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8 de enero de 2015

EL ATAQUE A CHARLIE HEBDO. EL HORROR DE LA AMENAZA CUMPLIDA

* Por Ivan Schulliaquier

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París/ Resumen Latinoamericano/ Revista Anfibia/ Por Ivan Schulliaquier/ 07/01/2015.-Desde hace años, los parisinos se acostumbraron a convivir con sistemas de seguridad e instrucciones para protegerse ante la posibilidad de un atentado. En los últimos tiempos, el tema recurrente del debate público era si Francia, el país con la mayor comunidad musulmana de Europa, podía ser un blanco terrorista. El politólogo y magíster en Sociología de medios por la Universidad de Paris IV-Sorbonne, Iván Schullaquier, cuenta desde la capital francesa, las primeras reacciones ante el espanto de una amenaza que se concreta, cuando el miedo individual se diferencia y convive con el temor colectivo.




Con el tiempo, la excepción se vuelve rutina. Los militares camuflados, con sus ametralladoras, son parte de la postal de las estaciones de metro y de los monumentos más conocidos de París. Los altavoces que en los transportes públicos piden vigilancia ante todo paquete abandonado se pierden entre los pasos de los que van y vienen. Los carteles que llaman a denunciar cualquier movimiento sospechoso en bibliotecas, universidades y escuelas se amontonan con otros papeles. Esa naturalización de la amenaza se basaba, hasta hoy, en un pacto implícito: eran parte del decorado mientras no pasara nada. Eso cambió definitivamente el mediodía del 7 de enero.



París, la ciudad que desde mediados del siglo XIX sostiene la misma estética, los mismos edificios, los mismos bulevares, ya no se ve igual. Tampoco suena como antes: las sirenas se transformaron en el ruido de fondo y generaron un estado de alarma permanente. Y en cada calle, policías que se mueven en distintos vehículos. En bicicleta, en moto, en patrullero o en camioneta. Algunos de a pie.


En París, “la calle” no es una sola. Al menos no designa algo unívoco. Después del atentado, casi como un homenaje a su heterogéneo trazado urbano, los mensajes se multiplican, se superponen, se contradicen. Y una vez que uno contactó a sus seres queridos, que el pánico y el temblequeo se resolvieron con un “hola” del otro lado, aparece el duelo, la tristeza y el miedo. Cómo eso empezó a tramitarse, dependió de cada uno. Aunque sí los distintos discursos –sobre todo el de los ciudadanos en la calle y en las redes sociales- coincidieron en el imaginario de “defender a la república”.



Ante el atentado, entonces, está el miedo individual. Fomentado por las sensaciones de desprotección y también por los mensajes del gobierno. “Eviten las aglomeraciones”; “No vayan a los grandes monumentos”. Algunos amigos de la universidad reproducen esos mensajes. “No tomen el metro”. “No salgan a la calle”. El miedo funcionó para algunos. En un día de mucha niebla y temperatura alrededor de cero, hubo menos gente en los transportes y menos gente caminando. Pero ese “menos”, no obstante, no significó que las calles de París se vacíen.


Quizás porque apareció el miedo colectivo. Una reacción que se siente como una declaración de principios: “Hay que salir”; “Demostremos que no estamos asustados”; “No vamos a dejar que nos encierren”. En ese marco, y en el shock de la noticia -que varios comentaban como el 11 de septiembre propio-, surgieron en toda Francia convocatorias a reunirse.



En París fue en la Plaza de Republique, a menos de diez cuadras de la redacción de Charlie Hebdo, el lugar del atentado. Al dolor por los asesinatos se sumaba el sentimiento de cercanía que mucha gente sentía hacia ellos. Varios de los muertos son, como decía una de las manifestantes, “personas a quienes uno tiene en su casa” a través de sus dibujos y sus escritos. A las 6 de la tarde, y pese a pedidos del gobierno para evitarlo, 15 mil personas llenaron la plaza. Con pocos carteles, sin cantos. Un encuentro para plantar bandera y socializar en silenciosa catarsis colectiva.



Los kioscos de revistas se volvieron otro espacio de reunión. Muchos compraban el último ejemplar de Charlie Hebdo. Algunos lagrimeaban, o pedían algún diario con las noticias del mediodía, pero no hay opción que esperar hasta mañana. El vespertino de Le Monde, tampoco había llegado.



Hubo otros actos de militancia: los de sostener la rutina. Muchos continuaron con sus ocupaciones. En un día cortado por el atentado, las oficinas, las bibliotecas, los locales comerciales, los servicios públicos, no interrumpieron sus actividades. Los bares de París funcionaron a media máquina: quienes trabajan, estuvieron; los que toman cerveza, no fueron.



El 7 de enero no aparecía en el calendario francés como una fecha que pasaría a la historia, pero sí era un día esperado por muchos comerciantes, marcas y consumidores: hoy se iniciaría la temporada de las liquidaciones de ropa en la capital mundial de la moda.



El atentado no impidió que los locales se llenaran y que las colas para pasar por caja demandaran mucha paciencia.


Los últimos meses en Francia estuvieron marcados, en los medios y en el debate político, por la amenaza de volverse un blanco terrorista. Ahora que lo fue, en el país que tiene la comunidad musulmana más importante de Europa, se abren varias preguntas respecto a cómo el gobierno de François Hollande actuará a nivel interno y externo. En lo local, en su discurso en cadena nacional, el presidente intentó separar a quienes realizaron el atentado, de la mayor parte de la comunidad musulmana. Una mujer tunecina comentaba con horror lo que había sucedido y repetía que no estaba bien. En sus dichos no lo explicitaba, pero en su reacción intentaba distinguirse de la estigmatización de su religión.

No se sabe si los opositores de derecha seguirán la línea de Hollande. Lo más probable es que no. A nivel internacional, una vez que se sepa quiénes fueron los responsables, la respuesta puede implicar una decisión militar y es difícil que, si se da, no participen otras potencias occidentales. Estas y muchas otras preguntas no tienen respuesta por ahora, pero nada hace pensar que lo que se inicia a partir de hoy sea un mundo mejor que el de ayer.

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