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22 de marzo de 2013

PAPAPOLÍTICA

*Por Dante Augusto Palma

Y una vez Zaratustra hizo una señal a sus discípulos y les dijo estas palabras: “ahí hay sacerdotes: y aunque son mis enemigos, ¡pasad a su lado en silencio y con la espada dormida!” 
F. Nietzsche, Así habló Zaratustra


El hecho político de la designación de Jorge Bergoglio como papa ha tenido, naturalmente, consecuencias en una semana que bien podría bautizarse como la de la papapolítica. Si bien será difícil, en medio del terremoto de fichas y cartas que trastornaron el paño, me propongo en estas líneas brindar mi punto de vista y desbrozar el camino para comprender si la entronización del argentino puede ser capaz de modificar los planes, las agendas y los equilibrios de fuerza.

Lo primero que habría que atender son las reacciones inmediatas entre los diferentes actores de la política. Desde el oficialismo, rápida de reflejos, CFK saludó inmediatamente al ahora rebautizado Francisco, a través de una carta y algunas referencias en actos, todas protocolarmente correctas pero ninguna derrochando alegría, por cierto. Sin embargo otros referentes del oficialismo sí se manifestaron con beneplácito y de repente transformaron al que hasta hace una semana era visto como un operador de la oposición, en un “papa peronista” (SIC). Efectivamente, quizás estimulados por su fe y por la conmoción de la designación, muchos reconocidos hombres del oficialismo desfilaron por radios y canales de televisión buscando vasos comunicantes entre la doctrina social de la Iglesia, clave identitaria del peronismo, y este jesuita conservador en lo moral pero más proclive a la causa de los pobres que otras líneas más duras de la jerarquía eclesiástica como la encabezada por Aguer. Esto hizo que quizás, como nunca, se viera el choque al interior del kirchnerismo entre un ala progresista de tradición laica y de izquierda (seisieteochista, cartaabiertista y paginadocesista), y el ala del peronismo más tradicional, con sesgo populista y cristiano. No habrá rupturas ni mucho menos pero seguramente hubo cosquilleos y un inmenso esfuerzo de tolerancia entre ambas partes para no sacar a relucir diferencias atávicas.

Pero la semana papapolítica tuvo un papel destacado de la oposición. En esta línea, algunas fuentes presentes en el Congreso comentaban que la designación llegó justo en medio de una sesión, lo cual no impidió, claro, que una gran mayoría del arco anti-kirchnerista se abrazara con alegría y sollozando. Algo similar ocurrió en la redacción de La Nación, como lo retrata uno de sus editores, Carlos Reymundo Roberts, en una nota que si no se viera de dónde viene, nadie dudaría en juzgarla de sarcástica. A esto le podemos sumar esas descripciones típicamente mediáticas en las que los buenos son muy buenos y los malos son muy malos. En este sentido, no alcanzaba con afirmar algún mérito de Bergoglio sino que había que decir que se levantaba a las 6 AM para comprar el diario, que viajaba en colectivo, que había tenido una novia a los 12 años pero que nunca la había tocado, y que era prácticamente un “papa villero” (SIC).
Las razones por las cuales la oposición festejaba eran múltiples y entre los elementos que conforman el combo se encuentra una fuerte convicción religiosa en algunos casos, vínculos de amistad con el ex arzobispo de Buenos Aires, y esperanza de que la relación ríspida con los Kirchner, haga que Bergoglio se transforme en la figura aglutinadora del disperso atomismo antikirchnerista. 
 
Asimismo, es fácilmente predecible lo que viene: se intentará confrontar la palabra de Bergoglio con la de CFK, en una suerte de disputa entre soberanos con una pequeña diferencia: dirán que a Francisco lo legitima Dios y a la presidenta sólo un 54% de una población cooptada a través del clientelismo político. Asimismo, los católicos opositores encontrarán más cerca que nunca el cumplimiento de aquella fantasía que tanto alteraba al padre de la tolerancia, John Locke: la idea de que los católicos obedecen a un soberano transnacional con una legitimidad especial. En otras palabras, Locke consideraba que no había que ser tolerantes con los católicos porque ellos no eran tolerantes y porque obedecían a un soberano que decía estar por encima del gobierno civil de cada uno de los Estados: el papa. Así, si los opositores vernáculos ya antes llamaban a desobedecer las leyes dejando de pagar, por ejemplo, los impuestos, no será difícil imaginar que sus futuras justificaciones tendrán como eje que el único deber de obediencia es para con el enviado de Dios en la Tierra.

¿Qué pasará finalmente? ¿Llegará la hora del papa peronista que se pone al frente de los movimientos de masa latinoamericanos y le muestra al mundo su pasión por los desposeídos? ¿O llegará entonces el ángel opositor, dialoguista y misericordioso que debe rebautizarse Juan Pablo III para, en analogía con su predecesor, venir a acabar con los procesos populistas que se afianzan en la región? Una última opción, sería, claro, que los problemas económicos del Vaticano y los casos vergonzosamente encubiertos por la Iglesia que incluyen a miles y miles de chicos abusados, lo mantenga alejado de la política de “el fin del mundo”, pero esto último parece difícil. 
 
Sea lo que sea, y seguramente tanto usted como yo tenemos una opinión al respecto, lo que queda es preguntarse qué hacer. Y con esto no me refiero al análisis político, cultural y sociológico que nos invita a reconocer que, nos guste o no, hay un fortísimo componente de fe en las enormes masas que acompañan a los gobiernos de centro izquierda de la región. Pues sucede en Brasil, en Ecuador y en Venezuela tal como se observa en cualquier análisis de los discursos que antes pronunciaba Chávez y ahora enarbola Maduro. Y sucedía bastante menos en Argentina aunque es de esperar que esta designación genere una “primavera” de fe católica que haga retroceder aquellos proyectos que iban en línea de garantizar derechos en detrimento de los principios predicados desde la Iglesia (de hecho, aislar los procesos populares latinoamericanos del efecto aglutinador de la fe, equivaldría a pasar por encima de una variable importante pero eso merece ser asunto de reflexiones más extensas). La pregunta, más bien estaba referida a qué debería hacer la oposición y el oficialismo según la opinión humilde y seguramente equivocada de este escriba. En cuanto a los primeros, les queda, más que nunca, prender un cirio y esperar que dios, si es que existe, o el papa, que seguro que existe, pueda transformarse en un símbolo de unidad frente al oficialismo; una unidad que se presente como desideologizada y que se realice en torno a significantes vacíos como una suerte de gran bolsa que permita que ingresen todos debajo de términos como austeridad, justicia, decencia, igualdad, libertad, etc. En cuanto al oficialismo, no parece una buena estrategia salir a confrontar con el ahora inmaculado Francisco (conocido también como el ex maculado Jorge Bergoglio). En todo caso será parte del juego político negociar con él, por cierto, un muy hábil político, su compromiso en favor del país en lo que concierne a causas sensibles como la del conflicto con los fondos buitre o la soberanía de Malvinas. Finalmente de eso se trata la política también: de transformar las condiciones favorables en muy favorables y las desfavorables en peligros neutralizados.

Publicado el 21/3/13 en Veintitrés

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