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11 de septiembre de 2011

“CALENTITOS LOS PANCHOS” O EL DESAFINADO CLARINETE


*Por José Antonio Gómez Di Vincenzo


El gordo Pizza, en alguna otra oportunidad, no recuerdo bien por qué creo haberlo evocado, ése que llegó al barrio en plena época de la plata dulce y que no perdía oportunidad para enrostrarnos a los viejos habitantes del Bajo todos los chirimbolos que el viejo, en aquel entonces en un ascenso tan pronunciado como su caída libre en los 90, le traía de Miami. A ese gordito divertido no le gustaba perder. En los picados, cuando las cosas empezaban a ir mal, hacía todo tipo de trampas. Agrandaba el arco contrario pateando los buzos que hacían de palos, asimismo achicaba el de su equipo, tiraba la pelota al baldío de al lado para hacer tiempo y demás. Pizza (creo ya haberlo contado, perdón aquel que ya leyó) era el dueño de la única pelota de cuero respetable del barrio. Cuando las cosas se ponían jodidas, el gordito se iba a la casa. Después de hacer trampa, se iba con la excusa de que era la hora de tomar la leche o de bañarse.

El tiempo pasó… En el barrio Pizza pasó a la historia por muchas otras… ¿hazañas? ¿Trampas? Hija de puteces. En mi recuerdo aparece como un anticipo cárnico de un neoliberalismo que se venía, incapaz de dejar de mirarse el ombligo, individualista, canchero sin qué, hablador, boca torcida, risa extraviada, que extorsionaba con juguetes para que los pibes del barrio simulen por un rato ser sus amigos. Igual que el capitalista (ése amo de su padre y por ley transitiva su señor también) en el mercado comprando la fuerza de trabajo, este pibe pretendía comprar amigos. ¿Qué será de su vida?

No importa. Lo evoco porque inmediatamente vino a mí la imagen del pusilánime que en el barrio se envalentonaba cuando la cosa pintaba a favor y rajaba ante la mala, fastidiado pero siempre con mala leche. Mal perdedor, conspirador, torpe. El recuerdo de Pizza va de la mano de la sensación que invade a este cronista mientras lee y trata de digerir el Clarín del domingo 4/09/11. Y aquí vamos…

Una vez más, no sin cierto fastidio, siento la necesidad de escribir al menos unas líneas sobre el diario del hombrecito con clarinete. Iré al punto enseguida. Pero antes una aclaración:

No diré nada en defensa del Ministro Randazzo a quien los acólitos de Noble apuntan casi todos sus misiles (la analogía es mala, debería haber dicho fuegos artificiales) fustigando por la supuesta denuncia que el florido funcionario hizo a los diarios por atentar contra la democracia y rescatando el rol de tres cronistas que por hacer su laburo casi desde el lugar común (como suele ser habitual en el periodismo argentino) son elevados al plano de santos mártires de la causa (Ver nota de Viau). No se encontrará aquí ningún intento por defender a Boudou, a quien se lo quiere presentar como el muchachito irresponsable “que hace pogo en un festival de rock”, un sumiso alcahuete de la presidenta, con la misión de hostigar al periodismo (Ver opinión de Kirschbaum). Diré muy poco de la crítica que recibe Aníbal Fernández, actor importante a la hora de hincharle los huevos a la corporación mediática, demonio principal para el diario, por “desestimar la ayuda del FBI para combatir la inseguridad” (Ver nota de Niebieskikwiat). Mariconamente allí, por no decir cipayamente, la cronista reproduce un facsímil extraído de las comunicaciones secretas de la Embajada de EEUU, llevados a la luz por ese extraño fenómeno denominado WikiLeaks, donde Fernández, cuando era Ministro de Justicia, además de rehusarse a recibir la ayuda del FBI norteamericano, mojándoles la oreja a los yanquis además les dice en la cara, como corresponde a los códigos del barrio, que las tasa de homicidios en la Argentina es significativamente más baja que en los países vecinos tanto como en los Estados Unidos. La verdad no hay mucho que decir. En lo personal prefiero un tipo que tiene claro lo que significa que el FBI accione en el país y por eso les rechaza su “ayuda” a un lame botas que se compra los espejitos de colores de los funcionarios yanquis de Washington. La nota parece más bien un lloriqueo nostálgico evocando tiempos de relaciones carnales que el resultado de una investigación seria.  Hasta acá. El gobierno tiene sus entrenados defensores mediáticos, no me asumo como tal.

Todo este escrito tiene que ver con el hartazgo. Una vez más, vuelven con esto de la libertad de prensa pretendiendo que el público piense que de lo que se trata es de “subordinar al periodismo”. El que lleva la voz esta vez, su editor Kirschbaum. La categoría es nueva pero vieja al mismo tiempo. El gobierno no censura como se hacía en épocas de dictadura dice Kirschbaum en su editorial. “No existe censura directa” sostiene. Nunca explica la supuesta categoría opuesta: la censura indirecta que parece sí estar vigente. Coherente con el todo, nunca explica nada, nunca desarrolla un concepto que pretende hacer funcionar como categoría de análisis. El editor del clarinete habla de “condicionamientos”. Pero… ¿Qué entiende nuestro personaje por condicionamientos? Que el gobierno no quiera poner publicidad oficial en su diario, que utilice los medios estatales y a privados amigos para “demonizar y descalificar toda aquella versión que afecte el relato oficial” (Las negritas son de Kirschbaum). El rezongo llega al paroxismo total cuando el editor acongojado dice.

“Lo cierto es que ponen empeño en esa tarea [está hablando de los Ministros y de la tarea que según él, ellos llevan a cabo participando en programas y diarios afines al gobierno para criticar a Clarín y hostigarlo para tratar, supuestamente de subordinarlo] y se olvidan de que, entre sus funciones, está la de garantizar los derechos de la sociedad, no de una porción que le es adicta, no importan cuán grande ésta sea”. (Las negritas son de Kirschbaum).

Tremendo… Quienes votan por K son adictos y los funcionarios K idiotas que no cumplen el rol de defender el derecho de todos. El derecho de todos es supuestamente el derecho a informarse con el objeto de construir opinión. Derecho que el diario Clarín viola permanentemente. Derecho que el diario niega a quienes sí como adictos reproducen lo que el clarinete y sus acólitos dicen.

Se está confundiendo nuevamente a la gente. Acá no hay un derecho, hay una necesidad. La necesidad del diario de decir lo que se le canta sin que nadie diga nada, la necesidad de hacer resonar su clarinete, funcional defensor de los intereses materiales del grupo y sus amigotes y de mantener embobado a todo aquel sujeto interpretado, renuente a preguntarse si será verdad. ¿Qué tiene que ver la publicidad oficial en esto? ¿Le faltarán fondos a Clarín? ¿Se estará fundiendo y por eso quiere mamar de la leche que da la vaca Estado? Leche frugal que el diario pretende hacer mermar todo el tiempo, dado que siempre se pone del lado de quieres se rehúsan a aportar impuestos, de quienes se miran el ombligo, de quienes desempolvan cacerolas cuando les tocan el bolsillo, de quienes piensan sólo en ellos. Porque ese dinero de la publicidad oficial sale de los impuestos que todos pagamos y la verdad el gobierno lo invierte donde se le da la gana. No hay ley que lo obligue a financiar todos los diarios. Por demás sería una tremenda huevada financiar a quien todo el tiempo, con muy mala leche, pone palos en la rueda, desde la crítica infame. En la esquina de casa te decían, “calentito los panchos”. En la esquina, unos lo pibes más avivados dicen, “andate a cagar” “ganá una elección y después hablamos”.

Por suerte cada vez son más los que comienzan a despertar para ver que en realidad lo que tenemos entre manos no es una lucha por la libertad o los derechos (valores que dicho sea de paso, el editor y los chupamedias de Noble siempre ponen en el plano de la fantasmagoría) lo que existe es una lucha por cuestiones materiales y concretas, por proyectos de país diferentes y que en esa lucha, clarinete está perdiendo desde hace ya varios meses porque el proyecto que contó con mayor aval de votos hace poco le moja la oreja, se mete con intereses muy concretos que lo afectan.

Nota: Kirschbaum dice que quizá Boudou confunde la militancia con el pogo “y sus seguidores entiendan que `la lucha’ sea el insulto anónimo por Internet a cualquiera que siga algo que no encuadre en el catecismo”.  Quien esto escribe reivindica una jugosa y suculenta puteada cuando del otro lado el interlocutor es un soberano reventado, este epistemólogo devenido cronista ensalza el “sabes qué… sos un pelotudo” cuando del otro lado hay un papanatas que se ofusca, persigna e insiste en ir por el lado de la inconsistencia lógica y la falacia. Ahora bien, me da la sensación que el enojo es desmedido. Conozco muchos amigos que en sus blog, escriben sendas críticas al clarinete y las firman. No sé qué es lo que molesta tanto a Kirschbaum. ¿Alguna puteada en Twitter? Vaya a saber por qué está fastidiado con eso. Si mira bien, en la blogósfera podrá cosechar buenos y grandes críticos (no este cronista, no me incluyo) que además de constituir una masa crítica de intelectuales orgánicos dispuestos a pulsear poder con el medio ya sea a favor del gobierno K o a favor de la lucha en general, también estarían dispuestos a putearlo. Nota bis: desconfío del tipo que quiere que todos sean sus amigos y nadie lo putee.

¡Pobre Clarín! Está condicionado por el gobierno que no quiere poner publicidad oficial en sus páginas. El llanto me recuerda a la llorona Pizza y sus reclamos cuando el partido se le ponía adverso. La verdad me da lástima. ¡A ver si juntamos unos mangos para que el clarinete pueda seguir sonando desafinado!

La verdad, a esta altura, es que aquel viejo “qué te pasa Clarín, estás nervioso” quedó chico. Me viene a la mente un “me tenés podrido Clarín”. En efecto, el diario del hombrecito clarinetista pudre. Y los manotazos de ahogado se traducen como chapoteos en el agua de quien ya no sabe qué inventar. Subestima la capacidad de análisis de quien lee, inventa lisa y llanamente noticias, ve la historia con todas las respuestas construidas a priori, fuerza los hechos para que encajen en su discurso, manosea la información y haciendo todo esto dilata un triste final, el del que queda pagando porque no sabe perder, el del que se va lloriqueando a casa porque no tiene con qué. Como hacía Pizza.

                                                                
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