones parecen procesos ya imposibles” (Siede 2007. Pág. 186).

Una directora de estudios que entienda que en un conflicto hay un costado creativo que permite a los alumnos expresarse y encontrar su lugar en el grupo, seguramente conseguirá bajar los niveles de violencia.
La inexistencia de conflictos es sólo un fantasma creado en la imaginación de algunos docentes. La existencia de ellos es, diría yo, hasta deseable y hace a la sanidad del grupo y del sujeto como tal cuando éste tiene la posibilidad de expresar sus disidencias y ser respetado en su diversidad.
Sigo pensando el problema y me doy cuenta de que los ejemplos brotan paso a paso en el día a día de los niños y su relación con la escuela y la educación en general.

Los ejemplos serían infinitos. Me asombra cómo, a cada paso, nos tropezamos con “Internados”, con “fondos de tarros”. Podría continuar dando ejemplos que me sorprenden paso a paso. Como cuando días atrás, recorriendo cercanías de mi barrio descubrí los muros altísimos del “Preventorio Roca” y dentro de él niños y adolescentes que piden ser sacados del lugar cada vez que pueden cuando se abre la inexpugnable puerta porque un camión trae o lleva internos. Otra vez, la escuela confunde el concepto de prevención, otra vez el acallamiento de los jóvenes y la dominación de sus cuerpos. Otra vez Le fond d letang. Pero esta vez en mi ciudad. Acá, muy cerca de mi barrio.

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