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13 de noviembre de 2014

OPORTUNISMO IRRESPONSABLE Y DEBER PROFESIONAL

Oportunismo irresponsable y deber profesional

*Por Víctor Leopoldo Martínez

Se hizo evidente que ciertos personajes mediáticos fueron, poco a poco, banalizando el tratamiento periodístico de los asuntos políticos, hasta transformarlos en show farandulezco, donde la ficción hace estragos y el consumidor se queda con el envoltorio de productos televisivos o periodísticos desconociendo su contenido. No pocos políticos se prendieron en el juego por esos ansiados segundos o minutos de fama que les ofrecen y venden -muchos efectivamente pagan por figurar- “famosos” conductores de TV.
Argumento falaz

El pueril argumento de que el televidente o lector tiene opciones para elegir qué ver o leer es tan falaz como son las razones utilizadas por los propios “famosos” para justificar su existencia.
La estupidez que brota a la hora de entrevistar y/o preguntar y que acompaña como fiel aliada a conductoras de “almuerzos” o de algún show semanal repartidor de “millones” y por qué no hasta al “pum para arriba” conductor del show diario donde “otros famosos” bailan aumenta la pauperización en la que ha entrado nuestra profesión y embrutece aún más a una parte importante de la sociedad.
Son los mismos que luego hablan de los “rebaños, el chori, el tetra y el circo” del otro lado.

Es claro que la estupidez estupidiza. Conociendo esto, sus cultores descaradamente se animan a opinar “como ciudadanos” sobre problemas políticos “nacionales” (no se meten con los “anunciantes”) que ellos –asumiendo el papel de voceros del gran público- ven a diario (¿?).
Se trata de enunciaciones que no pasan de simples disparates que aparecen en agendas mediáticas. Ellos repiten como loros y no les importa que formen parte de campañas desestabilizadoras metedoras de miedo.

¡Ni qué hablar de los conductores de programas políticos! Desde el mitómano médico-periodista obsesionado con los “síndromes” presidenciales, hasta anteriores “progresistas de izquierda”, hoy burdos operadores mercenarios de derecha que hicieron de la deformación y la manipulación de cualquier noticia y la diatriba parte de otro show, están instalados en la pantalla chica mofándose de la política y los políticos en nombre de la sacrosanta democracia y sus instituciones. Encima lo hacen parapetados detrás de un cortinado tejido con hilos de pacata moralina. Destilan veneno y mugre por doquier y con un nivel de violencia y agresión verbal jamás visto en la profesión; luego y con total desparpajo, transfieren y hablan de violencia “oficial”.
Sin disimulo

Frente a este muestrario de “informadores”, la sociedad está en total estado de indefensión. Hoy por hoy, la información periodística, más que un negocio, es un asalto a cara descubierta. Para no pocos siempre lo fue; pero se lo hacía a escondidas. “Que no se note”, como sugería no hace mucho tiempo el “Tío Bernardo” (Neustad) en plena era menemista.
Hoy nada les preocupa. “Se nota mucho”, diría un conocido periodista deportivo experto en cuidar sus negocios.

Indudablemente, el ejercicio de la tarea periodística en cualquier plataforma es formadora de opinión. La crítica a su mal manejo ya dejó de ser aquel recurso tildado de maquiavélico con formato de cuento de terror hecho con sarcasmo por los propios monopolios de la información.

En realidad, siempre crearon “cortinas de humo” para cubrir sus perversas operaciones. Todo eso es pasado. Actualmente, blanquean sus negocios con cinismo y caradurez dignos de admiración. Hacen lícito lo ilícito y moral lo amoral. Corporativamente, defienden su nefasto accionar con el remanido argumento victimizante de que cualquier acción en contra de sus espurias operaciones es “ataque” o “atentado” contra la libertad de prensa y expresión.

No es novedad para nadie que los monopolios informativos ya decidieron que el “año electoral” no necesariamente debía tener 12 meses. Desde comienzo del 2014, las operaciones para instalar sus candidatos, tanto como las maniobras destituyentes para con el actual gobierno nacional -elegido democráticamente- no cejaron por un instante.

Las variadas “sensaciones de tragedia nacional” porque el dólar tiene cepo y el “blue” se dispara o el acopio de cosecha esperando mejores precios internacionales es culpa del Gobierno nacional y perjudica la imagen externa, además de hacernos un país “más de mierda aún” o que los fondos buitres no son tales, sino “ángeles del vaticano” demonizados por Kiciloff, están a la orden del día en materia de la agenda opositora. Pero esos candidatos presidenciales, por inoperantes, según uno de los periodistas que los promueve, no juntan alegremente un “balde de bosta” y para colmo de males, ofrecen soluciones armadas con generalidades tan ambiguas como exasperantes. Es que en realidad resulta difícil explicar políticamente futuras medidas sabiendo que sólo servirán para satisfacer la codicia de esos pocos que los promueven y “bancan”. Por el absurdo y dentro de este marco, no resulta difícil concluir que estamos frente a un lamentable sainete con disfraz político.
De zonceras y algo más

Macri, que en lo que lleva de gestión, cuadruplicó la deuda en dólares de la Caba y llevó la otra parte de deuda pública en pesos a 11 mil millones (según datos oficiales de su propio gobierno, a diciembre del 2013) se anima, repitiendo zonceras mediáticas bajadas por los medios, a opinar críticamente de la “calamitosa situación económica nacional”. Sin embargo, sólo tiene para ofrecer como solución al problema inflacionario -por tomar un ejemplo- su “hipotética buena administración de los recursos del Estado”(¿?). Indudablemente, tamaña propuesta política, para cualquier ciudadano con dos dedos de frente, suena risible. Pero más grave resulta ver cómo rehuye en cualquier conferencia de prensa, asesorado por su gurú Durán Barba y peor aún, ningún periodista se anima a solicitarle precisiones sobre cómo revertiría las maniobras especulativas generadoras de inflación. Tampoco da precisiones en materia de medidas que, según él, beneficiarían a “toda esa gente que hoy está mal” (hete aquí la gran incógnita) y por la que él tanto se preocupa hasta el punto de quitarle el sueño (¿Quienes serán? ¿Los pobres o los ricos?).

O de un Massa que, como proyecto, sólo presenta “sus equipos de trabajo” que nadie sabe en qué temas trabajan, pero que, como Macri, suelen recitar futuras medidas de gobierno que suenan como bellas melodías para los oídos empresarios.
Tomo como referencia a los que picaron en punta en la carrera presidencial y de la llamada “oposición”. Los que vienen corriendo de atrás (Pino, Binner, Carrió, Sans, Cobos) ya ni siquiera merecen una línea.

La carencia de propuestas del sector opositor, que dice representar a una parte de la sociedad, es sumamente grave para el país y peor aún, para el pueblo en su conjunto, teniendo como antecedente la era menemista y su consecuencia: el diciembre negro de 2001. Por otro lado, dar aire a dirigentes sindicales incendiarios que auguran desastres es como tentarse a jugar de Frankenstein, sin prever qué hará el monstruo.

Este panorama nos demanda, como profesionales de los medios, una alta cuota de responsabilidad a la hora de informar y de cara a un futuro, donde se juegan cosas importantes no sólo para la Nación, sino y fundamentalmente para la provincia. Ya no se trata de ser simplemente periodistas, sino de ser periodistas argentinos y catamarqueños ¡Vaya si hay diferencia! Debemos informar adecuadamente y con el mayor rigor posible cuáles son las ofertas que los candidatos tienen y cómo concretarlas.

Es un secreto a voces la compra-venta de dirigentes y votos en proximidades electorales. ¿Esas son las carencias que como minucias políticas nosotros debemos obviar para dar espacio a espurios acuerdos sin propuestas concretas, hechos por dirigentes, partidos y frentes políticos? ¿Sólo debemos hacer conocer a la sociedad simples “generalidades” vendidas como proyecto político para un futuro que, a todas luces y con esas “generalidades”, no hace otra cosa que presentarse como incierto? Creo que nuestros compatriotas y comprovincianos merecen más respeto.

Fuente: El Esquiu
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