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26 de enero de 2013

CULTURA & VUELTA


Literatura y exilio: reflexiones sobre el caso argentino


*Por Andrea Candia Gajá

“El exilio produce una profunda sensación de desamparo,
de vivir a la intemperie.”

Juan Gelman



La literatura recrea realidades, experiencias y memorias de sujetos particulares que nacen de recuerdos sociales y colectivos. Como afirma Juan José Saer, “la literatura, cuyo terreno no es la realidad sino lo imaginario –la realidad de lo imaginario-, busca en el mundo de la imaginación las regiones que están entre la fantasía cruda, mecánica, y las que desaparecen más allá de las últimas terrazas visibles.” (Saer: 2004: 187). Es en el espacio literario en donde el ser humano ha encontrado el sitio adecuado para hacer de determinados acontecimientos un acto de catarsis, los cuales han derivado en obras que forman parte de la memoria histórica y literaria de la humanidad.

La década de los años setenta representó para América del Sur uno de los momentos históricos más brutales de su vida como naciones independientes. En junio y septiembre de 1973 en Uruguay y Chile, amplios segmentos de sus sociedades integrados por estudiantes, intelectuales, militantes políticos, luchadores sociales y artistas, se enfrentaron a los golpes de Estado que derrocaron a los gobiernos constitucionales, disolvieron los partidos políticos, intervinieron los sindicatos y ahogaron la vida cultural de sus pueblos.

Con tres años de diferencia con respecto a sus países vecinos, el 24 de marzo de 1976 se produce un golpe de Estado en Argentina que destituyó del poder a Isabel Martínez de Perón y colocó al general Jorge Rafael Videla como presidente de la nación. La represión, persecución y desaparición de intelectuales, estudiantes y activistas políticos y sociales fue uno de los rasgos dominantes de este régimen. Bajo estas circunstancias, el exilio fue visto como una alternativa y, en muchos casos, como la única posibilidad de conservar la vida y escapar de los horrores del régimen militar.

Vivir en el exilio

A pesar de todos los retos y desafíos que representó el destierro para los exiliados, también se abrieron importantes espacios de denuncia social y de producción cultural que en Argentina se encontraban mermados por la censura. De esta manera, si en su país muchos intelectuales vieron coartada su libertad de expresión, en el exilio encontraron la manera de decir abiertamente lo que pensaban, fortalecieron su postura en contra del régimen y levantaron la voz dando a conocer el verdadero rostro de la dictadura.
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El exilio estuvo acompañado de pérdidas, nostalgia, esperanzas, lucha y anhelos. Y en medio de un mundo que les resultaba un tanto extraño y habie ndo salvado sus vidas por medio del destierro, se abrió espacio a la libertad de las palabras, que a su vez, se convirtieron en el hogar de quienes decidieron escribir “sobre y en el exilio”, dando origen a laliteratura del exilio. Con ella, aparecieron reflexiones e interrogantes que se convertirían en una constante en la vida de los argentinos que habían sido expulsados de su territorio.

Escribir en el exilio y sobre el exilio


La narrativa que se desprende de aquella experiencia, está inevitablemente inmersa en la neblina que envuelve a la memoria de un determinado hecho histórico y que coloca a la producción de la misma bajo ciertos temas recurrentes. Enfrentarse con la incertidumbre de una hoja en blanco, era enfrentarse también a la reflexión de lo que había significado para cada uno de ellos dejar atrás el rastro de un camino recorrido en Argentina y prepararse para iniciar una vida en la que no había nada escrito.

¿Cómo se escribe sobre la ausencia? ¿Qué se escribe en la suspensión del tiempo? Con éstas y muchas otras interrogantes, se utilizó a la literatura como uno de los medios de denuncia más poderosos. Así, en el fondo de las palabras; en el retumbar de las letras, muchos intelectuales encontraron la ruta para plasmar la realidad que sus sentidos aprehendían. La narrativa fue la bala que los escritores utilizaron para convertir a la literatura en su arma de lucha y denuncia contra las acciones que la dictadura ejercía en Argentina. Hechos y textos se entrelazaron en uno de los períodos históricos más traumáticos del cono sur de América Latina. Los relatos se llenaron de tintes sociales en los que el simple retrato de un momento dejó ver fragmentos que unidos entre sí mostraban una película llena de horror. La literatura, se convirtió en una estrategia de escape y al mismo tiempo, en un nuevo hábitat bajo el cual encontraron la libertad que su país no les brindaba.

De esta manera, los textos formaron, poco a poco, el hogar de los recuerdos y anhelos de muchos exiliados que viajaban a la Argentina a través de los relatos que, a la distancia, desarrollaban invocando al país sudamericano. En el grupo de exiliados que estableció su nuevo hogar en las letras se encontraron, entre muchos otros, Juan Gelman, Tununa Mercado, Osvaldo Bayer, Rodolfo Puiggrós, Luisa Valenzuela, Mempo Giardinelli, Humberto Costantini y Noé Jitrik. Cada uno de ellos, acudiendo a la ficción o describiendo la realidad, plasmó a su manera, las reflexiones de una experiencia que daría un nuevo significado a sus vidas.

De la Memoria a la Literatura


Se dice que la creación literaria está siempre acompañada por la memoria; imágenes con colores que nos deslumbraron, sonidos que endulzaron o atormentaron a nuestros oídos, palabras que penetraron en lo más profundo de nuestra conciencia se manifiestan en cada uno de los relatos. Todo lo que captan nuestros sentidos se vuelve real y presente en la literatura. Es por eso, que el ejercicio de la memoria se encuentra precedido por la reflexión del acontecimiento; nunca es de acción inmediata, sino que se manifiesta en el campo de la abstracción, en una dimensión en la cual los actos adquieren un carácter objetivo para ser posteriormente analizados y valorados desde una visión más periférica. En ocasiones, estas reflexiones desgastan la frescura del recuerdo mientras son asimiladas.
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Recurrir a las evocaciones que graban en la memoria experiencias como las del exilio, es un hecho que difícilmente se asimila en poco tiempo. Se necesita de una pausa y, quizás, de un espacio de reconciliación para poder empezar a trabajar con las imágenes, sonidos y aromas que trae consigo el revivir las evocaciones. Cuando el hecho es reciente y está ‘fresco’ en la memoria y en los sentimientos, es casi imposible tener un pensamiento ordenado. Pero después del acontecimiento traumático –el abandono del país de origen-, viene el duelo, bajo el cual las cosas se empiezan a ver desde otra perspectiva. Este proceso marca las primeras pautas de un destino encaminado hacia la reflexión y el análisis que posteriormente se verán reflejados en la escritura. No es el hecho traumático por sí solo, el que llevó a los intelectuales a profundizar en su reflexión, sino el proceso de duelo que derivó del trauma vivido anteriormente y que desembocó, después, en el trabajo meticuloso de la memoria. Cuando la pérdida se vuelve el tema más recurrente en el acontecer cotidiano de un intelectual que se ha marchado al exilio, la memoria se convierte en el refugio en donde dejó todo de lo que fue desposeído. En momentos en los que se vive el dolor con resignación, queda entonces, como único elemento de anclaje, la memoria.

Sumergidos en los rincones de su remembranza, los escritores empezaron a explorar el laberinto de las palabras. Cada vez fue más frecuente que los exiliados, una vez que lograban ‘asumir’ el hecho del destierro, denunciaran a través de su narrativa las medidas de censura que el régimen había ejercido sobre ellos y sobre el resto de la sociedad argentina. Entre las paredes y horizontes del exilio, los escritores dieron pie al nacimiento de una nueva corr iente literaria mediante la cual buscaron en los escombros de la memoria y crearon imponentes relatos que, a pesar de que algunos son ficción, abrieron los ojos del resto del mundo ante el panorama de lo que ocurría en la Argentina de la década de los setenta.

Conforme las plumas se apoderaban de la memoria, el exilio resultó, en algunos casos, una fuente de inspiración para la creación de cuentos, novelas, poemas y relatos a través de los cuales dieron a conocer el significado de la experiencia del destierro y las reflexiones que la misma dictadura les dejó a pesar de haberla vivido a la distancia.


La Literatura del Exilio


Hubo temas dominantes en la literatura del exilio, entre otros la construcción de la identidad del exiliado y su experiencia en el destierro; sus percepciones sobre el nuevo lugar de residencia, los conflictos y simpatías con una nueva sociedad, el clima de clandestinidad y represión de la dictadura y la incertidumbre de su regreso a la Argentina. Escribir se convirtió en la fuerza para exorcizar a los demonios que acechaban la memoria de los desterrados.

En el caso de muchos exiliados, las reflexiones sobre su nueva forma de vida dieron origen a una serie de relatos en los que se plasmaron aspectos sustantivos del exilio como experiencia personal y fenómeno colectivo. Algunos temas empezaron a ser recurrentes y, poco a poco, conformaron las características de la literatura del exilio; una literatura que no está enmarcada por la temporalidad sino por los temas tratados y que rompe las barreras del tiempo a través de cada una de sus palabras. “Un elemento que se repite en los textos literarios escritos en el exilio es la oposición entre un espacio de pertenencia y otro de ajenidad, en íntima relación con un quiebre en la temporalidad que marca el antes y el después del exilio.” (Lorenzano en Yankelevich: 2002: 335).

De esta manera, páginas en blanco empezaron a cobrar vida a través de textos que compartieron las experiencias del destierro. Y entre párrafo y párrafo comenzaron a descubrirse elementos clave de la literatura del exilio, como el complejo deseo de justicia, y sus manifestaciones testimoniales por parte de las víctimas del régimen militar. Eran muchas las causas por las cuales se pedía a gritos que se castigara a los genocidas. Esta necesidad, iba de la mano con el sentimiento de pérdida que provocaba el exilio; la ausencia de familiares que se quedaban en Argentina y por causas naturales morían; la carencia de los miles de desaparecidos que eran constantemente recordados por sus madres y compañeros; y entre muchas otras, el despojo de toda una vida que había tenido lugar en aquel país y que de pronto les era arrebatada y los obligaba a empezar a sembrar nuevos elementos identitarios en un territorio desconocido.

El duelo fue otro de los temas en los que incursionó esta literatura. Haciendo uso de la narrativa, los escritores mostraron las distintas maneras de procesar y enfrentar las pérdidas. A través de hechos catárticos se buscaba la manera de seguir adelante con las ausencias que se sumaban día con día. La periodista y escritora Tununa Mercado escribió en su libro En Estado de Memoria la siguiente reflexión: “Había algunas maneras de descargar el odio y la insatisfacción… Una de ellas era ir a la embajada argentina y, desde allí, parados en el área central o camellón del boulevard, gritar insultos o hacer ademanes hostiles.” (Mercado: 2008: 152).

Entre otros asuntos, la literatura del exilio plasmó el clima de clandestinidad en el cual estaban obligados a vivir los militantes políticos y sospechosos del régimen militar y el acercamiento que un sector de la iglesia y algunas franjas de la sociedad civil tuvieron con el mismo. El escritor y periodista Mempo Giardinelli hace un retrato muy claro de estas situaciones en sus textos Viejo Héctor y Castigo de Dios.

La información a la que los exiliados tenían acceso en los países que residían, formó parte relevante de los asuntos que se abordaron durante los años de la dictadura y, posteriormente comenzó a ser una cuestión destacable que se analizó en la literatura del exilio y la dinámica política del mismo.

La nostalgia es, sin duda, otro asunto que también se vislumbra en la narrativa exílica; esa nostalgia que, aunque no sea un asunto sobre el que se reflexione conscientemente, sí es una cuestión que nubla y tergiversa el recuerdo y se implanta en la memoria sazonando la realidad y convirtiéndose, de esta manera, en eje temático de la literatura del exilio. Mempo Giardinelli, consciente de esto, lleva a cabo una importante reflexión que incluye entre los párrafos de su relato Viejo Héctor y que dice: “Sé que la nostalgia que produce el exilio lleva a sublimar detalles, y que no hay que confiar demasiado en este tipo de recuerdos pues uno está demasiado expuesto a que el amor traicione a la memoria.” (Giardinelli: 2011: 104).
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La melancolía fue un sentimiento que, si bien no constituyó un rasgo dominante en la vida de todos los exiliados, sí formó una entidad permanente para otros. Durante los primeros años de destierro, cuando había que reconstruir poco a poco una identidad que se ubicaba en un lugar nuevo y ajeno, reinó en muchos una persistente melancolía que se fue diluyendo con el tiempo y con la capacidad de adaptación. Así, la identidad que el exiliado esculpió a miles de kilómetros de su tierra natal y la literatura que se creó como resultado de ese exilio, dejan ver tintes de aquella melancolía que ocupaba un lugar importante en la vida de los desterrados.

La adaptación al medio fue otro tema recurrente en la creación de la identidad del exiliado y en los aspectos que se abordaron en la literatura del exilio. Aprehender todos los códigos culturales, costumbres, tradiciones, modales, etc., fue una de las pruebas más complicadas para los argentinos que radicaron fuera de su país. Desde la variedad culinaria hasta los códigos del lenguaje, los exiliados tuvieron que entregarse a las normas que dictaba una nueva sociedad que se movía bajo parámetros sociales distintos a los de Argentina.

El proceso de adaptación del exiliado, incluía también el aprendizaje de giros, formas lingüísticas y gestos propios del lugar al que habían llegado. De esta manera, tuvieron que ir incorporando a su vocabulario una larga lista de palabras para nombrar objetos que en Argentina se decían de otra manera. Renombrar lo conocido fue para algunos un choque bastante fuerte; era el recordatorio de que tenían que empezar a ser un individuo nuevo, con nuevos referentes y, en algunos casos, con un nuevo idioma.

Así, entre el desarraigo, la provisoriedad, la pérdida y la melancolía; sumergida en tintes de nostalgia y deseos de justicia nació la literatura del exilio, una narrativa que alzó la voz de tantos argentinos que marcharon al destierro. La distancia no debilitó al ingenio, sino que lo dotó de fuerza. Y escribiendo desde la lejanía, lograron lo que alguna vez la dictadura pensó como imposible: denunciar los crímenes del régimen, esclarecer la realidad y convertir en presencias a todas las ausencias que dejó el régimen militar. Hace más de treinta y cinco años se escribió sobre el exilio y hoy, todavía el debate y la narrativa sobre el mismo siguen abiertas.


Bibliografía:


Giardinelli, Mempo (2011), Vidas ejemplares y otros cuentos, Editorial La Página S.A, Argentina

Mercado, Tununa (2008), En estado de memoria, Biblioteca Breve, Argentina.

Saer, Juan José (2004), El concepto de ficción, Ed. Seix Barral, Buenos Aires, Argentina

Yankelevich, Pablo (compilador) (2002), México, tierra de exilios, Ed. Plaza y Valdés, México



Fuente: CANDIA GAJÁ, Andrea, (2013) “Literatura y exilio: reflexiones sobre el caso argentino”, Pacarina del Sur [En línea], año 4, núm. 14, enero-marzo, 2013. ISSN: 2007-2309. Consultado el Sábado, 26 de Enero 2013. Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.com/home/brisas/607-literatura-y-exilio-reflexiones-sobre-el-caso-argentino
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