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20 de mayo de 2012

EL PROBLEMA SUCESORIO

*Por Enrique Lacolla

En Venezuela y Argentina el tema de la caducidad y de la renovación del poder empieza a perfilarse. Ello nos plantea el eterno problema de las sociedades que pugnan por escapar del subdesarrollo: cómo conformar una política que desafíe al tiempo.

La enfermedad de Hugo Chávez plantea el problema de su sucesión. Más allá de los votos que puedan hacerse por su recuperación, la salud del mandatario venezolano aparece comprometida y el problema de encontrarle un sucesor se ha convertido en un factor de riesgo respecto de las posibilidades de que el proceso de transformación que vive ese país pueda prolongarse de manera eficiente. Es un tema no menor, toda vez que el papel que Venezuela juega en el nuevo concierto latinoamericano es muy importante y que el compromiso de su actual mandatario con el proyecto de una América latina unida ha contribuido muchísimo a que este cobre forma y dinamismo.

Nos topamos aquí con una de las fatalidades objetivas del desarrollo de nuestros países. El hecho central de nuestra historia reside en el carácter balcanizado de América latina: en la fractura de estos territorios indohispánicos al día siguiente de su independencia, como consecuencia de la acción disgregadora del imperialismo y de sus propias insuficiencias internas. La acción de estos factores derivó en que Iberoamérica se organizara o, mejor dicho, fuera organizada, en una multitud de Estados inconexos y cuya única similitud consistía en su carácter exógeno. Es decir, que estaban configurados para ponerse al servicio de los grandes centros comerciales del mundo y como consecuencia de esto se encontraban divididos dentro de sí mismos, pues esa dependencia suponía una articulación social que reprimía o ignoraba las necesidades de los más débiles, que también eran los más numerosos. Esta alienación afectó no sólo el desarrollo de las estructuras productivas sino también y sobre todo al universo cultural de las clases medias, el vivero lógico de los elementos que han de componer un estamento dirigente.

Las clases dominantes generaron una formación educativa que era funcional a sus intereses. Y las clases medias que crecieron vinculadas a esas oligarquías agrarias o mineras asimilaron y reprodujeron el modelo cultural que aquellas habían adoptado. La visión eurocéntrica era así adoptada por las burguesías y pequeñas burguesías periféricas, con resultados desastrosos para cualquier intento de conformar cuadros aptos para elaborar un proyecto liberador. Se pensaba a nuestros países desde afuera hacia adentro, en vez de visualizar al mundo desde aquí y hacia afuera. Se fabricaban democracias parlamentarias, pero se las vaciaba de sentido, pues estaban para dirimir disputas menores entre los sectores de poder en vez de elaborar proyectos que condujesen a una transformación efectiva de las coordenadas por las que se regía la sociedad.


La fatalidad del populismo

Como consecuencia de esto los movimientos de liberación nacional que una y otra vez surgieron en diversos puntos del mapa latinoamericano, adolecieron de graves dificultades a la hora de conformar sus estructuras, con el resultante de que casi siempre esos movimientos sólo pudieron organizarse a partir de la figura de un caudillo o líder carismático; capaz, por su gravitación personal, de conjuntar tendencias dispares y conformarlas de acuerdo a un proyecto que subordinado a su presencia en el poder. Este es el sentido del populismo, término denostado por los sociólogos y politólogos europeos y también por muchos autóctonos. Debe decirse sin embargo que el populismo es en cierto modo una traducción folklórica del concepto marxista del bonapartismo y que, entre nosotros y en tanto supone la presencia de las masas en la calle y la comunicación en primera persona de estas con quien está investido de la responsabilidad de los asuntos públicos, hasta aquí implica la única forma de democracia efectiva que se ha verificado en América latina.

Ahora bien, esta configuración requiere ser comprendida, estimada en su justo valor y mantenida sólo en la medida en que no pueda ser suplantada por alguna otra fórmula que la supere. Esto no es fácil ni se genera de un día para otro. Los niveles dirigentes bien inspirados son el fruto de una elevación del nivel de conciencia política del pueblo y de la conformación de un sector de la intelligentsia capaz de razonar la realidad de acuerdo a la verdadera naturaleza de las coordenadas históricas dentro de las que se ha formado y, simultáneamente, según la inserción geopolítica de estos países en el concierto del mundo. Las experiencias vividas en el pasado demuestran que si la pretensión de soberanía popular y nacional ha resistido todos los intentos de desarraigarla, en las ocasiones que pudo llegar al poder ha estado muy condicionada por la inexistencia de cuadros que la sostuviesen y de protagonistas sociales capaces de brindarle un apoyo orgánico y basado en intereses cuya solidez los haga invulnerables a la propaganda deletérea del sistema de dominación predominante. Por lo general esas experiencias han estado atadas al fervor popular y a la presencia de esa figura carismática a la que nos referimos. Por ejemplo, Chávez, Vargas, Velasco Alvarado, el mismo Fidel, Ibáñez del Campo y Perón, entre los modernos. Desaparecida esa figura el entusiasmo popular se atomiza y el movimiento nacional es apartado del poder o adulterado para que termine sirviendo a los mismos intereses que vino a combatir.(1) En algún caso extremo, incluso a través de la misma persona que encarnó en un principio al movimiento. Este fue el caso de Paz Estenssoro y el del rol del MNR en Bolivia, protagonistas de la épica revolución de 1952, y 30 años más tarde propulsores de la reforma neoliberal de 1982, por ejemplo. En Argentina el peronismo “mantuvo el tipo” hasta mucho tiempo después de 1955 y permitió incluso el breve retorno del líder, porque Perón dejó detrás de sí a una clase obrera organizada; pero a la postre sucumbió. Hizo falta, sin embargo, el terrorismo de Estado de 1976 para alterar las tornas, comenzar el desguace del país y preparar el camino para la traición consumada por el menemismo en la década del 90, cuando se usó al mismo movimiento peronista como ariete para derrumbar desde dentro al modelo de estado construido medio siglo antes.


La nueva ola

Ahora los pueblos de América latina han atesorado mucho de esas experiencias y el desastre originado por las políticas neoliberales ha determinado otro flujo popular que ha avanzado mucho y que ha brindado no pocas sorpresas. Los Kirchner, Lula y Dilma en Brasil, Chávez en Venezuela, Correa en Ecuador y Evo en Bolivia han podido ir dando forma a una nueva realidad que se ha manifestado de maneras concretas. Una de ellas, la más trascendente quizá, fue el rechazo al ALCA y a la pretensión norteamericana de organizar al subcontinente de acuerdo a su interés, esto es, en una amplia zona de libre comercio que condenaba a muerte nuestras posibilidades de desarrollo y de gestión autónoma, reduciéndonos otra vez al papel comparsas de nuestro propio destino. La formación del MERCOSUR, de la UNASUR y del CELAC (Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe), la pérdida de peso de la OEA y la promoción de prácticas de cooperación económica, comercial y política entre los países suramericanos fueron frutos de esa decisión que cerraba el paso al ALCA. Sus consecuencias favorables están a la vista en todos nuestros países. Los problemas que enfrentamos son muy grandes, pero se ha salido del ahogo económico y social y el curso general apunta al desarrollo y no a la constricción continua de nuestras formas de vida. Asimismo se obtuvieron éxitos en el camino a la integración regional, que permitieron solucionar las crisis fogoneadas por el imperialismo, como las suscitadas en el caso de las pretensiones secesionistas del Oriente boliviano, en la confrontación colombo-ecuatoriana o en la tentativa de golpe en Ecuador.

Todo esto, sin embargo, se encuentra atado al mantenimiento de presencias individuales en la cúpula de algunos movimientos. El caso de Chávez es paradigmático pues, aunque no conocemos los entresijos de la situación en Venezuela, no parece que haya una organización confiable sobre la cual reposar en caso de una eventual ausencia del actual mandatario.

En Argentina, los rumores en torno de la reforma constitucional y de la re-reeleción de Cristina Fernández van un poco en el mismo sentido. Aunque la nuestra es una sociedad conformada de una forma más sofisticada que la venezolana, el hecho de que el tema del poder esté muy estrechamente ligado a la permanencia en el gobierno de la persona de la actual presidenta, pone al problema sucesorio en un plano de consideraciones bastante próximo. La Constitución vigente prohíbe de manera inequívoca la re-reelección, pero no está claro quién podrá reemplazar a Cristina. Existen figuras dentro del espacio oficial que poseen un perfil intelectual y temperamental que los habilitaría para asumir la tarea manteniendo el proyecto –Agustín Rossi o Jorge Taiana, por ejemplo-, pero también está el hecho de que no tienen, de momento, el eco o la raigambre partidaria que los ponga muy en vista. Está además el dato nada menor de que no se sabe qué desea la Presidenta en lo referido a su permanencia en el cargo, así como que el proyecto de modelo de país, enfáticamente enunciado como tal, en los hechos se mantiene en la nebulosa. Su sentido general es perceptible, desde luego, y va en dirección a una mejor distribución del ingreso, a una ponderada intervención del Estado en la economía, a la recuperación de la soberanía y a la inserción regional latinoamericana; pero las directrices concretas para ponerlo en práctica no se verifican ni explicitan todavía. Algunos especulan con el timing o “tiempismo” de la presidenta y de su fallecido esposo, que hubieron de arrancar de una base electoral muy exigua, para explicar la lentitud en la adopción de medidas que son esenciales para la generación de un modelo nacional de desarrollo. Pero esto supone identificarse también con un pragmatismo que corre el riesgo de convertirse en conformismo a lo largo del tiempo. Si bien hay que puntualizar que el kirchnerismo no ha dejado nunca de recuperar la iniciativa cuando el se ha visto seriamente en problemas –en ocasión de la 125, de las elecciones legislativas del 2009 o de la crisis energética, por ejemplo-, su dinamización ha surgido como una reacción frente a la amenaza más como que el fruto de un programa preconcebido. Y el puro pragmatismo no alcanza a la hora de edificar un país nuevo. La enunciación de un programa concreto de reformas estratégicas, aunque alborote a los personeros del sistema, tiene un enorme valor docente y adecua psicológicamente al pueblo para prepararse a los cambios que deben venir si queremos que la nación de veras progrese.

La reforma constitucional

El asunto de la reforma constitucional sobrevuela estos temas. El problema, con todo, no es el de una reforma dirigida a posibilitar sólo la re-reelección, aunque esta no sea un dato menor y juegue en el sentido antes citado de la necesidad de asegurar la continuidad de un proyecto de cambio ante la inexistencia de cuadros u organizaciones capaces de asegurar la prolongación del “modelo”. De ser posible tal reforma, sin embargo, la cuestión residiría en retornar a las pautas fundamentales de la mejor Constitución que ha tenido el país en las últimas décadas, la que fuera fruto de la reforma de 1949 y que resultara abolida por la contrarrevolución de 1955. Entre otras cosas, ello nos devolvería la propiedad inalienable del suelo y el subsuelo por parte de la Nación. Se alejaría la amenaza de los “emiratos provinciales” en las áreas petroleras, posibilitada por los desatinos de la década del 90. Asimismo sería necesario aprovechar la ocasión para enmendar otro de los grandes disparates constitucionales consumados durante esa década: la autonomía de la ciudad de Buenos Aires, un paso inconcebible que sin embargo se dio y que vino a revertir, sin que los medios y el público dieran importancia al hecho, la nacionalización de la ciudad-puerto consumada por Roca, que diera fin, en 1880, al ciclo de las guerras civiles argentinas al cortar con las armas el nudo gordiano que había sofocado al país y había estado en la base de sus desdichas.

Hay un montón de incógnitas que se agitan en torno de estos temas. ¿Será Cristina candidata? ¿El kirchnerismo se postulará como sucesor del peronismo? ¿Puede independizarse de esas raíces? ¿Qué sustento social puede aportar para sostener su eventual proyecto? Aquí tropezamos una vez más con la fatalidad que acompaña a todo intento de cambio en profundidad. ¿Hay un sector social capaz de acompañarlo y de producirse como la masa crítica que precipite una modificación irrevocable del país? La fractura que se ha producido entre el gobierno y la parte más independiente y combativa del movimiento obrero y las tentativas divisorias de este que se generan desde arriba, no es la mejor manera de acumular esa masa crítica. Hugo Moyano carece de finura política, ha sobredimensionado su rol, es tan torpe como un elefante en una cristalería y comete errores que ponen los pelos de punta, como concurrir a programas televisivos pertenecientes al monopolio mediático para exponer sus agravios sin proceder al mismo tiempo a descalificar la miserable conducta de sus huéspedes frente al gobierno. Encarar el debate con el ejecutivo como una especie de interpelación a la presidenta y encerrarlo dentro de las fronteras reivindicativas salariales es perder una oportunidad de proponer a los trabajadores como portaestandartes de algo más amplio que el interés de clase.

Ahora bien, si el gobierno se apresta a prescindir del respaldo, hasta hace poco sincero y empeñoso, de una parte importante del movimiento obrero y pone a este en un segundo plano, ¿a qué fuerzas podrá encomendarse para llevar adelante medidas de fondo? Si es que está dispuesto a tomarlas, desde luego. A estar por lo visto en el acto en Vélez, el kirchnerismo parece apostar en la juventud. Pero la “juventud” es un término genérico que señala un período transitorio de la vida y que por lo tanto no posee el peso social que es necesario para ser algo más que la espuma de los días. Es un caudal maravilloso del que se puede aprovechar la espontaneidad y el entusiasmo, pero sus integrantes van diluyendo esas características a medida que pasa el tiempo, si no existe una organización que los vaya encuadrando y educándolos para la vida adulta, proveyéndolos, no de predisposiciones maniqueas, sino de espíritu crítico. Para que esas individualidades se afirmen es necesaria la presencia de una base social orgánica, capaz de gravitar en la dirección del desarrollo. Esa base social, comprometida con un proceso porque su interés está ligado a él y porque sólo con él puede consolidarse y crecer, en este país reside en las clases populares y sus organizaciones.

Es por esto que la sucesión y el tiempo son factores tan importantes en los movimientos de liberación nacional. A veces sólo con la reconfirmación del mandatario o la mandataria ya existentes se consigue cierta garantía de perdurabilidad. Pero el asunto reside también la capacidad de aprovechar ese tiempo para construir con una profundidad que sea tanto material como ideológica. De lo contrario a los líderes carismáticos les sucede lo de siempre: que detrás de ellos no hay una organización capaz de recoger su herencia y de superar la burocratización que ellos mismos han impuesto en razón de su celo por el poder.

Esperemos que el proceso de cambio que se está verificando en América latina no sufra esta vez los mismos tropiezos que en el pasado. Pero sólo visualizándolos y denunciándolos cuando vemos que se insinúan en el presente se podrá defender el actual proceso de cambios, adentrándolo hacia el futuro.


Nota

1) Fidel Castro es un caso en apariencia diferente, en la medida que conformó un partido que se supone habrá de resistir el choque de la desaparición de su líder. Sin embargo, la nominación de su hermano Raúl para reemplazarlo ahora que la condición física del jefe condiciona sus movimientos, está indicando que la confianza en esa estructura no es muy grande.


Gentileza: Roberto Montes
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