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25 de septiembre de 2011

LA CULTURA, LA SALUD, EL PUEBLO


*Por Jorge Rachid


         Uno puede preguntarse donde confluyen elementos en apariencia distantes pero imbricados en una confluencia de pensamientos, íntimamente ligados a la hora de las definiciones sanitarias, verdadera hipoteca social a construir en los próximos tiempos.

         Desde la cultura, expresada como una conciencia colectiva del pueblo argentino, anida como elemento determinante la salud como un derecho humano, esencialmente solidario, de cuidado universal en términos sanitarios, de valoración permanente de una sociedad que sólo en salud puede construir un destino común, sin diferencias raciales, étnicas ni sociales. Una cultura que se reconoce desde los albores del siglo XX como herramienta común del bien social compartido, con un estado presente y una accesibilidad plena al conjunto del pueblo.

         El cuidado de la salud es una tarea permanente de la comunidad organizada, desde la niñez a partir del momento mismo de la gestación, con controles maternos, seguimientos de embarazo, nacimientos pautados, control médico, planes de vacunación y asistencia materno infantil. Alimentación correcta, seguimiento hasta el año de vida, control escolar, condiciones de vida con indicadores presentes que impliquen el desarrollo pleno del niño hasta su edad escolar, con apoyo sanitario en la escuela en exámenes periódicos hasta su finalización en la educación sistemática, hacen de un pueblo una posibilidad de desarrollo pleno en sus posibilidades de crecimiento y movilidad social ascendente. La prolongación de los sistemas de apuntalamiento de la salud en la vida laboral, ámbito de seguimiento y detección precoz de patologías, en la etapa media de la vida, con medidas de higiene y seguridad en el trabajo, eliminando las posibilidades de enfermedades profesionales y siniestralidad laboral, para llegar a la etapa plena de la llamada tercera edad con el menor índice de deterioro posible para gozar de una vejez digna de ser vivida, es posible en una acción planificada a tal fin.

         Esa concepción, es una cultura asentada en la organización social a la cual está destinada, que debe ser de participada en forma activa en la comunidad en la cual se referencia, ya que conoce íntimamente las prioridades sanitarias de su lugar de referencia. Esa organización naturalmente diferente en ámbitos rurales y urbanos, respetando las características endémicas de las provincias argentinas y con respuestas puntuales de los sistemas de abordaje a la preservación de la salud del pueblo. Un país justo es aquel que tiene en su despliegue territorial los mismos indicadores de salud en cada rincón de la Patria, eso es justicia social, es concepto central en la medicina social.

         En ese sentido sin dudas se avanzó en los últimos años con obra pública, que operó sobre la salud de la Nación, con agua corriente donde no la había, cloacas eliminando el riesgo de contaminación de napas subterráneas, viviendas sociales aún escasas por la demanda contenida por décadas de inacción, pero en proceso de construcción plena, mas la asignación universal por hijo que reinsertó al niño a la escuela, ámbito natural de socialización y con cumplimiento de la plantilla de vacunación, para acceder al derecho social. Esas medidas realizada, por fuera del ámbito específico del ministerio de salud, que se erige por etapas, como herramienta de propiedad médica, en esa desviación neoliberal que transforma el tratamiento de la enfermedad, como eje excluyente del sistema sanitario.

         La enfermedad es un negocio desde el punto de vista del lucro, en los sectores de la medicina privada y siendo la salud y su preservación como política prioritaria, es contraria a esos objetivos económicos y favorable a los sistemas solidarios de salud.

         De ahí que la industria farmacéutica y el avance indiscriminado de la tecnología médica, han hecho de la relación médico paciente una máquina de de recetar y solicitar estudios, antes que una valoración semiológica plena de las circunstancias que determinan los síntomas y signos de la enfermedad, que sólo se logra interrogando, revisando, explorando el cuerpo del paciente antes que la receta rápida y el estudio de última generación. Volver al médico reflexivo y de diagnósticos diferenciales que justifiquen su accionar, que dirijan y orienten al paciente, que expliquen los pro y los contra de los tratamientos, implica una política que va desde cambiar las currículas de formación en la universidad, hasta la formación permanente durante su vida profesional, lo mismo que el personal auxiliar de la medicina desde la enfermera al camillero, desde el ambulanciero al agente sanitario, en una tarea a planificar y jerarquizar en su accionar.

         Los sistemas solidarios de atención de la enfermedad han sido fragmentados e intrusados por los sistemas de lucro, en una acción desarrollada a través de créditos del Banco Mundial, que llevó al gerenciamiento del PAMI, las prepagas dentro del sistema de obras sociales por la desregulación de las mismas, al kioscado de servicios (por ejemplo resonancia magnética privada y laboratorios de análisis en ámbito hospitalario) en los hospitales públicos y deterioro paulatino de los institutos provinciales, que han generado una diáspora de atención e injusticias regionales, que hacen desde la expectativa de vida del niño al nacer, según la región, una diferencia social absolutamente injusta.

         Cuando el eje de la salud pasa por el financiamiento como estructuración de las políticas a largo plazo, entramos por la ventana a una discusión que nos debemos sobre un plan nacional de salud solidario e integrado, donde los recursos de la solidaridad estén preservados para ese único fin al cual aportan los trabajadores activos y pasivos del país, parte sustantiva de los cuales, contados en miles de millones, son captados por los sistemas de prepagas, verdaderos negocios de lucro, a costa de los sistemas solidarios de salud .

         Entre el sector público hospitalario que atiende 17 millones argentinos, los institutos provinciales que suman 6 millones, las obras sociales que dan cobertura a 16 millones, el PAMI con otros 6 millones y sumando mutuales y cooperativas, como se observa la cuenta total, por la suma que supera los últimos censos de población, demuestra los entrecruzamientos que son moneda corriente y que pese a los aportes no logra una atención comunitaria plena. En ese sentido que la industria farmacéutica conlleva el 31% del gasto en salud, en un verdadero disparate social que no ocurre en ningún lugar del mundo. Debemos agregar además que 2,5 millones de personas están en las prepagas recientemente reguladas por ley, pero sin evitar la intrusión en los sistemas solidarios, de los cuales se nutren, sin aportar al APE (administrador de programas especiales conformado por el 15% del aporte de los trabajadores que se suma al 3% del salario, en forma solidaria para el PAMI), lo cual significa un verdadero vaciamiento económico de recursos solidarios, destinados a la salud con aporte de salario diferido.

         Cerrar con imaginación y creatividad, los sistemas solidarios sobre si mismos, excluyendo los sistemas de lucro, de cara a la medicina social del siglo XXI, implica un proceso de construcción por etapas de complementación en áreas críticas como alta complejidad, medicamentos de alto costo y baja incidencia, discapacidad, programas especiales sin financiamiento actual como fertilización asistida y cirugía bariátrica, leyes correctas desde el punto de vista médico pero inviables sin el financiamiento adecuado. El sistema solidario debe cerrar una mesa de cuatro patas con el PAMI, los institutos provinciales, las obras sociales sindicales y el sector público hospitalario que vaya complementando esas áreas, sin perder identidad, con planificación compartida en lo estratégico, con protocolos comunes de tratamiento, con carrera médica compartida, sistemas de control y seguimiento informático comunes que incluyan historia clínicas, recuperando recursos de las ART y los seguros de terceros por descuento automático como realiza hoy el hospital público sobre las obras sociales, entre otras medidas de apuntalamiento paulatino de reconstrucción de los sistemas solidarios desvastados por la lógica economicista neoliberal.

         La inversión total en salud en el país es de 122 mil millones de pesos, de los cuales casi 30 mil son de obras sociales de trabajadores conveniados, 17 mil del PAMI  también de aporte solidario con la misma cifra en los Institutos Provinciales, lo que determina que mas del 50% del gasto en atención de la enfermedad proviene de los sistemas solidarios. En ese gasto anual participa el sistema privado de prepagas en un 25% para atender a menos del 10% de la población en forma directa, mientras mas del 90% de nuestro pueblo se atiende por los aportes solidarios y gastos de bolsillo que no son menores a la hora de la enfermedad.

         El desafío entonces se da en el marco de la planificación sanitaria nacional y federal, participativa y solidaria, en la cual los actores actuales interactúen en un Consejo Nacional de la Seguridad Social, que es deseable sea por ley y que fije pautas desde el arancelamiento de los prestadores hasta la protocolización médica de los tratamientos, con inversión plena en la prevención y apuntalando la medicina social desde el médico de familia hasta la alta complejidad. Nuestro país tiene el recurso humano necesario para hacerlo, tiene instituciones aptas para administrarla, tiene experiencia en cubrir la demanda y tiene una cultura en el seno del pueblo que lo hace viable en el largo plazo, recuperando la concepción carrillista enterrada por la lógica del pensamiento neoliberal.

*CABA, 14 de septiembre de 2011
jorgerachid2003@yahoo.com.ar
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