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8 de abril de 2018

2 DE ABRIL DE 2018



*Por Sebastián Grimblat


Tengo la posibilidad de hablar frecuentemente con un excombatiente de Malvinas, para él la guerra jamás termina, es un estado de ánimo permanente. En varias oportunidades me ha transmitido lo que sucede a los hombre en el fragor de la batalla, algo tan lejano a lo imaginable, a lo que vemos en las películas de guerra.

El living de su casa, es un museo viviente de la guerra, algunos cascos perforados de sus compañeros caídos, rellenos con tierra de las islas, banderas argentinas y plegarias completan la escena. En una oportunidad, hizo mención, que en el año 1985, un contingente de médicos militares británicos visitaron su centro de excombatientes: "querían saber cómo estábamos, cómo veníamos llevando el haber estado en una guerra", dijo. Luego, los médicos procedieron a contarles lo que le sucedía habitualmente a los soldados una vez terminada la contienda: las etapas de lo que se conoce como el post‑traumatismo, los procesos de la mente después de haber vivido el horror de la guerra. "Todo lo que nos dijeron, era lo que nos pasaba". Tres años después de la guerra, dijo, con lágrimas en los ojos, "y los únicos que nos preguntaron cómo estábamos, y nos escucharon, fueron los ingleses". Antes de retirarse, comentó el excombatiente, los médicos nos dieron un sentido abrazo lamentando lo ocurrido, se pararon frente a nosotros, y nos hicieron un vehemente saludo militar en señal de respeto. Y con esas palabras simples, transparentes y claras, finalizó su narración acerca de la visita.

En la actualidad, los suicidios de excombatientes, equipara la cifra de caídos en combate como saldo de esa guerra que no termina en el interior de esos hombres. Qué hayan sido nuestros enemigos en esa guerra, quienes según relata aquel soldado, fueron los primeros en escuchar humanamente y mostrar respeto, por nuestros soldados, nos devuelve un rasgo indigno de nosotros mismos, de nuestra sociedad.

Por supuesto que la guerra en el Atlántico Sur tuvo sus matices, fue declarada por una dictadura decadente y genocida, donde tuvieron participación militares de carrera como Alfredo Astiz, quién habiendo perpetrado crímenes de lesa humanidad en los años previos, fue movilizado, rindiéndose ante el primer buque enemigo sin haber hecho un solo disparo. Pero estos casos no hacen a la totalidad del conflicto. Por el contrario, hubo soldados que dieron todo de sí, centenares entregaron su vida en combate, y otros cayeron abatidos por las balas de la desesperanza por haber perdido la guerra contra la vida que pudieron haber soñado alguna vez vueltos a casa. Todos ellos cayeron por un país que los dejó condenados a la indiferencia, a vivir íntimamente los traumatismos, y los dolores de la guerra. Es hacia ellos, a quienes hay que empezar a reconocer nuestra deuda como sociedad, este dos de abril, los saludamos con respeto.


Fuente: Pàg. 12
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