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13 de marzo de 2013

CAMPORA: LEALTAD, DEBATE Y MITO

Por Pablo Adrián Vázquez*

El Convencional Constituyente que el 11 de marzo de 1949 juró la Carta Magna Justicialista, casualmente, o casualmente, en la misma fecha, pero casi un cuarto de siglo después, fue la cabeza del triunfo en la elección que marcó el fin de la proscripción del peronismo.

Dentista; Militante conservador; Comisionado en San Andrés de Giles; peronista de la primera hora; Presidente de la Cámara de Diputados de la Nación; Convencional Constituyente; hombre del círculo íntimo de Evita; preso político pos 1955; fugado del penal de Ushuaia con Cooke, Kelly, Jorge Antonio y otros; delegado personal de Perón; Presidente constitucional; exiliado político en México… fue ante nada un hombre leal al General.

Ante la proscripción del líder justicialista por parte de la reforma electoral y cuasi constitucional que hizo el dictador Lanusse, a instancias de los radicales Mor Roig y Vanossi, fue elegido por Perón en 1971, delegado primero y, con posterioridad, candidato a presidente por el FREJULI.

En el juego entre Perón, el PJ, la CGT y los Montoneros - de mutua colaboración y conveniencia – la designación de Cámpora generó sorpresas, pero fueron los últimos quienes mejor aprovecharon la ocasión dando un fuerte respaldo y esperando ocupar lugares privilegiados en el próximo gobierno. El Tío, llamado así por la JP, tuvo el cargo por azar, como pudieron ser nombrados Taiana, Benitez, Licastro, Matera o Cafiero. Sin restarle mérito, pero la coyuntura necesitó de alguien leal y sin dobleces.

En su exposición ante los candidatos del frente Justicialista de Liberación afirmó el porqué del lugar que estaba ocupando: “Voy a llegar al gobierno en virtud de un mandato que ustedes conocen. No lo he buscado no querido, pero lo he recibido modestamente y lo cumpliré, con energía, hasta el final, en envicio de todos los compatriotas.

He recibido ese mandato por una condición personal que, entre otras, ha caracterizado toda mi vida. Algunos la consideran un defecto, otros una virtud, y de las más honrosas en cualquier hombre. Voy a hablarles, en primer término de la lealtad.

Lealtad total, incondicional, a mi patria, lealtad total, incondicional, a mi movimiento. Lealtad total, incondicional, a mis verdaderos amigos. Considero que el más grande de ellos es el general Juan perón y le he sido leal durante el gobierno y desde el llano. A esta lealtad personal se suma la lealtad especial que merece un jefe”.

Aún más evidente fue en el mensaje a la Asamblea Legislativa: “…Durante toda mi vida política no he sido otra cosa más que un modesto soldado de la causa nacional y peronista. Pretendo seguir siéndolo en el futuro, durante el ejercicio del gobierno y después que concluya el mandato para el que he sido convocado y que serviré hasta el límite de mis capacidades”. Y la mención a Perón es explícita: “Esta hora augusta del reencuentro argentino. Esta hora preñada de esperanzas, acaso ingenuas para algunos, pero nunca tan cercanas de convertirse en realidad, es la hora de Perón.

No vacilo en proclamarlo: es la hora de Perón! Y sé que interpreto el sentimiento que anida en los hombres y mujeres de mi Patria. ¡Es la recompensa no buscada pero por nadie más merecida!

La presencia de Allende y Dorticos, la JP en Plaza de Mayo, el devotazo, El Pacto Social, el plan Gelbard, la posición del embajador Vázquez en la ONU, y las palabras de Righi ante la policía, abrigó esperanzas a muchos de una primavera revolucionaria.

Pero la ocupación de edificios públicos, la presión de Montoneros, el accionar del ERP, la ortodoxia sindical mirando de reojo a la JTP, y la sombra de López Rega no auguraron un buen destino.

El retorno definitivo de Perón el 20 de junio de 1973 marcó a sangre y fuego dicha experiencia.

Luego el mito de Cámpora: para algunos fue equiparado a Salvador Allende, con sus 40 días revolucionarios, fallidos por las intrigas de la ortodoxia peronista contra el proyecto de la “juventud maravillosa”; para otros el promotor del marxismo y la disolución de nuestro “ser nacional”, traicionando los valores tradicionales del peronismo.

Su renuncia, el nombramiento como embajador en México y, ante el golpe del ’76 se refugia en la embajada mexicana en Buenos Aires. Afectado de un cáncer se le permitió, por parte de la Dictadura, viajar a México donde falleció a fines de 1980.

Ni ángel ni demonio. Hoy su nombre resuena en la agrupación juvenil emblema del kirchnerismo, encuadre esperanzador de jóvenes militantes y anatema de los personeros reaccionarios de los multimedios. Aún queda mucho por debatir sobre él de cara a este proyecto nacional y popular.


* Politólogo; Docente UNLZ y UCES; Miembro de los Institutos Nacionales, Eva Perón, Juan Manuel de Rosas y Manuel Dorrego
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