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13 de mayo de 2012

REMOLINOS


*Por Carancho Ramírez



Viene Cristina al Chaco y andará bella y altiva, terca y leal, por las calles del Barrio Sur de Anyelville. Encontrará un árbol inmenso sobre la calle Falucho, que está allí, erguido y solo, como esos radicales dignos que envejecieron sin doblarse, sosteniendo de pié La Causa del Revolucionario del Parque y del Comisario de Balvanera.

Enfrente su nueva vecina: la Escuela1085. Madre soltera. Joven, pintona, presumida y de familia numerosa. La escuela ocupó el baldío del viejo Barrio Las Ranas, en donde los abuelos de la Comisión de Enlace enterraron en el 55 el proyecto del Barrio Industrial, las convenciones colectivas de trabajo, las leyes sociales y los sueños laborales de los hombres de Octubre.

Algún memorioso le contara a nuestra compañera Presidenta que ése árbol le daba sombra y abrigo a la tapera de la Viejita Isabel, la loca del barrio. Decían las malas lenguas, que era una miliciana española que cruzó el mar con un par de jugadores menos y una memoria que la enardecía por las noches, cuando el fuego lejano de los hornos de las ladrillerías de los Mansilla y los Zárate, parecían fotografías de Gerda Taro tomadas en las trincheras de una España en llamas. Para colmo ése humo que cruzaba el cielo del Barrio Sur Villangelense, no viene de La Chaqueña, gritaba, sino de las trincheras quemadas de Jarama, Brunete, Teruel.

El guampero de la fábrica era el zumbido de los aviones alemanes, descargando metralla sobre Guernica… Cobarde…le gritaba al Potrillo Núñez, el carnicero del barrio, que le regalaba la carne y se metía en su rancho a llorar batallas perdidas. Sólo la Querida Torres- Delegada Censista- y Doña Cosgaya- una curandera paraguaya, entraban a su tapera para dejarle frutas, verduras y remedios frescos. Nunca nadie nos marcó que estas tres mujeres condensaban en sus vidas los trazos dolientes de derrotas colectivas.

Nosotros jugábamos desentendidos en la limpiada que había bajo la sombra del eucalipto. La vida era una ventolera a favor de los humildes, hasta que cambió el tiempo y remolinos de tierra y pólvora, vinieron a instalar la desgracia en los días felices de la argentina peronista y comenzó a derrumbarse el sueño industrial que pacíficamente levantaron nuestros padres. Pájaros de acero volaron sobre nuestra Guernica en un septiembre negro y descargaron una lluvia de plomo, sepultando un pedazo de la argentina industrialista en el Barrio Las Ranas.

Fue para ése tiempo que la Querida Torres y la exiliada paraguaya nos enseñaron a enfrentar al Diablo que- según ellas- venía enancado en los remolinos del viento, repartiendo desgracia en el Barrio Sur. “Tirenle una guampa al remolino y grítenle: “Viento San Lorenzo queyuncanguééé.” Muchas veces lo hicimos y muchas veces, zarpados como la Viejita Isabel, imaginamos escuchar explosiones y nos pareció ver en el polvaderal, el rostro del maligno. Sólo cuando crecimos lo encontramos disfrazado de Almirante con unos anteojos oscuros, sosteniendo un cartel que apuntaba al pueblo… Se terminó la leche de la clemencia”. Por ese entonces, Biolcatti era un gordito chiquito y aplaudía, porque sus abuelos le habían enseñado que el Almirante era un aliado de la argentina agro exportadora y que los negros, lo único que entienden es la letra escrita con su propia sangre.
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