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19 de agosto de 2012

¡QUE RAZA, LOS ROMANOS!



Honrados pajarones

Sobre periodistas y periodistas


Por Gabriel Fernández *


La presidenta Cristina Fernández de Kirchner ha propuesto el debate sobre la ética y la responsabilidad periodísticas. Como corresponde con los temas fuertes, la iniciativa estuvo acompañada por un ejemplo claro: las coimas recibidas por el periodista Marcelo Bonelli para brindar informaciones asentadas en el interés empresarial.

En el año 2002, cabe recordar, una interesante manifestación se aproximó a las puertas del Canal 13 con el objetivo explícito de repudiar la acción comunicacional de Bonelli. Por aquél entonces, el involucrado defendía los derechos de los bancos ante los ahorristas y fomentaba la identificación de los manifestantes que luchaban por quebrar el liberalismo con saqueadores violentos.

La trayectoria de Bonelli resulta coherente en esa dirección. Su vida profesional ha delineado un sentido nítido: informa según el buen saber y entender del mejor postor. El mejor postor suele estar contra los intereses nacionales y populares, más allá de la algarada propagandística de Clarín, Perfil y La Nación en derredor de los dineros de algunos dirigentes políticos.

Todos sabemos eso, pero a la opinión zonza le calza mejor embestir contra el sindicalista que rasguña una parte de los ingresos de una obra social que contra la empresa que se queda con el conjunto de los beneficios de una actividad y, encima, los gira al exterior. O con los empresarios que mientras patalean por las paritarias aprovechan excedentes para adquirir el cuatriciclo de los chicos, la camioneta de la esposa y el convertible de la amante.

Hasta allí, vamos bien. Las cosas ordenadas y cada uno responde orgánicamente a su franja. Pero el asunto es delicado y vale una consideración especial al respecto. Porque no todos los periodistas con formación liberal en la Argentina “son” Bonelli. Ni Neustadt, ni Grondona, ni Lanata. Hay muchos otros, encuadrados dentro de aquella caracterización, ideada genialmente por Arturo Jauretche.

El concepto de zonzo guarda una sutil equivalencia con el de alienado. Entender esto es central: hace referencia a aquellas personas que, pese a no beneficiarse con la acumulación empresarial ni con la desnacionalización, apoyan esas acciones. Se dirige a los trabajadores, comerciantes, pequeños empresarios que, pese a quedar doblegados por el poder económico, prefieren atribuir sus dificultades a “los negros”: Sindicatos, desempleados, piqueteros, activistas . . . políticos.

Existe una distancia apreciable entre esos pavos, y el gran empresario junto a sus cómplices (el dirigente entreguista, el periodista corrompido, el sindicalista propatronal); estos son parte consciente y beneficiada de la política liberal, por eso la impulsan y la sostienen, y por eso difunden mediáticamente las informaciones y los análisis que tienden a potenciarla.

El periodismo, como las distintas actividades que configuran la sociedad, no está fuera de este juego en el cual unos pocos vivos se enriquecen y unos cuantos zonzos hacen de coro repitiendo ligeramente conceptos cuya elaboración desconocen. Entonces, es pertinente apuntar: aunque el daño ante la opinión pública pueda resultar semejante, no es lo mismo ser explotador y entreguista que un honrado pajarón.

La disposición de una ley que busque prevenir la tergiversación intencionada de la realidad es un verdadero problema. Concretamente, resulta muy difícil certificar cuándo alguien “cobra” por decir algo y cuándo cree sinceramente en lo que está manifestando. Esta es una conclusión a la cual llegamos tras muchos años de recorrer medios y redacciones, y de conocer a los más variados colegas con las más diversas orientaciones.

Vamos más lejos. Habitualmente, como tenemos la práctica de corroborar las informaciones que brindamos y de ahondar en las opiniones que vertimos, muchos periodistas estamos convencidos de su veracidad y su razón. En el debate cotidiano, podemos llegar a suponer que aquellos profesionales que contrastan o desmienten nuestro material, han sido comprados o apretados para que lo hagan, porque “tan tontos no pueden ser”.

Bien, aunque resulta natural, y si se quiere positiva, la convicción con la cual ofrecemos nuestra información y nuestra interpretación, es preciso admitir por duro que sea, que los circunstanciales adversarios pueden estar genuinamente convencidos de lo que están ofreciendo. Aun en circunstancias difíciles de digerir. Veamos.

Hay severos cuestionamientos a las políticas gubernamentales que se originan en maniobras comunicacionales disparadas por las empresas del área, con el objetivo de malversar la realidad e incidir negativamente sobre la población. Cargar sobre esas corporaciones, se nos ocurre justificado, entendible y loable.

Hay periodistas que, sin poseer un rango editorial en esos medios ni tener vínculo alguno con las empresas beneficiarias de tales acciones, se suman a esas campañas debido a que fueron forjados desde la más tierna infancia –que rara vez abandonan- en un liberalismo adocenado. Hablan de la libertad de mercado, del gasto público y de la “política” como si fueran propietarios de una gran compañía financiera.

Son unos salames, pero no son delincuentes. Como los ingresos irregulares de algunos periodistas son, precisamente, irregulares, pues llegan a sobre cerrado y sin blanqueo alguno, es realmente complejo determinar hasta qué punto encarnan una labor desestabilizadora y antidemocrática gestada a raíz de campañas pagas y bien articuladas, y cuando son, apenas, rebotes cocinados y argumentados por los otarios que Scalabrini Ortiz detectara sin equivocarse.

“¡Qué raza, los romanos!” decía en La Vida de Brian aquél detenido engrillado… precisamente, por los romanos. En las cercanías, en tantas radios, diarios, agencias y canales, circulan hombres y mujeres así, que apoyan a quienes los perjudican. Hablan y escriben a favor de aquellos que se cargaron la nación durante 30 años, y pretenden volver a hacerlo.

No es una medida judicial la que necesitamos en ese punto, sino una profunda batalla política y cultural.

Eppur si muove, claro: Bonelli, si, es un vulgar coimero.


*Director La Señal Medios
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