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28 de diciembre de 2008

LA HORA DE LA POLÍTICA

* Raúl Ferrazzano


Ante la Crisis Mundial, en el que la comunidad internacional está evaluando aún los daños causados por la más grave crisis financiera desde 1929, son muchos los ensayos académicos de "prestigiosos economistas" que tratan de explicar lo inexplicable, justificando porque se "le quemaron los libros" , pero las respuestas a los desafíos actuales no pueden provenir de los especialistas, que durante tres décadas han aplicado las recetas que nos han llevado al actual colapso de la economía mundial. Lo que necesitamos son otros consejos, provenientes de hombres y mujeres con acusada sensibilidad social, preocupados por la producción, por el empleo y por un orden global más equilibrado y democrático, pues ha llegado la hora de la política.

La Política es, nuevamente la que debe poner un norte. La política como herramienta de transformación, que perfila la estrategia para que la economía se ponga en función social : y la verdad es que no hay nada que inventar, " La acción política no es una finalidad de Gobierno, sino un medio para el bien de la Patria, que es la Felicidad del Pueblo y la Grandeza de la Nación". Doctrina Justicialista
Los procesos de reforma económica son actos intrínsicamente políticos. Esta afirmación parece obvia aunque no lo es. La decisión política se reviste así de una connotación tecnocrática.

Las transformaciones deben ir avanzando en dos sentidos: uno institucional y otro distributivo:
- En lo institucional, la política define el rol para las instituciones que organizan la producción y la distribución de la riqueza, básicamente: El Estado y el Mercado. Ambos de importancia, de allí el cuidado a tener para mantener el fino equilibrio entre ambos. Libre juego pero con un Estado Protector, Proactivo y Presente, que solucione las desigualdades que el mercado produce.
- En lo distributivo, que se refiere al flujo de dinero, subsidios e incentivos, la que será económica, cuando se dirija a promover actividades productivas de importancia; o social cuando los recursos se utilizan para la formación de capacidades humanas o comunitarias.

El pensamiento neoconservador y recetas como las del Consenso de Washington consagraron la autorregulación de los mercados, la hegemonía del capital especulativo y la práctica inutilidad del Estado. El predominio de semejantes ideas encubría en realidad una actividad especulativa sin precedentes, que provocó una separación prácticamente total entre las esferas productiva y financiera. La economía global se transformó poco a poco en un enorme casino.

La crisis financiera ha obligado a los fundamentalistas del liberalismo a rendirse a la evidencia de su propio fracaso y a implorar la acción del Estado para evitar un posible agravamiento. De repente, la intervención estatal dejó de ser abominable y pasó a ser indispensable para los defensores de la tesis falaz –y durante mucho tiempo, poco cuestionada– de que el mercado es virtuoso por definición y capaz de regularse a sí mismo, algo que una doctrina "visionaria" como el Justicialismo, ya viene sosteniendo fuertemente hace más de medio siglo.

El electorado de Estados Unidos –epicentro de la crisis– se ha manifestado a favor del cambio en las recientes elecciones. El capital político de Barack Obama refleja el apoyo popular a una propuesta de variación de rumbo que sea dictado esencialmente por la política, y no por los mercados. Representa también la condena de una práctica y de un discurso que en los últimos tiempos fueron dominantes, hasta el extremo de impedir que las adecuadas medidas correctoras pudieran ser tomadas por los Gobiernos de los países involucrados, a pesar de las múltiples señales de descontrol del sistema financiero.

La cuenta que hemos de pagar a causa del descontrol especulativo es muy elevada, y los trabajos de reconstrucción serán arduos. La participación de los líderes políticos en esta tarea resultará crucial, pues es desde arriba, desde la conducción política del aparato del Estado que se comienza a modificar el modelo económico neoliberal y se pasa a un modelo más racional donde todos los factores de la economía tengan debido resguardo, integrándose dignamente al contexto mundial de globalización.

Su actuación debe estar a la altura de la gravedad de las circunstancias y de la magnitud del desafío que supone edificar un nuevo orden financiero internacional. Tal arquitectura ha de ser capaz de evitar que vuelvan a producirse los desmanes que nos han conducido hasta aquí, y cuyo impacto en la economía real amenaza el empleo, el poder adquisitivo, los ahorros y el sueño de una casa propia y de una jubilación tranquila para centenares de millones de personas en todo el mundo.

El cambio del sistema financiero internacional exige una coordinación de los sistemas reguladores nacionales, y pasa necesariamente por el aumento de la participación de los países en desarrollo en los procesos decisorios de gobierno global y en instituciones como el FMI y el Banco Mundial. Estos dos organismos deben ser reformados (o refundados) como parte de un profundo cambio de los mecanismos de gobierno del sistema económico-financiero internacional, que durante mucho tiempo se ha dedicado a velar por un orden mundial asimétrico. De esta manera se imponían recetas de austeridad, de impacto social negativo, a los países en desarrollo, que no eran seguidas por los países desarrollados en situaciones semejantes. Ya no podrá ser posible que ciudadanos, países e instituciones internacionales tengan que obedecer leyes y reglas, mientras que el sistema financiero está mal regulado o, lo que es peor, no está regulado en absoluto.

En Nuestra Región, la democratización de los países latinoamericanos abre espacios para la ampliación del diálogo político y para la concreción de proyectos conjuntos en materia de integración económica y de infraestructuras. América del Sur no quiere soluciones aisladas para la crisis. Quiere más integración. La visión política común que orienta tales opciones ha ofrecido resultados concretos a los agentes económicos y a los ciudadanos en lo que se refiere al aumento significativo, a lo largo de las últimas décadas, del intercambio comercial, de la construcción de cadenas productivas que atañen a países vecinos y de la ampliación de las infraestructuras viarias y energéticas, por citar algunos ejemplos.

Con todo, lo fundamental es llevar adelante, como en otros momentos históricos, un cambio radical de la arquitectura financiera del mundo, una revolución desde arriba. Es necesaria una previsibilidad económica para reconstruir la economía mundial sobre nuevas bases, de manera que el mundo de las finanzas esté al servicio de la producción agrícola, industrial, científico-tecnológica y cultural, y no al contrario, como hasta ahora ha venido ocurriendo.


*Director CELPOT
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