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4 de febrero de 2013

ARGENTINA SINDICAL: DESDE EL VANDORISMO A LA SAQUEOCRACIA PASANDO POR EL UBALDINISMO

*Por Raúl Isman

La historia de todos los países atestigua que la clase obrera,
exclusivamente con sus propias fuerzas, sólo está en condiciones de elaborar una conciencia tradeunionista (reformista, aclaración nuestra igual que el subrayado), es decir,
la convicción de que es necesario agruparse en sindicatos, luchar contra los patronos, reclamar del gobierno la promulgación de tales o cuales leyes necesarias para los obreros, etc.
 Lenín. Dirigente Revolucionario Ruso.

Introducción

En el presente (mini) ensayo dejaremos sentada nuestra posición sobre algunas cuestiones generales relacionadas con las organizaciones sindicales y sobre la marcha actual de la relación entre el gobierno nacional y popular con los movimientos gremiales y centrales de trabajadores (así, dicho en plural). Particularmente la sonada ruptura entre el gobierno nacional y el dirigente del sindicato de Camioneros Hugo Moyano. Se trata de polemizar tanto con ideas antiguas, como con algunas nuevas categorías, debate, en nuestra opinión, insoslayable habida cuenta del profundo dogmatismo y posiciones erróneas imperantes en espacios de izquierdas, progresistas, nacionales y populares acerca de cuestiones gremiales. El epígrafe debido a la pluma de Lenín marca los límites- en nuestra opinión- infranqueables de toda acción sindical. Se trata de organizaciones cuya finalidad esencial es vender adecuadamente (para los laburantes) la fuerza de trabajo. El precio de la citada fuerza de trabajo no es otro que el salario, aunque tampoco de modo exclusivo (ya que la materia de negociación incluye también comodidades en el ámbito laboral, beneficios en salud, educativos de esparcimiento entre otros). Y en tal tarea su efectividad reside, ni más ni menos, que en su capacidad de mediación. Deben velar por ingresos aceptables para sus representados, y, a la vez, bregar para que el conflicto social no se desmadre en exceso, ya que de tamañas desestabilizaciones suele sacar mucho más provecho la derecha globalizada que los trabajadores. De allí la orfandad política y de masas de las agrupaciones sindicales trotskistas; cuya apuesta central es más por agudizar las situaciones de crisis que por lograr reivindicaciones para los sindicalizados. Dicho esto sin negar lo abnegado de la militancia de dichas fuerzas. Pero no puede negarse que lo propio de toda actividad reivindicativa es la negociación. Y si se producen movilizaciones, la finalidad de estas es fortalecer, desde posiciones de fuerza, la capacidad negociadora y no conducir a los trabajadores a situaciones de todo o nada.

Sindicalismo, revolución
y burocracia

Un mito urbano argentino- y en otras latitudes- es la (dogmática) creencia en una dimensión revolucionaria anticapitalista de la acción sindical que, en rigor, corresponde casi en exclusividad a los albores de la sociedad burguesa. En aquellos lejanos tiempos los márgenes proporcionados por el (todavía) escaso desarrollo de las fuerzas productivas y el predominio de formas de exacción a los trabajadores aún embrionarias (plusvalía absoluta, Marx dixit) no permitía el desarrollo de concesiones laborales y consiguientemente posibilitaba la existencia de un gremialismo “maximalista”, que jugaba en cada conflicto el destino de la revolución y de la humanidad toda. En los países centrales, el tránsito de la centuria decimonónica a la vigésima (en Inglaterra comenzó poco antes) permitió- con la maximización de las ganancias atribuible a la generalización de la plusvalía relativa añadida a la exacción imperialista- volcar parte de los recursos así generados hacia los trabajadores a fin de “contentar” a la clase obrera. Desde entonces, la finalidad fundamental de los sindicatos fue reformista, tradeunionista (en palabras de Lenín) y halló su apogeo durante la etapa denominada la edad de oro por el célebre historiador británico Eric Hobsbawm (desde la segunda posguerra hasta la crisis de la década del ’70).

En países periféricos como la Argentina, los lejanos inicios de las organizaciones sindicales muestran el predominio de anarquistas y sindicalistas revolucionarios. Pero bastó una insinuación de negociación con la llegada al gobierno de la Unión Cívica Radical en 1916 para que se plegasen a ella varias organizaciones y dirigentes. Y cuando la crisis de 1930 motorizó el tránsito de la Argentina pastoril a un mediano desarrollo manufacturero los sindicatos asumieron mayoritariamente su (definitivo) rostro reformista y conciliador. ¿Acaso no fue el General Juan Domingo Perón quién mejor leyó las transformaciones producidas en la Argentina en la economía, la política, la cultura y la sociedad denominando a su modelo “revolución en paz”? Tal modelo requirió desde el comienzo una apoyatura sindical, que no era más que la forma institucional de la masiva adhesión de la clase obrera al peronismo primigenio. Luego, a lo largo de diversas coyunturas históricas aparecieron algunas variantes radicalizadas (combativos a fines de los ‘50 y comienzos de la década del ’60, C.G.T. de los Argentinos hacia fines de la citada década, sindicatos clasistas casi al mismo tiempo, coordinadoras obreras en las huelgas de 1975 y otras); pero si algo tienen en común tales experiencias es su marcado carácter insular y muy escasa perdurabilidad a lo largo del tiempo, pese a algunos importantes aportes programáticos y el abnegado testimonio militante de las luchas desplegadas.

Asimismo un casi clásico equívoco argentino corresponde al (mal) uso del término burocracia. En efecto, según el sociólogo teutón Max Weber se trata de la capa encargada de realizar el trabajo administrativo en todas las sociedades. En los modernos conglomerados humanos dicho sector implica un carácter necesario, imprescindible y debe contar con formación profesional ad-hoc. En cambio en la Argentina se denomina burocracia (sindical) a la mayoría de los dirigentes que gestionan sindicatos. Por lo tanto, en la versión mítico-romántica; según la cual los sindicatos deben ser sujetos revolucionarios, se trata de una mafia encargada de violar la voluntad de los trabajadores. Esto último puede decirse que es parcialmente cierto en algunos casos. Pero no menos cierto es que la mayoría de los dirigentes sindicales halla su legitimidad en las reivindicaciones conseguidas para sus representados. Eduardo Anguita y Martín Caparros refieren, en su monumental obra “ La voluntad” dedicada a recuperar la memoria de la insurgente juventud de la década de los ’70, la perplejidad de activistas revolucionarios frente al hecho que los obreros del astillero Astarsa prefirieran votar por la “burocracia”, antes que a la lista a la que apoyaban para recuperar para los trabajadores la organización gremial. Es sólo un ejemplo de los muchos en los cuales los trabajadores se negaban a una “recuperación” que no sentían en rigor como propia. Dicho lo cual no implica negar la utilización por parte de ciertas dirigencias sindicales de métodos patoteriles y fraudulentos; más ciertos ordenamientos jurídicos propios de un modelo sindical (perfeccionado por el peronismo originario) caracterizado por una sola central sindical, una sola organización por rama de producción y en ella, la lista ganadora de la primer minoría se queda con todos los cargos. Por cierto que este (democratizador) debate es urgente de transitar, a los efectos de reconstruir una legislación sindical acorde a los avances del pueblo argentino en ampliación de sus libertades, a casi tres décadas de recuperación de la voluntad popular.
Prosiguiendo con una aplicación de las nociones weberianas para las organizaciones sindicales, se trata de comprender que son organismos de masas en los que la burocracia son el conjunto de personas encargadas de gestionar la actividad administrativa (cualquier sindicato cuenta con un ejército de empleados oficinescos que llevan adelante los papeles imprescindibles para la gestión) y que las muy contadas ocasiones en que los afiliados pudieren participar en una asamblea para decidir en forma directa, estas deben realizarse en sitios como estadios de futbol. Por añadidura las decisiones tomadas suelen no ser mucho más democráticas que las resueltas exclusivamente por comisiones directivas. Pongamos como ejemplo ciertas asambleas vitales para el rumbo privatizador de los ‘90 que no se caracterizaron ni por la transparencia ni por el respeto por la voluntad de los afiliados.

Vandorismo y Ubaldinismo

Tras un cierto período temporal en el que el movimiento sindical contó con protección estatal (aproximadamente entre 1943 y 1955, fase que comprende al protoperonismo, como a los dos primeros gobiernos del General Perón), los sindicatos peronistas pasaron a la resistencia. Doble resistencia por cierto. La revolución libertadora (1955-1958 y corresponde llamarla fusiladora, en rigor) en un mismo movimiento pretendía desaparecer- de ahí la proscripción- al peronismo y a su brazo sindical, “columna vertebral” del movimiento en la mitología peronista. Por un lado. Y por el otro se pretendía aplicar un fuerte ajuste hacia abajo en el poder adquisitivo de los trabajadores. La resistencia fue entonces contra los dos objetivos de los golpistas (y de gobiernos posteriores) y resulta indudable la eficacia de la misma; ya que no fue posible ni reducir drásticamente el salario real, ni desparecer al peronismo y menos a su brazo sindical.
Tal fue el contexto en que emergió el liderazgo de Augusto Timoteo “el lobo” Vandor desde la Unión Obrera Metalúrgica (U.O.M., el sindicato más importante dada la centralidad de dicha actividad en la economía industrial argentina) y en el conjunto del movimiento sindical. Su estilo consistió en colocarse en una situación de mediación muy peculiar entre trabajadores, por un lado. Y por el otro, empresarios, gobernantes y militares, (estos últimos factor de poder insoslayable, estuvieren o no en el gobierno). 

Movilizaba a los trabajadores por reivindicaciones laborales y desde tal sitial interpelaba a los citados factores de poder urgiendo la satisfacción de las demandas. En el marco de la agudeza de la guerra fría, los militares tendían a verlo- más allá de los delirios característicos de muchos de ellos que asimilaban peronismo con comunismo- como un “mal necesario” que funcionaba como valla frente al supuesto o real avance izquierdista. Por aquellos tiempos, las izquierdas se hallaban más prestigiadas por lo que ocurría fuera de nuestras fronteras que por sus prácticas en la Argentina, donde- fieles a su historia reciente- distaban mucho de conectar tanto con el sentimiento de las masas como con la propia realidad. En el alba de los ‘60, la U.R.S.S. contaba con el prestigio de haber resultado un puntal en la lucha contra el nazismo en la que veinte millones de ciudadanos soviéticos fallecieron por causa de la barbarie hitlerista, la revolución china tenía poco más de una década y muy recientemente la revolución cubana mostraba nuevas opciones y métodos para la transformación social. El “lobo” Vandor podía resultar así tranquilizador y eficaz mecanismo de contención contra (muy improbables) avances izquierdistas a los ojos de los uniformados, que padecían alucinaciones, más inspiradas en parodias cinematográficas (Doctor insólito) que en peligros reales. Infaltables asesores norteamericanos atizaban la formación de cenáculos anticomunistas entre los oficiales. También para gobernantes civiles y empresarios el metalúrgico garantizaba la dosis de previsibilidad necesaria que conducía al logro de las reivindicaciones gremiales, lo cual lo legitimaba de cara a los trabajadores. De allí que lograse demoler al sindicalismo prohijado desde el estado antiperonista (los 32 gremios democráticos, versión gremial del gorilismo) y eclipsase con relativa facilidad a la oposición de izquierda (peronista) nucleada en los llamados combativos. Las incursiones del vandorismo por las acciones ilegales- que no son tema de nuestros garabatos- han merecido diversos análisis por parte de cientistas sociales como de periodistas, como Rodolfo Walsh, quién en tiempos muy tempranos publicó su célebre texto- ejemplar como todos los que produjo- acerca del asesinato de Rosendo García. Los días del lobo terminaron de modo violento y oscuro bajo las balas de una organización guerrillera, pero, como se verá, su modo de ejercer la conducción sindical lo sobrevivió a más de cuatro décadas de su final. Fue durante la dictadura presidida por el General Juan Carlos Onganía; a la cual nuestro sindicalista apoyó, nada menos que concurriendo a su jura en la casa de gobierno. En el siguiente apartado proseguiremos el análisis del derrotero político del vandorismo. Pero ahora es momento de definir los modos de acción del ubaldinismo, del cual resulta una peculiar forma de continuación.

Saúl Edolver Ubaldini apareció sensiblemente en el panorama sindical argentino con el tiempo del desgaste de la genocida dictadura de la etapa 1976-1983. A diferencia de Vandor, su figuración nacional no se basaba en el peso de su propia organización sindical- un pequeño sindicato de empleados administrativos en la industria cervecera- si no en su vínculo directo con los trabajadores originado en las movilizaciones de los últimos tiempos de la dictadura y el apoyo (solapado y escondido) de los grandes organismos gremiales. 

Retornada la democracia encabezó nada menos que trece paros generales contra el gobierno radical presidido por el doctor Raúl Alfonsín, tiempos en los cuales desplegó su estilo peculiar que trataremos de sintetizar. El modo de acción ubaldinista se caracterizó por dos ejes decisivos que le dieron una impronta característica:
a) Interpelaba al titular del poder ejecutivo nacional y nunca al empresariado. Nunca está de más recordar la recordar la existencia de un poder económico a menudo invisibilizado, causa verdadera, fundamental y última de los infortunios populares. La prédica de Ubaldini nada hizo para volver perceptible a los ojos de los trabajadores a aquellos núcleos dominantes. Por otra parte, en las plantas industriales la transición a la democracia había resultado imperceptible y el despotismo patronal se encontraba casi como en 1976. Nada de ellos era motivo de preocupación o reclamo por parte de la C.G.T. o su secretario general. Vinculado a todo esto se encuentra la segunda característica que es
b) Desentender la acción sindical de las consecuencias políticas que pudiere acarrear. La dinámica de paros generales impulsada por Ubaldini desgastó al presidente radical y favoreció, en los hechos, la llegada al gobierno de Carlos Saúl Menem... lo cual en términos de beneficios para los trabajadores resultó mucho peor que la neutralidad de una suma cero. El ciclo menemista significó la continuidad y profundización de lo ocurrido durante los años de la dictadura; es decir la pérdida de conquistas históricas para los sujetos subalternos, la liquidación de porciones sustanciales del patrimonio nacional más una severa pérdida de la capacidad estatal para influir en cuestiones económicas, entre otras cuestiones perjudiciales para el pueblo y toda nuestra nación.

Sindicalismo, proyecto nacional
y divisiones sindicales.

En la Argentina, como en todos los países periféricos, la cuestión nacional no anula el conflicto social, pero lo precede. Tal es la raíz histórica de un movimiento nacional y popular (llamado despectivamente populista por usinas ideológicas del imperialismo y sectores liberales) como el peronismo. El modo en que se plasma la articulación social que sostiene a tales movimientos es una (muy inestable) alianza entre los trabajadores orgánicamente representados y los empresarios nacionales; denominada frente nacional y que incluye segmentos significativos de las clases medias. Casi siempre el máximo dirigente es un líder carismático, cuya función es sintetizar en sí mismo la complejidad de la construcción referida líneas arriba. Y una cuestión insoslayable es la diferencia entre representatividad política y representatividad social. Muchos dirigentes gremiales vieron naufragar apetencias políticas y su propio rol social por no poder comprender lo recién afirmado. Volveremos acerca de esta cuestión decisiva más adelante.

De lo dicho precedentemente surge nítida la significación social y política del secretario general de la C.G.T. y dirigente de los camioneros Hugo Moyano. Con un liderazgo conformado alrededor de su resistencia al neoliberalismo en los ’90, sin embargo se favoreció por ciertas características de la década nefasta tales como la liquidación de los ferrocarriles estatales (remplazados por camiones para el trasporte de cargas), la desindustrialización y el consiguiente retroceso cuantitativo y cualitativo de sindicatos basados en la actividad manufacturera. De allí que resaltasen fuertemente los afiliados camioneros- que mantuvieron en los peores momentos sus principales conquistas y aún las acrecentaron- con la mayor parte de los trabajadores, que vieron como se iban uno a uno sus beneficios para quedarse, como decía Atahualpa Yupanqui, sólo con las penas. Moyano confrontó con la continuidad neoliberal desarrollada por Fernando De La Rua y supo tejer una alianza con Néstor Kirchner, mientras el pingüino estuvo en la presidencia. Durante los dos primeros períodos kirchneristas el camionero desplegó las artes del “mejor vandorismo”; por cierto sin el contexto general de la guerra fría. Contuvo las demandas laborales dentro de límites que no favorecieren desbordes inflacionarios; a la vez que la mayoría de los trabajadores en blanco veían año a años mejorar en términos reales sus salarios. Amplió el universo de los afiliados a su sindicato a costa de otros, por ejemplo, empleados de comercio. Lo cual resultó enormemente beneficioso para los trabajadores que ganaron en poder adquisitivo y beneficios sociales. No puede omitirse el correcto alineamiento de Moyano junto al kirchnerismo, durante los cruciales días del conflicto contra la gauchocracia golpista en el año 2008. Demostró así que su vandorismo no lo acercaba al ubaldinismo (en los términos que lo hemos definido líneas arriba, desentenderse de las consecuencia políticas que pudiere ocasionar la acción sindical); ya que resultaba nítidamente claro que un triunfo en toda la línea de la oligarquía se hubiere llevado puestas el conjunto de las conquistas laborales. En sus virtudes y no en sus defectos es preciso buscar las causas de las campañas mediáticas en su contra. Prácticas ilegales son comunes en todos los sindicalistas. A Moyano se lo vituperaba no por actuar fuera de la ley, sino por el nivel de conquistas de sus afiliados y su por entonces acertada opción política. El todavía secretario general de una de las C.G.T. no es más “mafioso” que otros dirigentes que no suelen recibir las “caricias” mediáticas del orden conservador. De todos modos es criticable al moyanismo el hecho de desentenderse de los trabajadores precarizados, en negro y varios segmentos sociales más que no integran tradicionalmente el universo de laburantes agremiables por la C.G.T.
Precisamente lo dicho líneas arriba fue la hendija por la cual se introdujo la Central de Trabajadores Argentinos (C.T.A.) en los comienzos de la década de los ’90. Enfrentó y confrontó con el neoliberalismo, interpeló a los sujetos laborales invisibilizados para la C.G.T (precarios, en negro, cuentapropistas, desocupados, entre otros) e incorporó la problemática de los derechos humanos, omisión “sorprendente” en el conglomerado sindical con sede en la calle Azopardo, dada la dolorosa historia argentina. Pero jamás pudo penetrar profundamente entre gremios industriales agrupando, en lo central, a docentes y trabajadores estatales. No puede omitirse una significativa paradoja: ambas centrales sindicales estuvieran “borradas” al estallar el modelo neoliberal en la gran pueblada del 19 y 20 de diciembre de 2001.

La aparición del Kirchnerismo impactó sin dudas en el conjunto del sindicalismo y ahondó las divisiones preexistentes aportando algunas novedosas. Del mismo modo que un sociólogo refería sentirse sorprendido porqué un gobierno realizaba sus ideas largamente soñadas, lo propio debía decir un sindicalista que defendiera una mejoría del nivel de vida para sus bases. Por cierto que no es forzoso ser k; pero si reconocer por vía práctica que el contexto generado por la ya casi década virtuosa iniciada en 2003 favorece indiscutiblemente a los trabajadores y toda oposición que pretendiere no ser perjudicial para los sectores subalternos debe partir de constatar y mantener lo ya logrado para, desde allí, construir más. De lo contrario, la confrontación cerril conduce a favorecer y alinearse con fuerzas económicas, políticas y culturales enemigas históricas de nuestro pueblo y favorables a la dominación imperialista.

Pero semejante afirmación choca con la historia de ciertos dirigentes gremiales que anclan su predominio en el empobrecimiento contumaz de sus propios afiliados. El Secretario General del Sindicato de Gastronómicos, Luis Barrionuevo, confeso corrupto que acompañó con más complicidad que entusiasmo las reformas neoliberales es un ejemplo. Pero tal vez el auténtico paradigma de un curioso sindicalismo anti-trabajadores sea el máximo kapanga de la Unión Argentina de Trabajadores Rurales (U.A.T.R.E), Gerónimo “Momo” Venegas. Se trata de una organización gremial cómplice con el hecho que aproximadamente dos terceras partes de los trabajadores agrarios laboren “en negro”. Es decir, sin aportes para obras sociales, ni para sindicatos, ni para jubilación. No es casual que hayan sido los dirigentes más críticos con el kirchnerismo y que hubieren producido una ruptura en la C.G.T. durante el conflicto contra las patronales agrarias, alineándose en perspectiva tan anti-popular. La nueva C.G.T. azul y blanca nunca pasó de ser un sello fantasmal blandido por Barrionuevo, aunque algunos sindicatos de escasa significación lo acompañan. Por el contrario y demostrando un oportuno y colorido don de ubicuidad la mayor parte de los dirigentes cegetistas- que se embanderaron con algo más que entusiasmo en el latrocinio neoliberal- al llegar a la presidencia Néstor Kirchner se adaptó al cambio de época con vistosa y elegante petrofacialidad, aceitada por recursos brindados desde el Poder Ejecutivo. La C.T.A. comenzó a desgarrarse a comienzos del Kirchnerismo entre un sector afín al proyecto nacional y popular (conducido por Hugo Yaski) y otro profundamente refractario (lidarado por los estatales Víctor De Genaro y Pablo Micheli). Este último partía de un hecho cierto y objetivo: el incumplimiento de la promesa del reconocimiento formal y legal de la central. Pero a partir de allí desarrollaba una oposición frontal que desde una perspectiva “ultraizquierdista” lo condujo a alianzas con fuerzas opuestas a sus declamados objetivos. Hubo un tiempo en que inclusive se especuló con una posible reunificación entre la C.G.T. y la franja conducida por Hugo Yaski. Tales elucubraciones naufragaron… por la acción desplegada por Cristina Fernández de Kirchner.

En las elecciones presidenciales de octubre del 2011 el pueblo plebiscitó un rumbo político y económico con un porcentaje y una ventaja sobre sus perseguidores verdaderamente inusuales. No hay dudas de las dotes de estadista y conductora estratégica de la presidente. Pero nos parece que existe asimetría entre las virtudes recién referidas y sus opciones en términos de construcción política. En un acto masivo cuando Néstor Kirchner aún vivía ya se habían dejado sentir chisporroteos entre Cristina y Moyano, que se agudizaron en ocasión de construirse las listas para los demás cargos. El camionero fue uno de los heridos por el rayo de Júpiter del dedo presidencial, que le deparó una magra cosecha de legisladores bastante inferior a sus pretensiones. Mientras el secretario general de la C.G.T. mantenía algunas reivindicaciones “molestas” para el ejecutivo como un aumento en el piso de impuesto a los ingresos salariales y la generalización de las asignaciones familiares. La mejoría salarial hace que muchos trabajadores se hallan alcanzados por la referida gabela, pensada originalmente para grabar a cuadros gerenciales. Y desde cierto piso salarial no se cobran asignaciones familiares. Reclamos justos por parte de la central sindical, que podrían haber sido denegados argumentando las dificultades fiscales agudizadas por la crisis mundial. Otra alternativa pudiere haber sido intentar construir fuerza social para aumentar impuestos sobre los sectores poderosos, de modo de solventar el esfuerzo estatal necesario para satisfacer los reclamos cegetistas. Es preciso recordar como en el año 2008 el país se vio sacudido por la rebelión oligárquica contra la pretensión de cobrarles retenciones. Nadie puede resultar serio si exige mayores erogaciones al estado y a la vez no aporta para construir fortaleza política que permitiere allegar los recursos necesarios. La presidente- que ha dado respuesta parcial al reclamo a fines de enero de 2013) no intentó realizar una imprescindible reforma impositiva y, contrariando la tradición peronista, ni siquiera recibió a Moyano, aunque fuera para denegar sus reclamos.

En rigor, el liderazgo del camionero presenta, objetivamente considerado, dos inconvenientes palpables. Ellos son:
a) El sindicato de camioneros es un gremio de los servicios. Su centralidad es una rémora de los ’90, época de retroceso industrial. Desde que la C.G.T. se asumió como peronista, casi siempre la secretaria general correspondía a una entidad gremial manufacturera.
b) Moyano parece sintetizar más a los sindicatos de elevados ingresos que a todos los trabajadores. Faltó en el tiempo que conducía a una central (casi) unificada una acción decidida en favor de franjas laborales con ingresos profundamente deprimidos integrantes de su propia C.G.T.. Por no hablar del universo de laburantes precarios, en negro y otros que ni siquiera se hallan sindicalizados.
Lo dicho, con ser estrictamente cierto, no autoriza ni mínimamente lo que a nuestro juicio es un serio error de Cristina: la expulsión de Hugo Moyano del espacio nacional y popular. Las prácticas non sanctas del camionero no pueden ser pretexto. En la C.G.T. más proclive al gobierno nacional- llamada Balcarce por los plumíferos de la prensa canalla por ser la calle donde se emplaza la sede del ejecutivo nacional - nadie se parece ni lejanamente a la Madre Teresa de Calcuta, a frutillitas, al pequeño poni o a los ositos cariñosos.

Representación social y representación política:
Vandorismo y Ubaldinismo en el siglo XXI

Hugo Moyano es un dirigente sindical apasionado, visceral, temperamental; pero en nuestra opinión inteligente y racional. Virtudes que dejó de lado al percibir la tarjeta roja blandida por Cristina, que lo transformó en toro de lidia enceguecido. Perdió de vista dos cuestiones que han sido motivo de nuestro análisis en líneas precedentes. No es lo mismo (cualitativamente) la representación social que la política. En la propia historia del peronismo sobran antecedentes de dirigentes sindicales que se tiraron a la pileta de la lucha política… y se estrellaron con la ausencia de agua. Para ser sintéticos, el primero fue uno de los constructores del hecho fundacional del justicialismo, la manifestación proletaria del 17 de octubre de 1945, Cipriano Reyes. Poco después pretendió resistir una directiva de Perón y por ello pasó el resto de su larga vida sometido al ostracismo político. Cipriano ostentaba popularidad en cuanto dirigente gremial, pero la conducción política le correspondía a Perón y este no le resignaba a nadie el sitial de “primer trabajador”.
En los ’60 y con Perón en el exilio, Vandor quiso heredar para su provecho personal al movimiento peronista. Juguemos con el Lobo, mientras Perón no está, se podría haber cantado parafraseando la ronda infantil. El exiliado líder aplastó el intento del metalúrgico, pero nada hizo para obstaculizar su conducción sindical hasta la violenta muerte del gremialista. Quedó así muy bien delimitada la cancha: quién ejercía la conducción política y quién el liderazgo gremial. De hecho, la colaboración demostrada por Vandor con el dictador Juan Carlos Onganía- a cuya jura asistió en casa de gobierno- no puede dejar de señalarse que contó con conexiones con el exiliado en Madrid, que en los primeros tiempos de la “Revolución Argentina” realizó un par de declaraciones con expectativas para con el nuevo presidente.

Finalmente un cuarto de siglo después Saúl Edolver Ubaldini fue herido por el modo despiadado con que Menem durante su primer mandato le fraccionó la C.G.T. perdiendo el cervecero la mayor parte de los sindicatos; además de los más significativos desde el punto de vista industrial y numérico en afiliados. La maniobra era una precondición para el rumbo neoliberal que el riojano comenzaba a transitar: la pérdida de conquistas laborales y la liquidación por debajo de precio de remate del patrimonio nacional eran irrealizables sin complicidad sindical. Ubaldini en las primeras legislativas posteriores al triunfo del farandulesco presidente encabezó una lista que pretendió agrupar al peronismo que caracterizaba (ingenuamente) a Menem como liberal antiperonista. Pero su escuálido 1% frente a los casi 50 puntos del justicialismo oficial demostró de que lado quedaba el (por entonces) vero peronismo y refrendó la ley de la política que aquí tratamos de ilustrar: la diferencia cualitativa entre la representación social y la política. Luego Ubaldini vegetó un cierto tiempo en la política nacional como diputado nacional brindando al Duhaldismo una cara presentable con pasado de lucha. Otro histórico del sindicalismo y la resistencia, Andrés Framini, adornó con su nombre y prestigio de luchador las listas del macrocéfalo de Lomas de Zamora. El extravío de la brújula política lleva a honestos luchadores a convertirse en mascarones de popa para proyectos profundamente perjudiciales para los sectores populares.

Sólo Evo Morales en Bolivia pudo dar el enorme salto en calidad de pasar de líder social a presidente en un proceso de transformaciones inéditas, que lleva más de una década de construcción y más de un lustro de hegemonía política muy difícil de derrotar. Ni siquiera el brasileño Lula da Silva puede ser tomado como ejemplo, ya que su trayectoria como dirigente sindical fue muy corta y exigua. En rigor el P.T. más que un partido obrero y de izquierdas es la expresión de una muy curiosa coalición conformada por los sectores más pobres del país, la clase obrera industrial y las fracciones de la burguesía más lúcidas; estas últimas muy conscientes del raquitismo de las fuerzas políticas afines a su condición de clase, tanto en proyecto como en dimensión nacional. La formación política fundada por Lula es prácticamente el único aparato electoral con alcances en todo el vasto territorio brasileño. Concluyamos estas consideraciones con una constatación que nada casualmente es omitida y escamoteada por el pedorreo mediático derechoso: la inmensa mayoría de los afiliados al sindicato de camioneros “banca” sindicalmente a Moyano, pero políticamente vota por Cristina. Los trabajadores conocen a la perfección que propuesta política los favorece y cual los perjudica ostensiblemente.

El otro aspecto que la “ceguera” de Moyano omitió fue el hecho que todo dirigente sindical- por el contrario de Ubaldini en su etapa de “esplendor”- debe analizar las consecuencias políticas de su accionar. De modo que la pregunta no es si debe hacérsele o no una huelga al gobierno presidido por Cristina. La cuestión es si desgastar al ejecutivo favorece a los trabajadores o a sus enemigos históricos. Anticipamos nuestra respuesta favorable a la segunda opción y en el siguiente apartado desarrollaremos los correspondientes argumentos.

2001. 19 y 20 de diciembre. 2012
Segundas partes no es que no fueron buenas,
resultaron casi grotescas

Repitamos una consideración anterior: la expulsión de Moyano- en nuestra opinión- fue un error de Cristina. Pero producida la situación el despeñadero transitado por el camionero fue su propia responsabilidad, acicateado por el quite de recursos (y favores políticos) propiciado desde el ejecutivo nacional. Por otra parte en la interna peronista, la madre de todas las batallas, pasó a jugar de modo protagónico en el bando de lo más retrógrado del justicialismo. En lo sindical, selló una alianza con impresentables, como los citados Barrionuevo y Venegas, y desde allí cargó… contra la pobreza. Es innegable que subsisten bolsones de pobreza indignantes, dentro de un contexto general de amplia mejoría para los sectores postergados. Y hay una cuestión mucho más sutil y compleja además. Las franjas sociales que hemos mejorado nuestra condición económica y material en la década kirchnerista, luego demandamos nuevas mejorías y hasta puede ser percibida una situación de no pobreza (cuantitativamente considerada) como si lo fuera. Quién accedió a un “piso” de derechos y beneficios lo percibe como algo natural y demanda ampliarlos constantemente. Pero aliarse con Barionuevo y Venegas es hacer coalición con quienes son parte consustancial del problema y jamás pueden hacer aporte alguno a la solución. Moyano representa a los trabajadores camioneros frente a las patronales y empresarios del sector conocen su consecuencia en la defensa de sus representados. Y hasta se halla en disputa la representación del conjunto de los asalariados; ya que existen dos C.G.T.. Pero Venegas es un personero directo de la oligarquía terrateniente contra los trabajadores rurales y embiste contra el gobierno que ha generalizado las jubilaciones para aquellos laburantes que no pudieron realizar sus aportes. Entre ellos, peones rurales que han dejado su vida expoliados de sol a sol… y en negro. Coaligarse con tales elementos para combatir la pobreza equivale a defender la integridad corporal de los niños con estandartes como el padre Grassi (o cuanto sacerdote pedófilo pululare por el mundo), el occiso Michael Jackson y el bambino Veira. Así Moyano dispuso un paro general… desde los estudios de T.N. (grupo Clarín). Se trata de una empresa que incumple los derechos constitucionales correspondientes a los trabajadores de organizarse sindicalmente. El camionero “omitió” en la ocasión hacerse eco de esa larga lucha de los empleados de Clarín por sus derechos gremiales. Por otra parte, no puede ignorar que se trata de un grupo empresario que apoyó a la dictadura a cambio de suculentos y sangrientos negocios, lucró con el Menemismo y lavó sus deudas durante la presidencia de Duhalde “volcándolas” sobre un pueblo entonces hambreado. El cuadro de sus nuevos aliados mediáticos lo configuraban los medios de la derecha que siempre lo defenestraban y pasaron a analizarlo como si fuera “rubio y de ojos azules”. Olvidaba así las enseñanzas del propio Perón quién siempre decía: “yo todos los días leo La Nación (diario que expresa orgánicamente a la oligarquía terrateniente y al gran capital, aclaración nuestra) y me paro inmediatamente en la vereda de enfrente”. No se puede favorecer al pueblo aliándose con sus enemigos históricos, quería decir con las palabras citadas el general- nada casualmente- profundamente admirado por Hugo Rafael Chávez Frías.

Así el 19 de noviembre se hizo el primer paro general contra el gobierno de Cristina. Secundaba a Moyano Pablo Micheli, secretario general del otro gajo en que quedó dividida la C.T.A. El mencionado dirigente no parece extraer enseñanza alguna de las fuerzas que se caracterizaron por un antikirchnerismo bobo, como por ejemplo el Partido Obrero. En el año 2005, desesperados por diferenciarse por izquierda del ejecutivo nacional, concurrieron a una marcha de las impulsadas por el falso ingeniero Blumberg bajo la consigna que “200.000 personas no pueden estar con la derecha”. El profesional trucho de marras dijo en la ocasión “los derechos humanos no son para ustedes, son para los delincuentes” recibiendo una atronadora ovación de sus seguidores. Tal vez allí los ingenuos militantes troskosaúricos pudieron por un momento meditadar sobre la posibilidad que la derecha movilice masas con inocultable entusiasmo y velas blancas; pero fieles a una práctica de casi medio siglo, no realizaron autocrítica alguna por tan grotesca intervención. ¿Será casualidad que es tan frecuente encontrar en los periódicos de los partidos de izquierda troska los mismos contenidos que rebuznan los economistas neoliberales y profecías nunca cumplidas (crisis y dispersión del kircherismo)?. Vilma Ripoll y su (raquítica) fuerza, Pinedo Solanas y sus (muy escasos) seguidores, Humberto Tumini y sus liebres del sur o el narcosocialismo binnerista son diversos ejemplos del abismo político al que conduce el antikirchnerismo irracional, que de tan bobo se vuelve cómplice de la reacción.
En cuanto a Micheli, se trata de un dirigente tan desflecado en representación social (varias seccionales de su sindicato, la Asociación Trabajadores del Estado, A.T.E., lo han desautorizado en su accionar y la C.T.E.R.A. el otro gremio fuerte de la central pasó a la fracción opuesta) como ridículo en su aspecto. Su estilista capilar (¿responderá a alguna tendencia sindical opuesta?) lo presenta con un alisado en sus otrora rubios rizos, opuesto por completo con la estética y un teñido de tonalidades cópricas que le resta seriedad y credibilidad. Tal vez por ello no se destacó lo suficiente una declaración suya prometiendo una guerra nuclear contra el gobierno nacional, si no se daba satisfacción a las demandas de los huelguistas. Tampoco se lució cuando quiso subestimar e ironizar acerca de ciertas acusaciones del gobierno hacia los movilizados en los dos cacerolazos “espontáneos” organizados por fracciones medias y altas enroladas con el neoliberalismo y la reacción. Desestimó Micheli que fueran “destituyentes”, cuando en realidad el adjetivo popularizado por los intelectuales de Carta Abierta es insuficiente para retratar y sintetizar el racismo, la condición golpista, la intolerancia, la exaltación vocinglera hacia el femicidio, la violencia verbal y física sufrida por diversos periodistas (inclusive el autor de esta nota) junto con el culto a la muerte exhibidos por los sonoros vociferantes anti-k.

La curiosa huelga tuvo más repercusión en los massmedia de la derecha que en las plantas industriales. No se registró disminución de la demanda de energía durante toda la jornada, debido a que la actividad manufacturera no se detuvo. Su principal fuente de efectividad fueron los bloqueos (piquetes) en rutas, caminos y accesos; por lo cual el universo de huelguistas se concentró en los trabajadores administrativos de clase media. La medida de fuerza culminó con una cierta movilización en la que los sindicatos convocantes contaron con la siempre gentil colaboración de ciertos agrupamientos de izquierdas y militantes PRO en extraña alianza contra natura. Por lo demás, la ciudad de Buenos Aires pareció transitar más un bucólico feriado que una épica jornada de lucha proletaria.

Si bien los dirigentes se mostraron envalentonados por los resultados de la huelga general, el magro resultado de la misma no les permitió repetirla, convocando a una concentración sin cese de actividades en el mes final del año. Pero lo sucedido el 19 y 20 de diciembre- en nuestra opinión- retrata claramente que el conjunto de dirigentes sindicales mencionados se halla comprometido- más que en cuestiones reivindicativas- en un intento de desestabilizar al gobierno nacional, habida cuenta que por mecanismos convencionales resulta imposible vencer al proyecto popular conducido por Cristina.

La maniobra contemplaba una grosera deformación: equiparar la concentración convocada para el 19 de diciembre con la jornada acaecida once años antes que puso fin al predominio neoliberal en la Argentina. La escuálida concurrencia puso de manifiesto la pérdida de fortaleza, no sólo política de los convocantes. También evidenció la merma en la representatividad social de los organizadores mencionados. Ni siquiera la prensa furibundamente enemiga del proyecto nacional y popular pudo disimular los hechos incontrastables que mencionamos. Tal vez todo ello influyó para que el día 20 de diciembre se realizaran saqueos en diversas ciudades. La comprobada presencia de delegados del sindicato de camioneros (con sueldos de al menos 10.000 pesos) en la ciudad de Campana, de punteros muy visibles de la derecha peronista y de otros referentes políticos; por ejemplo, ligados al intendente de San Carlos de Bariloche, Omar Goye, por ello suspendido en sus funciones, quién notificó a los medios del grupo Clarín de los saqueos antes que las robinsoneadas se produjeran, en la organización de las acometidas contra supermercados demuestra que la pobreza que aún sufren muchos compatriotas no fue la causa principal y se intentó revivir el caos de fines del 2001. La saqueocracia pasó así a ser la fase superior del vandorismo y del ubaldinismo. O una forma peculiar de sindicalismo del siglo XXI. Por cierto que, subrayemos, en el marco de un plan de desestabilización ideado, conducido y liderado por los grandes medios reaccionarios.

Dejemos para terminar el cuadro y antes de pasar a mínimas conclusiones un breve comentario de dos declaraciones realizadas ya en 2013, poco antes de cumplirse un mes de los últimos sucesos comentados. El ex ministro de economía de Duhalde y Kirchner y frustrado candidato a la presidencia por la U.C.R. en el 2007, Roberto Lavagna, denunció fraude en las elecciones de octubre del 2011. Además de la total ausencia de pruebas y nula seriedad de sus dichos, al tardío denunciante le faltó definir si el verdadero triunfador resultó Jorge Altamira o su competidora por el último sitial Lilita Carrió. Pero en rigor se trata de una intervención siniestra en la actividad política, que marca a las claras que el economista pese a su promocionado auto-elogio como cultor de modales sutiles y refinados (florentinos) no pasa de ser un simple y pálido operador de un dirigente de una decadencia más profunda que las fosas de Mindanao: Eduardo Duhalde. La otra intervención correspondió a un personaje de la picaresca nacional, un curioso dirigente de la Unión Industrial Argentina, José Ignacio de Mendiguren, que carece de industrias porqué vendió su empresa en los años del predomino neoliberal. Muy suelto de cuerpo advirtió que los sindicatos deberían restringir sus demandas salariales; ya que de no hacerlo se estaría reconfigurando un escenario social similar al desencadenado durante el rodrigazo (primer intento en la Argentina de aplicar purgantes neoliberales) en junio de 1975. La disputa- como se ve- busca desestabilizar al gobierno mediante intervenciones de carácter perlocutorio (es decir, crear hechos desde el lenguaje) y no vacila en recurrir a los métodos más desleales y repugnantes que imaginarse pueda.

Conclusiones.

1) Pese a las dificultades provocadas por la crisis mundial el gobierno mantiene un rumbo correcto y alta aceptación, particularmente entre los sectores populares. Si no se desea apoyarlo, es preciso no debilitarlo favoreciendo a las derechas, habida cuenta que la opción real en la política concreta en la Argentina de la etapa es Crsitina o el neoliberalismo.
2) La ruptura entre Cristina y Moyano parece haber llegado a un punto no retorno. Pero la historia demuestra que en el peronismo lo imposible se vuelve factible una y otra vez. En especial el camionero debe reflexionar y aceptar que desestabilizando al modelo industrialista que recuperó la negociación paritaria, inscribió a la Argentina en el bloque de países latinoamericanos que pugna por la definitiva independencia y amplió los derechos de los trabajadores (entre muchos otros rasgos que favorecen a los sectores populares) no podrá defender ni a sus afiliados ni a los demás sectores sindicales. Con el modelo de Biolcatti, Magnetto, Barrionuevo, Venegas no habrá mejores conquistas para los trabajadores, sino más bien todo lo contrario.
3) Por otra parte, las posibilidades de Moyano de convertirse en dirigente político electivo son menos factibles que el PRO de Mauricio Macri tome un conjunto de medidas que favorezcan a los sectores populares. Que lo ensalcen los medios que hasta hace poco lo vituperaban no ha logrado reducir mínimamente su profunda imagen negativa.
4) La alianza con los Barrionuevo, Venegas o Micheli es peor que el famoso “abrazo del oso”. Es el apretón de una ballena que te sumerge en lo más hondo del mar.
Las Toninas. Del 12 al 31 de Enero de 1913.

*raulisman@yahoo.com.ar
Docente. Escritor.
Director de la revista
Electrónica Redacción popular.
Columnista del noticiero del canal Señal oeste
Colaborador habitual del periódico Socialista El Ideal.
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