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4 de septiembre de 2013

EL IMPUESTO A LAS GANANCIAS Y LAS DESVENTURAS DEL APLAUDIDOR




*Por Aurelio Argañaraz


El martes 27, por la tarde, la presidente anunció la suba del piso para pagar Ganancias que, hasta los niños lo saben, era un reclamo unánime de todos los sectores del movimiento obrero, desde hace ya demasiado tiempo, si medimos el tiempo en términos políticos. No hace falta ser opositor para saber que la decisión presidencial, que excedió en porcentajes lo reclamado por los gremios, era un reconocimiento de la justicia de la reivindicación, y un reconocimiento tácito del error que supuso no advertirlo antes de la realización de las PASO. Nos alegramos, por supuesto, del valor y la capacidad de rectificar actos que la determinación prueba, mientras rechazamos el argumento de su sentido electoralista. Si esto último fuese así, ¿no cabría esperar lo mismo, en la provincia de Córdoba, donde la poda a los haberes de los jubilados provinciales tampoco aportó votos a la lista del gobernador? Para plantearlo de un modo más general, ¿por qué los gobiernos neoliberales que depredaron al país hasta el final estallido del 2001 no corregían sus medidas antipopulares, en el momento de enfrentar también elecciones? Todos sabemos que no lo hacían y por qué razón: era más importante obedecer al FMI y a sus mandantes globales, que partían de la hipótesis de que un gobierno antinacional puede ser sustituido por otro igual, que prosiga la tarea…mientras el pueblo lo tolere. Y, cabe señalarlo, estaban en lo cierto: sin las grandes movilizaciones del 2001 no hubiese cambiado nada, salvo que tendríamos como moneda el dólar…para la felicidad ignorante y profundamente olvidadiza del cacerolero actual, que se niega a recordar que entonces gritaba su sepultada consigna “piquete y cacerola, la lucha es una sola”, tras advertir (por un instante) que el stablishment no hace una excepción con él cuando saquea al país.
Pero, volvamos al tema. Esa misma mañana del 27 pasado, en “La Mañana de Córdoba, el texto de un típico “aplaudidor serial”, otrora encandilado con los fulgores menemistas y hoy k, hablaba “del retraso de la conciencia de los trabajadores respecto a lo conocido en décadas pasadas”, sin dejar en claro si estaba pensando en la década del 90, durante la cual muchos lo acompañaban junto a Carlitos, o en los lejanos tiempos de Mayo del 69, cuando la intrepidez juvenil lo hacía soñar con un partido obrero de la Izquierda Nacional.
Después de la refutación de Cristina Kirchner –un reconocimiento de que los trabajadores del país tienen conciencia suficiente como para defenderse votando, aunque la carencia de una alternativa que sostenga críticamente al gobierno popular sin silenciar sus límites, los lleve a elegir una mala opción– hay, más allá del caso que puntualmente señalamos, una infinidad de “sabios” que van a guardar “el violín en bolsa”, como dice el refrán, procurando que olvidemos todo lo que dijeron de los sectores “privilegiados” de la clase obrera, a los que llamaban a superar su “egoísmo” para con “los pobres”, mirando para otro lado o silbando al techo cuando la Presidente decía, delante de los empresarios, que era comprensible que esos chupasangres quisieran “levantarla con pala”. Nadie, entre esa legión de “economistas” y “politólogos” –que por vocación o interés aplauden siempre y se cuidan de criticar como si fuese un crimen– le señalaba al rey que estaba desnudo, haciéndole notar el doble rasero. Tenían, en consecuencia, que llegar las PASO, para mostrar que el asalariado no es menos capaz que la tan festejada “burguesía nacional” al defender sus intereses. Intereses que, por otra parte, coinciden y no se oponen al interés general (lo que si ocurre con la voracidad empresarial), como lo demuestran, hoy, todas las reflexiones que se están haciendo acerca de las virtudes que traerá el incremento del ingreso logrado por la medida que comentamos, en tanto mejorará el consumo popular y, por consiguiente, dinamizará la producción, como precisa el país en estos momentos de crisis mundial.
Hay mil ejemplos en el mismo sentido, sobre el descrédito que aportan los “aplaudidores seriales”, unos “amigos” del gobierno popular que nos recuerdan aquello de “Dios me guarde”.
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