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31 de julio de 2011

"BOLÍVAR Y LA ARGENTINA"

Por José Luis Muñoz Azpiri (h) (*)


            El 24 de julio de 1783 nacía en Caracas, Simón Bolívar. Nuestro país declaró por Ley, el 24 de julio, como “Día Nacional de la Integración de América Latina”, como si tal proyecto hubiera sido patrimonio exclusivo del Gran Caraqueño. Consideramos que, tal vez involuntariamente, se ha escamoteado la figura del Capitán de los Andes en la presunción de que éste carecía de un proyecto político y su lugar en la historia estuviera limitado al de un Aníbal que realizaba estudios geológicos mientras cruzaba la Cordillera. Es probable que la simpatía de la actual administración con la República Bolivariana de Venezuela y la creencia  a una supuesta “amistad” entre los colosos sudamericanos haya influido en esta decisión, pero consideramos que las confusiones históricas poco aportan a la anhela unidad hispanoamericana.

       Paul Valery, censuró y desestimó a la historia por creer que “exagera los reflejos y conduce al delirio de grandeza”. El escritor aludía, sin duda, a la historia patriotera. Pero existe otro tupo de interpretación del pasado que abomina de todo chauvinismo y confunde la historia con una mermelada cosmopolita y aséptica que resulta no menos peligrosa. La “exageración de reflejos” no desaparece en este caso, sino que cambia de punto de inserción. Si Bolívar manifestó simpatía por los americanos del extremo meridional ¿cómo se explican, entonces, el episodio de Guayaquil? ¿Cómo, la expulsión del ejército argentino del Perú, en 1825? ¿Cómo, el despojo del Alto Perú, Atacama y Tarija? ¿Cómo, el anhelo reiterado y explícito del Libertador norteño de “pisotear” a Buenos Aires? ¿Cómo, su mofa de San Martín, Arenales, Alvear, Alvarado, Díaz Vélez? Nada útil obtendremos con transferir la “exageración” de Bolívar a Rivadavia, y los tres o cuatro gatos doctrinarios que simulaban, por entonces, ejercer funciones de gobierno en el Plata. Rivadavia fue culpable de infinitos errores, pero no creemos que deban imputarse en la cuenta de éstos ni el desastre de Guayaquil ni el rapto de Bolivia, por ejemplo.

            Bolívar se desplaza desde Angostura hacia Nueva Granada al saber que San Martín ha cruzado los Andes y libertado a Chile. Dichos laureles le quitan el sueño. Atraviesa entonces el brazo oriental de la cordillera colombiana – después que los españoles habían hecho lo propio, en sentido inverso, pero movido acaso por celos de la gloria conquistada por el capitán argentino. Lo cierto es que, después de Boyacá, el objetivo principal del guerrero es el avance hacia el Sur y la ocupación de territorios susceptibles de poder ser liberados por el ejército unido argentino-chileno-peruano que comanda San Martín. A partir de Guayaquil su sueño último y definido es la marcha hacia el Perú y el Plata. De no haberse ensombrecido el panorama interno de la Gran Colombia en 1825, habríamos tenido que librar una nueva batalla de Tucumán contra el invasor venezolano.

            El 8 de enero de 1823, Bolívar se halla en Pasto. Escribe una carta a Santander donde define a Buenos Aires como “gobiernito en manos de bochincheros”. El 29 de marzo envía una nueva misiva al mismo, para comunicar que se le ha aconsejado marchar “hacia Buenos Aires y Chile”. El 6 de mayo del año siguiente, firma una nota en la cual se autotitula “alfarero de repúblicas”, y, al lamentarse anticipadamente que las Provincias Unidas no le enviarán refuerzos para concluir la guerra peruana, observa: “Esa republiqueta (la Argentina) se parece a Tersites, que no sabe más que enredar, maldecir e insultar”. El adjetivo “republiqueta” no deja de entusiasmarlo y lo endilga repetidamente, a partir de entonces, a Buenos Aires.

            Quito ofrece un banquete a los vencedores de Pichincha. Bolívar proclama en el mismo: “No tardará mucho el día en que pasearé el pabellón triunfante de Colombia hasta el suelo argentino”. Lavalle se pone de pie, entonces y le recuerda que la Argentina es un país independiente (cuyas tropas han cabalgado, además, victoriosas hasta el Ecuador). O´Leary, “Memorias”. V.II p.170.

            El coronel porteño Manuel Rojas sostiene en una ocasión con firmeza su mirada ante la del libertador. Éste pregunta -¿De dónde es usted?- Tengo el honor de ser de Buenos Aires –contesta el aludido-. Se le conoce por el aire –observa aquel- Es un aire propio de hombres libres – concluye el interrogado. Bolívar, como más tarde Benjamín Subercasseaux y otros hombres públicos y escritores de equivalente estructura psicológica, supone que el índice de la idiosincrasia porteña son la insolencia y la petulancia.

            El nudo y detalles del episodio de Guayaquil son ya conocidos. Pueden resumirse en la confesión de San Martín a O´Higgins: El libertador no es el hombre que pensábamos”. Debemos abrir, con todo, un paréntesis en torno a la opinión, demasiado extendida hoy día, de que San Martín era un hombre “terminado” cuando concurrió a la entrevista. No hay tal. Viajó a Guayaquil –que no pertenecía a Colombia- para afirmar precisamente el dominio del Perú, del cual era Protector, sobre la ciudad; y en ésta, se encontró impensadamente con el venezolano ¿Qué hacer con el general intruso?

            En vez de intimar a éste, como correspondía, el desalojo del punto en 48 horas, pese a los dos mil argumentos con uniforme con que habría intentado defenderlo, dio un paso atrás ¿Motivo? El héroe de Bailén explicó su decisión satisfactoriamente: “No podemos dar al mundo un humillante escándalo… Bolívar y yo no cabemos en el Perú” ¿Conviene agitar aquí el socorrido fantasma de “la guerra civil”. Dicha sombre no intimidó a Bolívar cuando declaró la guerra al Perú, en 1829. La renuncia de San Martín obedeció tan solo a su fidelidad a los principios éticos inculcados en la escuela paterna y el ejército español. Quienes hablan de “hombre terminado olvidan que, en ese momento, la población de Guayaquil, a la cual llamaba Bolívar, “judía”, volvía a éste la espalda; que la retaguardia del ejército venezolano estaba a punto de insurreccionarse; que Pasto ardía en deseos de sacudirse el yugo de la presión republicana y levantarse en armas contra los invasores, como lo hizo más tarde, alterando todo el dispositivo militar colombiano, en tanto las deserciones en la tropa cundían por centenares. El huésped del Guayas no era dueño ni del metro de tierra que pisaba. Tan solo un año después pudo asomar la cabeza por el verdadero Perú. Semanas antes, además, había recibido una carta enérgica del Protector acerca de los derechos peruanos sobre Guayaquil y la conveniencia de que los respetase, mientras Monteagudo, ministro universal de San Martín, destituía del cargo de jefe del ejército independiente a Sucre, el vencedor de Pichincha, por un motivo parecido. No es ésta política para “hombres terminados”.

            El amo de la Gran Colombia no creyó sincero a San Martín en sus propósitos de renuncia y supuso que se valía del artificio de querer dimitir para coronarse como rey peruano. Tampoco interpretó lealmente el ofrecimiento de servir bajo sus órdenes, proposición de sesgo tan inaudito que resultaría increíble de no haber sido certificada, posteriormente, por el propio autor. Bolívar tenía fe en sultanes que guerreaban de lejos, contra los españoles, en compañía de una o dos queridas, como Urdaneta, pero no en San Martín. Resulta difícil creer, por otra parte, en personajes que desbordan las dimensiones humanas. Ninguna muestra de reconocimiento tuvo, para con el vencedor de Chacabuco y Maipo cuando comprobó, en efecto, que este dimitía y se expatriaba para dejarle el terreno libre.

            A partir de entonces, se declara una suerte de duelo colombiano-argentino. “Los argentinos, por lo general, son altos, bien formados, llenos de inteligencia, y por su habla y modales, muy seductores. Los colombianos, en cambio, se juzgan superiores al resto de los americanos” (Paz Soldán, “Historia del Perú independiente”) Caracas y Buenos Aires son los dos polos del desafío. El Perú, liberado por San Martín, no solo no presta apoyo a las tropas de Alvarado, el jefe sucesor de aquél, sino anhela inclusive la derrota de éstos a manos de los españoles, deseo que se cumple, infortunadamente, en Moqueguá y Torata. La progresión de equívocos, recelos y odio culmina con la expulsión de las tropas argentinas de territorio peruano, en 1825. Dos de nuestros jefes aparecen implicados en una conspiración para desalojar o suprimir a Bolívar.

            Lograda la victoria de Ayacucho, el ejército venezolano invade el Alto Perú, territorio hasta entonces argentino. Sucre, lugarteniente del césar, amaña un “congreso” en Potosí que declara la independencia del territorio. No termina aquí el despojo. Atacama y Tarija amplían el caudal del rapto; el héroe de la ocupación de esta ciudad es un irlandés pintoresco, uniforme militar, que se halla en connivencia con Sucre. Buenos Aires envía a Potosí a dos delegados, Alvear y Díaz Vélez; Bolívar los recibe y se mofa de ellos. Además, los engaña. El haría cualquier cosa por satisfacer los deseos de la “republiqueta”, pero el congreso de Bogotá y el gobierno peruano se lo impiden. Antofagasta queda en manos suyas. El 11 de noviembre de 1825 escribe a Santander que Alvear le ha insinuado unir a Bolivia y la Argentina bajo su nombre, un embuste que encubría, además, un despropósito histórico. Los delegados solicitan, de acuerdo a las instrucciones de la cancillería porteña, la colaboración de los ocupantes de Potosí para combatir al Imperio del Brasil que ocupa desde ocho años atrás, otra parte del territorio argentino, la Banda Oriental o “Provincia de Montevideo”, como se decía antes. Bolívar se niega a hacerlo. Teme la reacción inglesa, aún cuando considere que el Imperio es enemigo secular de las repúblicas españolas. Para entonces, vende a Londres las minas del Alto Perú en dos millones y medio de pesos, propone al gobierno peruano hacer lo mismo con tierras y propiedades y escribe a Santander – carta del 17 de septiembre de 1825 – para que enajene los yacimientos metalíferos de la Gran Colombia. Fue idea política del libertador de Venezuela, según se desprende de una carta a Santander, del 28 de junio del citado año, federar toda la América española para constituir una especie de dominio británico. Su casa militar era inglesa y tropas de Albión decidieron las batallas e Boyacá, Carabobo y Pichincha. Al morir proyectaba trasladarse en una fragata inglesa a Londres y acabar en Europa sus días.

            Los delegados argentinos escuchan, por último, una proposición grotesca. El ejército “libertador” invadiría el Paraguay para derrocar al “alzado de Francia” y devolvería el país a Buenos Aires; la proposición era algo parecido a la que formuló Hitler a Franco, en Hendaya, respecto del peñón de Gibraltar. Los delegados argentinos quedaron atónitos ante la propuesta y preguntaron qué agravio ha hecho el Paraguay a Colombia: “El Paraguay suena mucho en Europa, sería una empresa de los tiempos heroicos”, es la respuesta. Alvear comunica a Buenos Aires que el presidente colombiano demostró estar poseído de “un secreto resentimiento contra las Provincias Unidas” y que se ha quejado de los comentarios de los periódicos porteños de Buenos Aires acerca de su persona, así como de un brindis adverso que se pronunció en un banquete. Era tomar por la joda a uno y otro delegado. Los documentos que aluden a este “segundo Guayaquil” tal como ha sido definida la Misión Alvear por un historiador, fueron publicados por el Ministerio de Relaciones Exteriores argentino en 1927 (“Misión Alvear al Alto Perú”).

            Estas apreciaciones, que en nada desmerecen la figura del héroe del norte, fueron extraídas de un estudio del padre del autor, publicadas en “Claves de Historia Argentina” Buenos Aires, Editorial Merlín, 1968, y no tienen ánimo de agravio, sino tan solo aportar un poco de rigor histórico al discurso “latinoamericanista” tan en boga en nuestros días. Por otra parte: “La justicia histórica no se mide al compás de la música de un tango ni la temperatura afectiva hacia nuestro país es índice del calor vital que sirve de sustento a la grandeza humana o cívica.”


(*) Académico de Número. Instituto Nacional de Investigaciones Históricas “Juan Manuel de Rosas”.
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