Seguidores

12 de enero de 2011

A 69 AÑOS DEL ASALTO JAPONES A OCCIDENTE

(*) ENRIQUE LACOLLA
La beatería políticamente correcta no entiende que la historia no procede en base a principios de abstracta moralidad, sino a partir de contradicciones ásperas, a menudo sangrientas, que manifiestan una dialéctica pocas veces compatible con la santidad.
Por estos meses se cumplen 69 años de uno de los momentos más dramáticos y espectaculares de la historia contemporánea: el asalto japonés a Occidente. Este fenómeno, que tuvo en el ataque a Pearl Harbor su manifestación más estruendosa, significó por cierto el comienzo del fin para las potencias del Eje, que a partir de entonces se verían enfrentadas a la coalición aplastante conformada por Estados Unidos y la URSS, junto al Imperio Británico; pero también supuso la apertura de un fenómeno epocal: la confirmación del despertar de Asia y su proyección hacia un futuro formidable.

Hay muchos problemas conexos en ese peculiar instante de la historia de nuestro tiempo que lo hacen particularmente interesante. Está la lucha intraimperialista de las potencias instaladas –Gran Bretaña y Estados Unidos en primer término, pero arrastrando con ellos a las potencias menores o en retroceso como Francia, Holanda y Bélgica-, y las potencias con aspiraciones a constituirse en potencias dominantes, equiparables a las del conglomerado anglosajón, como eran Alemania, Japón y, en mucha menor medida, la Italia fascista. Caso aparte era la Unión Soviética, que no calificaba en sentido estricto como potencia imperialista dada la naturaleza supuestamente socialista de su sistema de producción, pero que de hecho, por los imperativos o las fatalidades de la realpolitik, se comportaba exactamente como si lo fuera.

Estaban también las luchas de los pueblos coloniales, en especial del indio y del chino, informadas por rasgos sociales muy diferentes, pero en suma unificadas por el deseo de esas antiguas culturas de liberarse del lazo constrictor del imperialismo occidental, que desde hacía siglos venía coartando su natural devenir y las había arrastrado a un torbellino por cierto transformador; pero también devastador, humillante y sangriento. Estos países se encontraban en un estado de ebullición antiimperialista desde hacía largo tiempo, al menos desde los albores del siglo XX, pero fue sólo a partir del shock de los acontecimientos verificados durante la segunda guerra mundial que saltaron de la resistencia a la de la fijación de metas triunfantes a corto plazo.

El papel del Japón en este revuelo fue fundamental. Aunque se deba convenir en que obedeció a principios muy suyos, de una peculiaridad que aun hoy resulta chocante. El carácter conservador y austero de un pueblo formado a lo largo de los siglos en torno de normas de servidumbre y deber marcial dieron por resultado que, al proceso auténticamente revolucionario y trastrocador de las viejas costumbres iniciado alrededor de 1866, se lo conociera como “Restauración”: la Restauración Meiji, por el nombre del emperador que fue cooptado por una parte de la nobleza feudal para poner precisamente fin al feudalismo.

Esta paradoja fue el fruto del orgullo racial y del temple de una dirigencia marcial que supo poner fin a sus privilegios concentrando todos los símbolos del poder en el Emperador, hasta entonces una figura insignificante que no era sino arcilla en las manos del Bakufu –el consejo de “daymios” o terratenientes presidido por el Shogun. El impacto del imperialismo occidental, ya puesto de manifiesto en China con la guerra del opio y la brutal apertura del mercado chino al tráfico de la droga impuesto por Gran Bretaña, era un dato que estaba siendo tenido en cuenta por la casta dirigente japonesa. Era impensable que el viejo régimen pudiera enfrentarse a los europeos. Después de que la flota norteamericana del comodoro Perry forzara la apertura de los puertos nipones en 1853 el problema de la supervivencia de Japón como entidad autónoma y cultural se agudizó. Tras una serie de intervenciones y bombardeos extranjeros que se prolongó durante varios años, la necesidad de reformar al viejo Japón y dar lugar a otro tipo de estructuración social se resolvió en una guerra civil que terminó aboliendo los privilegios de clase de la casta guerrera de los samurai a manos de otros miembros de la misma cultura samurai, pero actualizadosy conscientes de la necesidad de precipitar el cambio. Aunque las estructuras culturales del viejo país subsistieron en gran parte, se terminó con la servidumbre y se introdujo el capitalismo.

Como dijo Winston Churchill en sus memorias de la segunda guerra mundial: “En menos de dos generaciones, sin otro antecedente que el pasado remoto, el pueblo japonés transformó la espada pesada de los Samurai en el barco revestido de acero, el torpedo y la ametralladora Maxim. En la industria se operó una transformación semejante… Pero todo se hallaba en la superficie. Detrás estaba el viejo Japón… Un anciano sacerdote guerrero se levantaba augusto y formidable, con la mano en la daga”. 
Tener y no tener

Ese Japón sería un protagonista fundamental de la insurrección de los estados que Benito Mussolini describiría, con inexactitud pero con agudeza propagandística, como “proletarios”. Es decir, los estados capitalistas que sólo podían rebañar las migajas del festín colonialista, cuya parte más suculenta había quedado en manos en Inglaterra, Francia, Estados Unidos y Rusia; los dos últimos todavía en la etapa de probar sus fuerzas, pero provistos ya de recursos más que suficientes para proyectarse al mundo entero.

La divisoria entre estados ahítos y estados hambrientos surcaría las turbulentas aguas del siglo XX y estaría en la raíz de los dos grandes conflictos mundiales. El capitalismo hegemonizaba el globo, pero sus conflictos internos eran muy fuertes y la única manera que conocía de atemperarlos era la del saqueo de las sociedades menos desarrolladas que la propia y la eliminación de la competencia de las potencias imperialistas rivales que a su vez pretendían sacar tajada del botín.

El Japón estaba bien dotado para seguir este camino. Una cultura marcial, un poder centralizado, un alto sentido del deber patriótico y una capacidad excepcional para asimilar y desarrollar las tecnologías importadas del exterior, eran atributos fundamentales para el éxito. La primera víctima del dinamismo imperialista de Japón fue China, donde se hallaban los recursos minerales y los mercados que el incipiente pero voraz capitalismo nipón anhelaba. En ese terreno chocaría también, en primer término, con las ambiciones de la Rusia zarista, que en 1904 –año de la guerra ruso-japonesa- estaba terminando el ferrocarril transiberiano, la estratégica vía que iba a unir a la Rusia europea con el Extremo Oriente. Para asombro de todo el mundo, la diminuta potencia asiática, favorecida por su situación geoestratégica, demolió a su rival en una serie de batallas por tierra y por mar, forzándolo a firmar la paz y dando lugar, indirectamente, al estallido de la revolución rusa de 1905, primera manifestación de la oleada de convulsiones sociales que iban a poner en tela de juicio el orden burgués y la jerarquía de las relaciones internacionales en el siglo violento que comenzaba.

Japón sacó ventaja, en esta primera confrontación de fuerzas, de las diferencias que dividían a las potencias “establecidas”. Gran Bretaña fue la maestra de la marina de guerra nipona y Alemania suministró la formación técnica de los cuadros de su ejército. La primera estaba interesada en contener a Rusia en sus pretensiones de expandirse en Afganistán y el Asia central, y la segunda en contar con un amigo que favoreciese sus ambiciones de compartir, con los otros tiburones imperiales, el saqueo de China, por entonces un país en plena desintegración.

De Port Arthur a Pearl Harbor 
La guerra contra Rusia se inició el 8 de Febrero de 1904 con un ataque por sorpresa a la flota rusa de Oriente, fondeada en Port Arthur. 37 años más tarde, un ataque similar contra Estados Unidos en Pearl Harbor culminaría el ciclo expansivo del imperialismo japonés y lo lanzaría de lleno a la batalla por la hegemonía mundial junto a la Alemania nazi. El resultado catastrófico de esa aventura es conocido por todos, pero no siempre se pone el énfasis necesario en el carácter revolucionario que el mismo tuvo para el conjunto de las relaciones de poder en todo el Extremo Oriente.

Después del triunfo contra Rusia, Japón se ubicó entre los grandes. Su disponibilidad de materias primas para fomentar su desarrollo era mínima, sin embargo, y eso incentivó su espíritu agresivo. La primera guerra mundial le proporcionó la oportunidad de hacerse con el puerto de Tsing Tao, en la costa china, donde los alemanes poseían una concesión franca, y de crear bases en el Pacífico a expensas de Alemania. A partir de entonces Japón redobló su política de penetración en China y se pusieron de manifiesto las dificultades que esta había de acarrearle tanto por la resistencia de los chinos a la agresión a que eran sometidos, como por la categórica oposición de Estados Unidos a esa tendencia expansiva en un mercado que quería para sí. La influencia de Washington fue ya a principios de la década de 1920 decisiva para que Inglaterra cambiara su actitud condescendiente para con Japón. Desde ese momento el Mikado entró en un rumbo de colisión con las potencias anglosajonas y con los restantes imperios coloniales establecidos en el sudeste asiático y en el Océano Índico. En las Indias Orientales Holandesas existían además los grandes reservorios energéticos de los que Japón estaba necesitado, pues dependía de la importación de petróleo para la subsistencia de su industria y sobre todo de su Armada, elemento clave, dada su condición insular, si pretendía continuar su carrera como potencia de primera categoría.

El carácter exigente de la coyuntura produjo, en Japón, una división que llevó a colisiones internas, en las que se trababan, de manera compleja, las pulsiones del nacionalismo radical –que encontró su máxima expresión en la oficialidad joven del ejército- y un ala política proclive a la negociación, aunque no menos favorable a la continuación de la expansión japonesa. Aunque las formulaciones más “revolucionarias” fueron abortadas después de algunos asesinatos y un sangriento intento de golpe , el resultado final fue que se afirmó la influencia militar en los gabinetes del Emperador Showa (Hirohito) y que las razones de la política exterior estuvieron cada vez más gobernadas por el imperativo geoestratégico de la expansión imperialista.

Esto llevó al acercamiento con la Alemania nazi y la Italia fascista y a la firma de tratados que ligaban de forma ostensible a los tres estados insatisfechos, aunque es de señalar que en todos los casos los gobiernos respectivos actuaron movidos por criterios pragmáticos antes que ideológicos y que, en el caso japonés, un franco oportunismo presidió cada una de las decisiones de la política exterior. Incluso después del ingreso de Tokio a la guerra junto a alemanes e italianos, los estadistas japoneses se preocuparon mucho más por sus propios objetivos que por la posibilidad de elaborar una estrategia conjunta con sus aliados. Cosa que se vio reflejada en su política frente a la URSS, ensarzada en lucha mortal con la Alemania nazi. Japón, tras algunas deliberaciones, decidió mantener el estatus quo con Moscú hasta que este fue roto por la misma Unión Soviética apenas antes del final de la guerra. En esa decisión japonesa primó la necesidad de hacer frente primero a la amenaza norteamericana y la de alcanzar sus objetivos en el sudeste asiático y en el Mar de Java.

Determinado a forzar a una reluctante opinión pública norteamericana para que participase en una guerra en la que se decidía el balance del poder mundial, el presidente Franklin Delano Roosevelt y sus asesores presionaron a Japón hasta extremos que para este eran intolerables. Las demandas de Washington eran éticamente sustentables, pero inaceptables para Japón. Se le exigía la retirada no sólo de la colonia francesa de Indochina, recientemente ocupada, sino de la misma China, en cuya conquista Japón había cifrado su destino. Cuando lanzó el ataque a Pearl Harbor, a la Armada nipona le quedaban seis meses de reservas de combustible. El embargo comercial y sobre todo energético había estrangulado a los japoneses, no dejándoles otra opción que un repliegue imposible –pues hubiese hundido al país en un desorden civil de características impronosticables- o la fuga hacia delante. Los gobernantes nipones eligieron el segundo camino, con el resultado conocido por todos.

La Esfera de Coprosperidad Asiática 
Pero el dato realmente importante y que saca al caso japonés de los trillados caminos de la política imperialista, es la contribución decisiva, aunque involuntaria, que prestó su política agresiva a la dialéctica de la revolución colonial en Asia. En la mente de los estadistas japoneses afloró una ocurrencia dirigida a explotar el sentimiento antioccidental que cundía en toda Asia. Fue la de fundar una Esfera de Coprosperidad del Este de Asia, que encubría la primacía de Japón en el nuevo y potencial ordenamiento, pero que reflejaba una tendencia histórica irresistible: el deseo de los países sometidos a la influencia imperialista occidental a escapar de esta y a gobernarse por sí mismos. Cualquiera haya sido la sinceridad o el mero oportunismo de la propuesta, el curso de la guerra rápidamente la hizo inviable. A mediados de 1942 Japón había alcanzado el grado máximo de su expansión militar y a partir de ahí -de la batalla de Midway más exactamente-, dio comienzo el retroceso que acabó tres años más tarde con la destrucción de Hiroshima y Nagasaki y la capitulación del Imperio. No hubo tiempo de ver esa política en acción. Pero la idea hizo su camino y dio lugar incluso a algunos gobiernos –en las Indias Orientales Holandesas, en Birmania y en la conformación de otro en el exilio para la India- que en algunos casos formaron cuadros que luego participarían en la lucha por la emancipación. El factor más perdurable, sin embargo, fue la huella psicológica que dejó la impresionante serie de victorias que los japoneses obtuvieron en los primeros cinco meses de su ingreso a la guerra. Ahí se rompió el mito de la invencibilidad militar de Occidente. Singapur, Hong Kong, las Indias Orientales Holandesas, las Filipinas y el archipiélago de las Salomón, que cubría a Australia por el norte, cayeron con rapidez en manos de los japoneses. Fue un verdadero golpe de maza para el prestigio occidental, en especial si se considera que esos triunfos fueron obtenidos por fuerzas inferiores en número a las de sus oponentes occidentales, atrincherados en plazas fuertes conceptuadas invulnerables, tales como Singapur o Corregidor. Malaya y las Indias Orientales Holandesas fueron conquistadas en un santiamén por un ejército que se movilizaba en gran parte a pie o en bicicleta, y de la eficacia de la aviación y de la Armada niponas dieron testimonio las batallas de Pearl Harbor, del Mar de Java y de la serie de combates que se libraron, con resultado alterno, en torno de las Salomón.

Los procedimientos japoneses fueron con frecuencia injustos y bárbaros, en especial en China, donde tocaron extremos de una brutalidad absoluta. Su respeto por las normas de la guerra no fue destacado. Pero un ejército de guerreros que desprecia su propia vida es difícil que se sienta dispuesto a respetar la vida de sus enemigos. Como quiera que sea, ese tsunami de ardor belicoso que sumergió a gran parte de Asia para remitir luego, arrasó con viejos mitos y dejó un campo en barbecho, listo para que en él florecieran las semillas del nacionalismo y el socialismo que aun hoy forman la combinación más explosiva y temible para el sistema de relaciones sociales erigido por el imperialismo.

Dialéctica de la revolución en Asia 
El curso complejo y contradictorio de la historia encuentra en la peripecia del Japón un ejemplo extremo de su complejidad dialéctica. Una complejidad que desafía la comprensión banal que el progresismo a la moda tiene del curso que deberían tener los acontecimientos que moldean la realidad. La rigidez y el espíritu marcial de los japoneses no eran compatibles con los derechos individuales ni con las banderas de la libertad laxa que tanto preocupan al progresismo, como tampoco lo era el espíritu nada recomendable de superioridad racial que portaban y que era una de las pocas cosas que los aproximaba a sus ocasionales aliados nazis; sin embargo fueron esos los factores que en buena medida dinamitaron el ordenamiento colonial en Oriente.

Desde luego, después llegaron la Bomba y la Nueva Era. Pero nada se cerró entonces y todo sigue abierto ahora. A una escala impensada en 1945. La humillada China, templada en la lucha contra el Japón y en su propia guerra civil determinada en gran medida por el conflicto que oponía al maquiavélico Chiang Kai Shek y a su filo occidental Kuomintang con los comunistas, se ha erigido a través de un tortuoso camino en una superpotencia que empequeñece a cuantos la rodean. Los países del sudeste asiático son emporios. India, pese a su separación de Pakistán, es también una potencia de primera magnitud. El Imperio Británico ha desaparecido en lontananza. El francés también. Estados Unidos arrastra ahora a los vestigios de esos ex imperios en decadencia y se prodiga en un esfuerzo por imponer su hegemonía global haciendo centro, precisamente, en el área asiática; pero lo tiene muy difícil. Siempre pretendió hacerse cargo de la herencia de las viejas potencias coloniales y de hecho ha sido la condensación más poderosa de los rasgos que connotaron al predominio occidental en el mundo: fuerza militar, dinamismo económico y superioridad tecnológica. Pero esos rasgos no pertenecen ya en exclusiva a Occidente, como ocurría en el siglo XIX; como lo demostró Japón en su momento, el universo asiático y China e India en particular son partícipes de ese desarrollo y detentan una capacidad de disuasión militar –incluso nuclear- que pone cualquier atrevimiento hegemónico en el borde de la colisión global.

La vasta media luna que va del Medio hasta el Extremo Oriente es el campo de batalla, todavía más potencial que efectivo, donde se dirime el que probablemente sea el último intento del imperialismo occidental de imponer su razón por encima de todas las otras, con el propósito de hacerla durar por otro prolongado lapso de la evolución histórica. Las debilidades que traban este intento están suministradas por una opinión pública –norteamericana y europea- cambiante y poco propensa al aventurerismo militar-, y por la crisis que castiga a la economía especulativa en que se finca el sistema capitalista tanto en Estados Unidos como en los países de la Unión Europea. Pero sabemos muy bien que las crisis de esta naturaleza exacerban más que refrenan las pulsiones agresivas del sistema dominante y que la opinión pública es manipulable en grado sumo. Los geoestrategas norteamericanos no ocultan sus miras respecto a impedir a Rusia reconstituir su antigua presencia en Europa y tampoco disimulan su propósito de acceder al control del Asia central. El deseo de controlar con mano de hierro al Medio Oriente, la siempre presente eventualidad de una destrucción de Irán y la guerra en Afganistán, con una probable extensión a Pakistán, dan testimonio de esa decisión determinada por el deseo de guardar para sí los reservorios petrolíferos y de canalizar su producción hacia Occidente por vías seguras, así como de la determinación de impedir la consolidación de un poder que no sea el propio en la “región cardial” del planeta. La constante expansión armamentista de Estados Unidos y el despliegue de sus bases y flotas en todos los puntos neurálgicos del área que consideramos no son, desde luego, iniciativas dirigidas a “conservar la paz”, sino movimientos fundados en la decisión de controlar y en última instancia abatir a los estados que pueden molestar el predominio norteamericano. El recurso propagandístico de la “guerra contra el terror” como pantalla para ocultar estos propósitos puede parecer infantil, pero cumple una función muy precisa y extraordinariamente persuasiva en el seno de las masas asustadas y soliviantadas por actos tan espectaculares y sangrientos como los del 11/S. Al menos, durante un lapso.

Pero no hace falta mucho tiempo para determinar un cataclismo que desencadene una cadena de hechos imparables, frente a los cuales cualquier arrepentimiento tardío será inútil.

La historia no se detiene; las victorias japonesas de 1941 y los primeros meses de 1942 prolongaban y hacían estallar una bomba de tiempo que se había cargado por lo menos durante un siglo en Asia; pero asimismo prologaban un desarrollo que en nuestros días está tomando contornos gigantescos. Y no será forjándose falsas ilusiones sobre un supuesto inexorable avance de la humanidad hacia la armonía y la libertad, sino con una geopolítica nacional genuina y armando a nuestra región con las herramientas del intelecto y de una potencia estructural autosustentable, que se podrán encarar los retos de un presente preñado de tormentas.



Notas

Winston Churchill: La segunda guerra Mundial, tomo 3, La Gran Alianza.

Hay un perceptivo retrato de uno de esos jóvenes radicales en la novela de Yukio Mishima Caballos desbocados, publicada por Caralt.





(*) Enrique Lacolla. Escritor, periodista y docente. Desde 1962 a 1975 miembro de los Servicios de Radioteledifusión de la Universidad Nacional de Córdoba.

Entre 1975 y 2000 miembro del staff de La Voz del Interior, donde continuó colaborando en forma asidua hasta abril de 2008.

Profesor titular de Historia del Cine en la Escuela de Cine de la UNC desde 1967 hasta 2002, salvo durante el interregno producido por la Dictadura.
Libros recientes publicados:
El Cine en su Época - Aportes para una historia política del filme (2003)
El Siglo Violento - Una lectura latinoamericana de nuestro tiempo (2005)
Apuntes de Ruta (2006)
Galardonado en el año 2005 con el Premio Consagración Letras de Córdoba, la más alta distinción que otorga la Provincia al mérito literario.



10 de enero de 2011

RODOLFO WALSH




RODOLFO WALSH

Rodolfo Walsh nació en Lamarque, Río Negro, Argentina, 9 de enero de 1927 y se encuentra desaparecido desde el 25 de marzo de 1977 en Buenos Aires. periodista, escritor, dramaturgo y traductor argentino que militó en la Alianza Libertadora Nacionalista y, luego, en las organizaciones guerrilleras FAP yMontoneros.
Como escritor trascendió por sus cuentos policiales ambientados en Argentina y por sus libros de investigación periodística sobre el fusilamiento ilegal de civiles en José León Suárez de junio de 1956"Operación Masacre" y sobre los asesinatos de Rosendo García ."¿Quién mató a Rosendo?",y Marcos Satanowsky ,"Caso Satanowsky".

Rodolfo Jorge Walsh ,descendiente de irlandeses, llegó a Buenos Aires en 1941 para realizar sus estudios secundarios. Completados estos, comenzó a estudiar filosofía y letras pero abandonó para emplearse en los más diversos oficios: fue oficinista de un frigorífico, obrero, lavacopas, vendedor de antigüedades y limpiador de ventanas. A los 17, había comenzado a trabajar como corrector en una editorial, germen de su oficio de periodista, en el que habría de destacarse.
En 1951 comenzó a trabajar, para la Editorial Hachette, en las revistas "Leoplán" y "Vea y Lea."
Meses después de producidos los fusilamientos clandestinos en el basural de José León Suárez por órdenes del gobierno de la "Revolución Libertadora", recibe la información de que hay "un fusilado que vive".Luego de su encuentro con Juan Carlos Livraga, el sobreviviente de aquellos fusilamientos, Walsh escribió un libro sobre esos hechos, en el cual escribiría:

"Esta es la historia que escribo en caliente y de un tirón, para que no me ganen de mano, pero que después se me va arrugando día a día en un bolsillo porque la paseo por todo Buenos Aires y nadie me la quiere publicar y casi ni enterarse".

Finalmente, consigue la publicación en un pequeño diario nacionalista. La serie de notas sobre la investigación -que realiza clandestinamente y en íntima colaboración con Enriqueta Muñiz- serán recopiladas y noveladas en su Operación Masacre, con el subtítulo "Un Proceso Que No Ha Sido Clausurado" de Ediciones Sigla, una pieza de investigación periodística precursora del "nuevo Periodismo" que 15 años después, enfilmación clandestina y militante fue llevada al cine. Su obra recorre principalmente el género policial, periodístico y testimonial, con libros que alcanzaron gran éxito de difusión como Quién mató a Rosendo o Caso Satanowsky. La novela Operación Masacre dio comienzo a lo que hoy se le llama Periodístico Narrativo o Novela Testimonio, aunque se reconoce como su creador a Truman Capote por la novela A Sangre Fría escrita en 1966, 9 años más tarde.


 Entre 1944 y 1945 tuvo acercamientos a la Alianza Libertadora Nacionalista , un agrupamiento que el mismo Walsh caracterizó años más tarde como:

"la mejor creación del nazismo en la Argentina...antisemita y anticomunista en una ciudad donde los judíos y la izquierda tenían peso propio."

 Allí conoce y traba amistad con unos jóvenes Rogelio García Lupo y Jorge Ricardo Masetti. Este último, creador de la Agencia de Noticias Prensa Latina por indicación de Ernesto "Che" Guevara,
Massetti,los convocaría a ambos, años más tarde para la construcción de esa agencia cubana.
Walsh adhirió explícitamente al peronismo en fecha posterior a octubre de 1956 en que firmó en la revista Leoplán de ese mes la nota que decia:

 "Aquí cerraron sus ojos laudatoria de los aviadores navales caídos mientras bombardeaban a resistentes peronistas durante la Revolución Libertadora."

Incluso en septiembre de 1958 escribió:

“No soy peronista, no lo he sido ni tengo intención de serlo....Puedo, sin remordimiento, repetir que he sido partidario del estallido de septiembre de 1955. No sólo por apremiantes motivos de afecto familiar –que los había-, sino que abrigué la certeza de que acababa de derrocarse un sistema que burlaba las libertades civiles, que fomentaba la obsecuencia por un lado y los desbordes por el otro. Y no tengo corta memoria: lo que entonces pensé, equivocado o no, sigo pensándolo…Lo que no comprendo bien es que se pretenda obligarnos a optar entre la barbarie peronista y la barbarie revolucionaria. Entre los asesinos de Ingallinella y los asesinos de Satanowsky.”

En 1959 viajó a Cuba, donde junto con sus colegas y compatriotas Jorge Masetti, Rogelio García Lupo, y el escritor colombiano Gabriel García Márquez fundó la agencia Prensa Latina. De regreso a la Argentina trabajó en las revistas "Primera Plana", "Panorama" y ya durante la dictadura de Onganía, fundó el semanario de la CGT de los Argentinos que dirigió entre 1968 y 1970, y que luego de la detención de Raimundo Ongaro y el allanamiento en 1969 a la CGTA se publicaba clandestinamente.En 1972 escribió durante un año en el Semanario Villero y a partir de 1973 enel diario Noticias junto a su amigo Paco Urondo y Miguel Bonasso, entre otros.
A mediados de 1970, Walsh había empezado a relacionarse con Montoneros, y en 1973 ya era un importante oficial de esa organización armada. Su primer nombre de guerra fue “Esteban” y luego fue conocido como“El Capitán”, “Profesor Neurus” o “Neurus”.

En 1974 comenzaron las diferencias de Rodolfo Walsh con Montoneros, a partir del pase a la clandestinidad decidido por la organización. A finales de 1975 algunos oficiales, entre los que estaba Walsh, comenzaron a elaborar documentos afirmando que Montoneros:

"...debía volver a integrarse al pueblo, separar a la organización en células de combate estancas e independientes, distribuir el dinero entre las mismas y tratar de organizar una resistencia masiva, basada más en la inserción popular que en operativos del tipo foquista".

En 1976, dada la censura impuesta por la dictadura militar Walsh creó ANCLA, (Agencia de Noticias Clandestina), y la "Cadena informativa"un sistema de difusión de información de mano en mano cuyas gacetillas decían en el encabezado:

"Reproduzca esta información, hágala circular por los medios a su alcance: a mano, a máquina, a mimeógrafo, oralmente. Mande copias a sus amigos: nueve de cada diez las estarán esperando. Millones quieren ser informados. El terror se basa en la incomunicación. Rompa el aislamiento. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad. Derrote el terror. Haga circular esta información".

Walsh fue sospechado del asesinato de Augusto Timoteo Vandor, a quien él había señalado como autor del crimen del dirigente sindical Rosendo García. Sin embargo, su sorpresa al enterarse de la muerte de Vandor le resta verosimilitud a esta acusación, segun cuenta un lugarteniente:

-"Siéntese"- me dijo. Parecía agitado, pero como a menudo lo veo así, no le hice caso
-"Tengo una noticia que se va a caer de culo" -dijo-. "Siéntese.,,!!!"
Le seguí la corriente. Me senté. Pero en seguida volví a pararme. Porque lo que él acababa de decir era esto: -"Mataron a Vandor. Parecía. Está en la radio" -dijo-." Llamé a Clarín, a Télam, a Crónica. Me alegré. Dije que me alegraba. Todavía me alegra. Pero entonces supe que tendría que irme hasta que las cosas se asentaran un poco. Me llevó casi dos horas preparar mis cosas, afeitarme. ¡Afeitarme!"

Luego de este hecho se refugió clandestinamente en el Delta de Tigre.

El 29 de septiembre de 1976 su hija María Victoria,su nombre de guerra era"Hilda", y "Vicki" para los familiares y amigos, oficial 2da. de la organización Montonerosmurió en un enfrentamiento con el Ejército, el día posterior a su cumpleaños 26,fue llamado "El combate de la calle Corro". Al verse rodeada y sin posibilidad de escape en la terraza de la casa, ella y Alberto Molina, el último sobreviviente, levantaron los brazos y tras un breve discurso que finalizó con la frase: "ustedes no nos matan, nosotros elegimos morir", tanto Alberto como Vicki se dispararon en la sien. En diciembre de ese año Walsh publicó un mensaje -en el que relata las circunstancias del hecho- llamado Carta a mis amigosEn junio del mismo año en Mendoza, su amigo Paco Urondo que militaba en Montoneros, es muerto en un enfrentamiento con la policía, para evitar su posible detención, se había suicidado tragando una pastilla de cianuro.
Su otra hija, Patricia, es actualmente una dirigente política argentina.

El 25 de marzo de 1977, un día después de fechada su Carta Abierta de un Escritor a la Junta Militar, las versiones afirman que Rodolfo Walsh se encontraba a pie cerca del cruce de las avenidas San Juan y Entre Ríos,en Buenos Aires, según narra su última mujer, Lilia Ferreyra en el documental P4R+, Operación Walsh: 

"después de enviar por correo los primeros ejemplares -de la carta- en un buzón de Plaza Constitución", cuando un grupo de tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada le dio la orden de entregarse pero Walsh se resistió con el arma que llevaba y fue herido de muerte".

Los integrantes de ese grupo están siendo juzgados por el secuestro y muerte del escritor. Los acusados, quienes según la Cámara Federal de Apelaciones,“paseaban a secuestrados en automóvil”, para identificar a Walsh, también llevaron a quien “cantó” esa cita que el escritor tenía en el lugar donde se lo secuestró. Ricardo Coquet, un sobreviviente que testificó ante el juez Torres, relató que uno de los imputados, el ex oficial Weber, le contó orgulloso:

“Lo bajamos a Walsh. El hijo de puta se parapetó detrás de un árbol y se defendía con una 22. Lo cagamos a tiros y no se caía el hijo de puta”.

Según declaraciones de detenidos que sobrevivieron, en la ESMA (Escuela Mecánica de la Armada) su cuerpo fue exhibido posteriormente a los secuestrados.
La vida y obra de Walsh fue retratada en el documental "P4R+, Operación Walsh" (2000) de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora y ha recibido premios nacionales (Cóndor de Plata a mejor videofilme, año 2000) e internacionales.
La personalidad de Rodolfo Walsh ha sido destacada en los ámbitos literarios como un caso paradigmático de la tensión entre el intelectual y la política, o entre el escritor y el compromiso revolucionario. No obstante, el mismo Rodolfo Walsh se consideraba un combatiente revolucionario antes que un escritor, y así lo manifestaba públicamente.
Su Carta Abierta a La Junta Militar fue llevada al cine mediante el corto "Las AAA son las tres armas", producido por el grupo Cine de La Base liderado por el desaparecido director Raymundo Gleyzer.
El 26 de octubre de 2005, fueron detenidos 12 militares, entre los que estaba el ex marino Juan Carlos Rolón, en relación con la muerte de Rodolfo Walsh.
El 17 de diciembre de 2007 el juez federal Sergio Torres elevó a juicio oral la causa en la que están imputados por:

"privación ilegítima de la libertad doblemente agravada por haber sido cometida con abuso de sus funciones y con las agravantes correspondientes por haber sido perpetrada con violencia y amenazas" y "robo agravado por haber sido cometido en poblado y en banda" Alfredo Astiz, Jorge "Tigre" Acosta, Pablo García Velasco, Jorge Radice, Juan Carlos Rolón, Antonio Pernías, Julio César Coronel, Ernesto Frimon Weber y Carlos Orlando Generoso".
Un décimo acusado el ex prefecto Héctor Antonio Febrés falleció horas antes por ingestión de cianuro en hechos que requirieron una investigación

Sus Obras
Cuentos
  • Diez cuentos policiales (1953)
  • Variaciones en rojo (1953)
  • Antología del cuento extraño (1956)
  • Los oficios terrestres (1965)
  • Un kilo de oro (1967)
  • Un oscuro día de justicia (1973)
  • " Un cuento para tahures"
Investigaciones periodisticas
  • Operación Masacre (1957)
  • ¿Quién mató a Rosendo? (1969)
  • Caso Satanowsky (1973)
Teatro
  • La granada (1965)
  • La batalla (1965)
Póstumos
  • Los oficios terrestres (1986)
  • Cuento para tahúres y otros relatos policiales (1987)
  • Ese hombre y otros papeles personales (1995)
  • El violento oficio de escribir. Obra periodística (1955-1977) (2008)
  • Tres portugueses bajo un paraguas (sin contar el muerto)
  • Asesinato a Distancia
  • Esa Mujer
Así escribía Rodolfo Walsh

"Desde el gran ventanal del décimo piso se ve la ciudad en el atardecer, las luces pálidas del río. Desde aquí es fácil amar, siquiera momentáneamente, a Buenos Aires. Pero no es ninguna forma concebible de amor lo que nos ha reunido.
El coronel busca unos nombres, unos papeles que acaso yo tenga.
Yo busco una muerta, un lugar en el mapa. Aún no es una búsqueda, es apenas una fantasía: la clase de fantasía perversa que algunos sospechan que podría ocurrírseme.
Algún día (pienso en momentos de ira) iré a buscarla. Ella no significa nada para mí, y sin embargo iré tras el misterio de su muerte, detrás de sus restos que se pudren lentamente en algún remoto cementerio. Si la encuentro, frescas altas olas de cólera, miedo y frustrado amor se alzarán, poderosas vengativas olas, y por un momento ya no me sentiré solo, ya no me sentiré como una arrastrada, amarga, olvidada sombra.
El coronel sabe dónde está.
Se mueve con facilidad en el piso de muebles ampulosos, ornado de marfiles y de bronces, de platos de Meissen y Cantón. Sonrío ante el Jongkind falso, el Fígari dudoso. Pienso en la cara que pondría si le dijera quién fabrica los Jongkind, pero en cambio elogio su whisky.
El bebe con vigor, con salud, con entusiasmo, con alegría, con superioridad, con desprecio. Su cara cambia y cambia, mientras sus manos gordas hacen girar el vaso lentamente..."

Fragmento del relato "Esa mujer"

QUERIDO COMPAÑERO RODOLFO WALSH MI ADMIRACIÓN A TU ESPIRITU DE LUCHA POR EL PUEBLO...!!! PRESENTE...!!! HASTA LA VICTORIA SIEMPRE...!!!