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22 de marzo de 2009

AUTORIDAD, RECONOCIMIENTO Y JUSTICIA EN LA ESCUELA - TERCER PARTE



¿Es la película “Los Coristas”, un espejo de nuestra educación actual?


*Por Susana Pussacq

La escuela argentina, o al menos, las escuelas de la Ciudad de Buenos Aires, han mantenido desde el normalismo hasta la fecha una rígida e idéntica estructura. Ha habido cambios en programas y en metodologías, pero la idea de autoridad, esa que se vive día a día en cada escuela, ha permanecido prácticamente intacta.
Si bien hubo intentos, o mejor diría, simulacros de democratización de la autoridad a través de la creación de los Consejos de Convivencia, los adultos continúan reservándose para sí la decisión final e inapelable, aún cuando no haya razones que la avalen.

Los comentado por L. Litichever y P. Núñez (Pág. 118) “… no es ya el Consejo el que sanciona, sino que sostiene una estructura vertical, donde las sanciones más severas sólo pueden ser aplicadas por el rector, la “máxima autoridad” de la institución y no discutidas colegiadamente”, me hace acordar cuando días atrás, mirando televisión, escuché en uno de los canales a Julio C Labaqué, escritor con orientación religiosa católica, insistir en el derecho exclusivo de los adultos a “tener la última palabra en una discusión”. Ví en esto, otro ejemplo donde “las jerarquías se mantienen firmes atribuyendo responsabilidades bien distintas para unos y otros, posicionando al adolescente como sujeto incapaz que necesita ser conducido” (Litichever y Núñez. Pág. 119).

Quiere decir que, a pesar de la creación de estos Consejos, no ha habido en general un cambio en la mirada que se tiene desde las instituciones de la sociedad a la autoridad en las escuelas. Todavía faltan en el vocabulario de la mayoría de los adultos, las palabras “cuidado”, “orientación” y “contención”.
Esta postura unilateral trae como consecuencia la expulsión, cuando no la deserción escolar.
Me tocó vivir el año pasado el caso de un alumno a quien en una escuela privada, se le retuvo la matrícula para continuar en la escuela. Las razones eran: acumulación de sanciones por “mala conducta” (= ser inquieto, estar desatento, interrumpir la clase).

En esta situación hay datos que no son menores: en la escuela en cuestión funciona un equipo “de orientación” escolar. En ningún momento, más allá de observar al niño, se propiciaron momentos de diálogo con él. Más aún, el diálogo estuvo cerrado también para los docentes, quienes nos oponíamos a la expulsión y la “máxima autoridad” tomó la decisión.

El colegio religioso, dato que tampoco es menos importante, adoptó esta posición “antropoémica (Litichever y Núñez. Pág 121) “vomitando”, expulsando a los “otros” considerados irremediablemente extraños y ajenos: prohibiendo el contacto físico, el diálogo, el intercambio social”.
Quisiera aquí hacer un punto para insistir en la relación que mencioné más arriba: autoridad/ transmisión / cuerpo.

En el caso de este alumno, a quien llamaré Nicolás, el cuerpo también es objeto de intromisión y castigo. Se le impide el contacto diario con sus compañeros, apartándolo de sus compañeros como ocurre con Mondain en “Los Coristas”.

Pero volvamos a la película.
Rachin era el rector de L  Fond de l etang. Sin embargo, su autoridad no estaba legitimada. Y esto era así porque para él, la autoridad se imponía verticalmente. No concebía la posibilidad de cambiar la estrategia y construir una relación.

Como en aquella película que vimos durante el año en la que la abuela y su nieta construyen la relación más allá del parentesco. La abuela proporciona la base a partir del cual la nieta va a recrear lo recibido. La anciana y la nieta construyen la autoridad y hay transmisión.
Nuevamente destaco la relación entre los tres conceptos desarrollados. No podría darse la transmisión si la autoridad no es una construcción.
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