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29 de septiembre de 2013

LA ESPUMA Y EL FONDO


*Por Aurelio Argañaraz

El sistema mediático nos introduce permanentemente en discusiones banales, para crear espuma y que se pierdan de vista los grandes problemas que deben enfrentarse o, dicho de otro modo, esas cuestiones que han creado bloques siempre antagónicos, en Argentina y América Latina, al punto de que puede afirmarse, sin exageración alguna, que son el motivo de nuestras rencillas –más de una vez sangrientas– desde los tiempos de Bolívar y San Martín. En ese marco, Lanata, el Grosero, es un modelo particularmente burdo, afín a un público que mira la política con la misma frivolidad y la misma estupidez que encara la vida; esa oportunidad única que se les va yendo, parafraseando a John Lennon, mientras usan las horas en juntar plata, mirar televisión, comer bien, algún viajecito, si se puede a Europa, aunque el analfabetismo cultural les impida gozar de algo más que sacar fotos y visitar lugares sin entender nada. Pero hay otros más sutiles, en el mundo periodístico, con el mismo fin: embarrar la cancha, meternos en comidillas y chusmeríos de todo tipo, alimentar prejuicios y, en suma, impedir que hablemos de aquellos asuntos en que se juega nuestro destino, o que, si los abordamos, sea de un modo útil para resolverlos o, cuando esa posibilidad es limitada, apliquemos la inteligencia para estimular la reflexión y madurez colectiva. Visto como conjunto, cabe decir que todo esto, particularmente en el ámbito de la televisión privada, responde a esa regla.

Dicho en una fórmula, ellos trabajan incentivando el prejuicio, la irracionalidad y el miedo. De este lado, es nuestra tarea apostar al juicio, a la capacidad racional, a la coherencia, a una visión aguda y realista de los problemas, que excluye desde el vamos la venta de espejitos.

Pero es necesario señalar la espuma y su propósito, sin ignorarla. Si una porción de argentinos es seducida por “Periodismo para todos”, algo debemos hacer al respecto. Una cosa es ir al fondo, no obstante, desnudar el mecanismo embrutecedor del programa y otra, muy distinta, darle a Lanata la entidad que no tiene, y que la tropa de cibernautas que apoya al gobierno intente contrarrestar el efecto sobre la audienciaen el terreno del Grosero, haciéndole el juego y atribuyéndole una condición de contendor válido. O hablar de “seguridad”, para competir con Massa y de “diálogo” si lidiamos con enanos fascistas disfrazados de “tolerantes”. No aludimos a un problema menor y lo intentaremos demostrar con un par de ejemplos.

Uno de los temas predilectos del amarillismo periodístico es “la corrupción”. Desde luego, tiene una medida para juzgar a los amigos (los políticos del stablishment) y otra muy distinta para tratar a los k, como les dice despectivamente. Hay dos modos de contrarrestar esto: la primera es echar y promover el castigo de los delincuentes propios, sin vacilación alguna; son parte del enemigo, en realidad nos dañan más que un oponente por malvado que sea. La segunda es una tarea docente, que incluye explicar que el poder corrompe y que el mejor medio contra los delitos que él alienta es democratizarlo, con presencia creciente del control popular en la gestión pública, monopolizada por burócratas, un funcionariado donde medran los mercenarios “rápidos”. Finalmente, alentando la reflexión de la ciudadanía, ir a uno de los ejes del problema: decirle al país que la honestidad en la gestión es una cualidad que no puede florecer en un marco de traición al país y entrega de sus riquezas al núcleo de poder oligárquico concentrado, como lo demuestra el hecho de que la mayor corrupción en los cuadros del Estado tuvo lugar en la década del 90, con Menem y De la Rúa. Ningún medio masivo que responda al núcleo del poder económico concentrado cuyo poder entró en crisis en el 2001 y herido por Néstor Kirchner en el 2003, va a desarrollar líneas de pensamiento que ubiquen la cuestión en estas coordenadas, las únicas que aportan racionalidad al análisis. En consecuencia, es esa nuestra tarea.

Algo similar ocurre con la seguridad. Nadie señala –y no hacerlo, desde la militancia popular, es entrar en un juego de embustes– que en diferente grado la inseguridad es un mal endémico de todas las sociedades y de todos los tiempos, un problema complejo que no puede encararse con las recetas “duras” (“tolerancia cero”, pena de muerte, policía brava) ni absolutizando el concepto de que liquidar la pobreza “es liquidar el delito”, ignorando las dimensiones y múltiples fuentes de la miseria moral, psíquica y sexual que afectan por igual, aunque de modo variable, a millones de seres humanos de la sociedad enajenada en la cual vivimos. 

Situación que, si nos expresamos con responsabilidad, ceñirá las posibilidades de acción del Estado dentro de ciertos límites, lejanos a la utopía de obtener esa seguridad con la que buscan réditos los políticos de la derecha, después de crear, como ocurrió en los 90, grados de desesperación en los sectores sumergidos que no podían sino impulsarlos al expediente del saqueo, para paliar el hambre, no ya como bandas delictivas, porque no lo eran, sino como masas sometidas a condiciones de “sálvese quien pueda”. 
 
Volvemos al fondo con las monsergas sobre “la intolerancia”, donde la frivolidad intelectual está al servicio, como siempre, del oscurecimiento de lo sustancial. En 200 años de historia argentina, han corrido ríos de sangre –las guerras civiles del siglo XIX; la guerra del Paraguay; los 3000 muertos de la batalla de Belgrano para hacer de Buenos Aires la Capital Federal; los bombardeos de Plaza de Mayo en 1955 y las docenas de miles de los exterminados por el Proceso, son quizás los hitos que condensan dramáticamente esta amarga verdad– en la pugna que enfrenta al bloque oligárquico y sus socios extranjeros –que sólo mutan para adecuarse tecnológicamente y seguir succionando las riquezas del país– y el pueblo argentino. 

Cegándonos con espuma, la argentina tradicional y su ala “popular” –incluida “su” ala “izquierda”, para frivolizar temas y denunciar “el capitalismo” y “el entreguismo” de los gobiernos que perturban la paz de los amos del país– socava el respaldo que un poder popular precisa obtener, para lidiar con enemigos tan poderosas. Impedir la clarificación del sentido de las disputas es un arma eficaz cuando los motivos reales son impresentables, como lo prueban las denuncias sobre el “gas sarín”, para marear a los estadounidenses y justificar el alevoso ataque a Siria.

Es natural que esto ocurra. Como decía Menem, “si contás lo que vas a hacer, nadie te vota”. Para el frente patriótico la situación se plantea justamente a la inversa: la claridad sumará a todos los argentinos afectados por la rapiña del capital extranjero y el parasitismo oligárquico. A nosotros, sólo la conciencia nacional y social nos hará libres.
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