Seguidores

12 de enero de 2011

A 69 AÑOS DEL ASALTO JAPONES A OCCIDENTE

(*) ENRIQUE LACOLLA
La beatería políticamente correcta no entiende que la historia no procede en base a principios de abstracta moralidad, sino a partir de contradicciones ásperas, a menudo sangrientas, que manifiestan una dialéctica pocas veces compatible con la santidad.
Por estos meses se cumplen 69 años de uno de los momentos más dramáticos y espectaculares de la historia contemporánea: el asalto japonés a Occidente. Este fenómeno, que tuvo en el ataque a Pearl Harbor su manifestación más estruendosa, significó por cierto el comienzo del fin para las potencias del Eje, que a partir de entonces se verían enfrentadas a la coalición aplastante conformada por Estados Unidos y la URSS, junto al Imperio Británico; pero también supuso la apertura de un fenómeno epocal: la confirmación del despertar de Asia y su proyección hacia un futuro formidable.

Hay muchos problemas conexos en ese peculiar instante de la historia de nuestro tiempo que lo hacen particularmente interesante. Está la lucha intraimperialista de las potencias instaladas –Gran Bretaña y Estados Unidos en primer término, pero arrastrando con ellos a las potencias menores o en retroceso como Francia, Holanda y Bélgica-, y las potencias con aspiraciones a constituirse en potencias dominantes, equiparables a las del conglomerado anglosajón, como eran Alemania, Japón y, en mucha menor medida, la Italia fascista. Caso aparte era la Unión Soviética, que no calificaba en sentido estricto como potencia imperialista dada la naturaleza supuestamente socialista de su sistema de producción, pero que de hecho, por los imperativos o las fatalidades de la realpolitik, se comportaba exactamente como si lo fuera.

Estaban también las luchas de los pueblos coloniales, en especial del indio y del chino, informadas por rasgos sociales muy diferentes, pero en suma unificadas por el deseo de esas antiguas culturas de liberarse del lazo constrictor del imperialismo occidental, que desde hacía siglos venía coartando su natural devenir y las había arrastrado a un torbellino por cierto transformador; pero también devastador, humillante y sangriento. Estos países se encontraban en un estado de ebullición antiimperialista desde hacía largo tiempo, al menos desde los albores del siglo XX, pero fue sólo a partir del shock de los acontecimientos verificados durante la segunda guerra mundial que saltaron de la resistencia a la de la fijación de metas triunfantes a corto plazo.

El papel del Japón en este revuelo fue fundamental. Aunque se deba convenir en que obedeció a principios muy suyos, de una peculiaridad que aun hoy resulta chocante. El carácter conservador y austero de un pueblo formado a lo largo de los siglos en torno de normas de servidumbre y deber marcial dieron por resultado que, al proceso auténticamente revolucionario y trastrocador de las viejas costumbres iniciado alrededor de 1866, se lo conociera como “Restauración”: la Restauración Meiji, por el nombre del emperador que fue cooptado por una parte de la nobleza feudal para poner precisamente fin al feudalismo.

Esta paradoja fue el fruto del orgullo racial y del temple de una dirigencia marcial que supo poner fin a sus privilegios concentrando todos los símbolos del poder en el Emperador, hasta entonces una figura insignificante que no era sino arcilla en las manos del Bakufu –el consejo de “daymios” o terratenientes presidido por el Shogun. El impacto del imperialismo occidental, ya puesto de manifiesto en China con la guerra del opio y la brutal apertura del mercado chino al tráfico de la droga impuesto por Gran Bretaña, era un dato que estaba siendo tenido en cuenta por la casta dirigente japonesa. Era impensable que el viejo régimen pudiera enfrentarse a los europeos. Después de que la flota norteamericana del comodoro Perry forzara la apertura de los puertos nipones en 1853 el problema de la supervivencia de Japón como entidad autónoma y cultural se agudizó. Tras una serie de intervenciones y bombardeos extranjeros que se prolongó durante varios años, la necesidad de reformar al viejo Japón y dar lugar a otro tipo de estructuración social se resolvió en una guerra civil que terminó aboliendo los privilegios de clase de la casta guerrera de los samurai a manos de otros miembros de la misma cultura samurai, pero actualizadosy conscientes de la necesidad de precipitar el cambio. Aunque las estructuras culturales del viejo país subsistieron en gran parte, se terminó con la servidumbre y se introdujo el capitalismo.

Como dijo Winston Churchill en sus memorias de la segunda guerra mundial: “En menos de dos generaciones, sin otro antecedente que el pasado remoto, el pueblo japonés transformó la espada pesada de los Samurai en el barco revestido de acero, el torpedo y la ametralladora Maxim. En la industria se operó una transformación semejante… Pero todo se hallaba en la superficie. Detrás estaba el viejo Japón… Un anciano sacerdote guerrero se levantaba augusto y formidable, con la mano en la daga”. 
Tener y no tener

Ese Japón sería un protagonista fundamental de la insurrección de los estados que Benito Mussolini describiría, con inexactitud pero con agudeza propagandística, como “proletarios”. Es decir, los estados capitalistas que sólo podían rebañar las migajas del festín colonialista, cuya parte más suculenta había quedado en manos en Inglaterra, Francia, Estados Unidos y Rusia; los dos últimos todavía en la etapa de probar sus fuerzas, pero provistos ya de recursos más que suficientes para proyectarse al mundo entero.

La divisoria entre estados ahítos y estados hambrientos surcaría las turbulentas aguas del siglo XX y estaría en la raíz de los dos grandes conflictos mundiales. El capitalismo hegemonizaba el globo, pero sus conflictos internos eran muy fuertes y la única manera que conocía de atemperarlos era la del saqueo de las sociedades menos desarrolladas que la propia y la eliminación de la competencia de las potencias imperialistas rivales que a su vez pretendían sacar tajada del botín.

El Japón estaba bien dotado para seguir este camino. Una cultura marcial, un poder centralizado, un alto sentido del deber patriótico y una capacidad excepcional para asimilar y desarrollar las tecnologías importadas del exterior, eran atributos fundamentales para el éxito. La primera víctima del dinamismo imperialista de Japón fue China, donde se hallaban los recursos minerales y los mercados que el incipiente pero voraz capitalismo nipón anhelaba. En ese terreno chocaría también, en primer término, con las ambiciones de la Rusia zarista, que en 1904 –año de la guerra ruso-japonesa- estaba terminando el ferrocarril transiberiano, la estratégica vía que iba a unir a la Rusia europea con el Extremo Oriente. Para asombro de todo el mundo, la diminuta potencia asiática, favorecida por su situación geoestratégica, demolió a su rival en una serie de batallas por tierra y por mar, forzándolo a firmar la paz y dando lugar, indirectamente, al estallido de la revolución rusa de 1905, primera manifestación de la oleada de convulsiones sociales que iban a poner en tela de juicio el orden burgués y la jerarquía de las relaciones internacionales en el siglo violento que comenzaba.

Japón sacó ventaja, en esta primera confrontación de fuerzas, de las diferencias que dividían a las potencias “establecidas”. Gran Bretaña fue la maestra de la marina de guerra nipona y Alemania suministró la formación técnica de los cuadros de su ejército. La primera estaba interesada en contener a Rusia en sus pretensiones de expandirse en Afganistán y el Asia central, y la segunda en contar con un amigo que favoreciese sus ambiciones de compartir, con los otros tiburones imperiales, el saqueo de China, por entonces un país en plena desintegración.

De Port Arthur a Pearl Harbor 
La guerra contra Rusia se inició el 8 de Febrero de 1904 con un ataque por sorpresa a la flota rusa de Oriente, fondeada en Port Arthur. 37 años más tarde, un ataque similar contra Estados Unidos en Pearl Harbor culminaría el ciclo expansivo del imperialismo japonés y lo lanzaría de lleno a la batalla por la hegemonía mundial junto a la Alemania nazi. El resultado catastrófico de esa aventura es conocido por todos, pero no siempre se pone el énfasis necesario en el carácter revolucionario que el mismo tuvo para el conjunto de las relaciones de poder en todo el Extremo Oriente.

Después del triunfo contra Rusia, Japón se ubicó entre los grandes. Su disponibilidad de materias primas para fomentar su desarrollo era mínima, sin embargo, y eso incentivó su espíritu agresivo. La primera guerra mundial le proporcionó la oportunidad de hacerse con el puerto de Tsing Tao, en la costa china, donde los alemanes poseían una concesión franca, y de crear bases en el Pacífico a expensas de Alemania. A partir de entonces Japón redobló su política de penetración en China y se pusieron de manifiesto las dificultades que esta había de acarrearle tanto por la resistencia de los chinos a la agresión a que eran sometidos, como por la categórica oposición de Estados Unidos a esa tendencia expansiva en un mercado que quería para sí. La influencia de Washington fue ya a principios de la década de 1920 decisiva para que Inglaterra cambiara su actitud condescendiente para con Japón. Desde ese momento el Mikado entró en un rumbo de colisión con las potencias anglosajonas y con los restantes imperios coloniales establecidos en el sudeste asiático y en el Océano Índico. En las Indias Orientales Holandesas existían además los grandes reservorios energéticos de los que Japón estaba necesitado, pues dependía de la importación de petróleo para la subsistencia de su industria y sobre todo de su Armada, elemento clave, dada su condición insular, si pretendía continuar su carrera como potencia de primera categoría.

El carácter exigente de la coyuntura produjo, en Japón, una división que llevó a colisiones internas, en las que se trababan, de manera compleja, las pulsiones del nacionalismo radical –que encontró su máxima expresión en la oficialidad joven del ejército- y un ala política proclive a la negociación, aunque no menos favorable a la continuación de la expansión japonesa. Aunque las formulaciones más “revolucionarias” fueron abortadas después de algunos asesinatos y un sangriento intento de golpe , el resultado final fue que se afirmó la influencia militar en los gabinetes del Emperador Showa (Hirohito) y que las razones de la política exterior estuvieron cada vez más gobernadas por el imperativo geoestratégico de la expansión imperialista.

Esto llevó al acercamiento con la Alemania nazi y la Italia fascista y a la firma de tratados que ligaban de forma ostensible a los tres estados insatisfechos, aunque es de señalar que en todos los casos los gobiernos respectivos actuaron movidos por criterios pragmáticos antes que ideológicos y que, en el caso japonés, un franco oportunismo presidió cada una de las decisiones de la política exterior. Incluso después del ingreso de Tokio a la guerra junto a alemanes e italianos, los estadistas japoneses se preocuparon mucho más por sus propios objetivos que por la posibilidad de elaborar una estrategia conjunta con sus aliados. Cosa que se vio reflejada en su política frente a la URSS, ensarzada en lucha mortal con la Alemania nazi. Japón, tras algunas deliberaciones, decidió mantener el estatus quo con Moscú hasta que este fue roto por la misma Unión Soviética apenas antes del final de la guerra. En esa decisión japonesa primó la necesidad de hacer frente primero a la amenaza norteamericana y la de alcanzar sus objetivos en el sudeste asiático y en el Mar de Java.

Determinado a forzar a una reluctante opinión pública norteamericana para que participase en una guerra en la que se decidía el balance del poder mundial, el presidente Franklin Delano Roosevelt y sus asesores presionaron a Japón hasta extremos que para este eran intolerables. Las demandas de Washington eran éticamente sustentables, pero inaceptables para Japón. Se le exigía la retirada no sólo de la colonia francesa de Indochina, recientemente ocupada, sino de la misma China, en cuya conquista Japón había cifrado su destino. Cuando lanzó el ataque a Pearl Harbor, a la Armada nipona le quedaban seis meses de reservas de combustible. El embargo comercial y sobre todo energético había estrangulado a los japoneses, no dejándoles otra opción que un repliegue imposible –pues hubiese hundido al país en un desorden civil de características impronosticables- o la fuga hacia delante. Los gobernantes nipones eligieron el segundo camino, con el resultado conocido por todos.

La Esfera de Coprosperidad Asiática 
Pero el dato realmente importante y que saca al caso japonés de los trillados caminos de la política imperialista, es la contribución decisiva, aunque involuntaria, que prestó su política agresiva a la dialéctica de la revolución colonial en Asia. En la mente de los estadistas japoneses afloró una ocurrencia dirigida a explotar el sentimiento antioccidental que cundía en toda Asia. Fue la de fundar una Esfera de Coprosperidad del Este de Asia, que encubría la primacía de Japón en el nuevo y potencial ordenamiento, pero que reflejaba una tendencia histórica irresistible: el deseo de los países sometidos a la influencia imperialista occidental a escapar de esta y a gobernarse por sí mismos. Cualquiera haya sido la sinceridad o el mero oportunismo de la propuesta, el curso de la guerra rápidamente la hizo inviable. A mediados de 1942 Japón había alcanzado el grado máximo de su expansión militar y a partir de ahí -de la batalla de Midway más exactamente-, dio comienzo el retroceso que acabó tres años más tarde con la destrucción de Hiroshima y Nagasaki y la capitulación del Imperio. No hubo tiempo de ver esa política en acción. Pero la idea hizo su camino y dio lugar incluso a algunos gobiernos –en las Indias Orientales Holandesas, en Birmania y en la conformación de otro en el exilio para la India- que en algunos casos formaron cuadros que luego participarían en la lucha por la emancipación. El factor más perdurable, sin embargo, fue la huella psicológica que dejó la impresionante serie de victorias que los japoneses obtuvieron en los primeros cinco meses de su ingreso a la guerra. Ahí se rompió el mito de la invencibilidad militar de Occidente. Singapur, Hong Kong, las Indias Orientales Holandesas, las Filipinas y el archipiélago de las Salomón, que cubría a Australia por el norte, cayeron con rapidez en manos de los japoneses. Fue un verdadero golpe de maza para el prestigio occidental, en especial si se considera que esos triunfos fueron obtenidos por fuerzas inferiores en número a las de sus oponentes occidentales, atrincherados en plazas fuertes conceptuadas invulnerables, tales como Singapur o Corregidor. Malaya y las Indias Orientales Holandesas fueron conquistadas en un santiamén por un ejército que se movilizaba en gran parte a pie o en bicicleta, y de la eficacia de la aviación y de la Armada niponas dieron testimonio las batallas de Pearl Harbor, del Mar de Java y de la serie de combates que se libraron, con resultado alterno, en torno de las Salomón.

Los procedimientos japoneses fueron con frecuencia injustos y bárbaros, en especial en China, donde tocaron extremos de una brutalidad absoluta. Su respeto por las normas de la guerra no fue destacado. Pero un ejército de guerreros que desprecia su propia vida es difícil que se sienta dispuesto a respetar la vida de sus enemigos. Como quiera que sea, ese tsunami de ardor belicoso que sumergió a gran parte de Asia para remitir luego, arrasó con viejos mitos y dejó un campo en barbecho, listo para que en él florecieran las semillas del nacionalismo y el socialismo que aun hoy forman la combinación más explosiva y temible para el sistema de relaciones sociales erigido por el imperialismo.

Dialéctica de la revolución en Asia 
El curso complejo y contradictorio de la historia encuentra en la peripecia del Japón un ejemplo extremo de su complejidad dialéctica. Una complejidad que desafía la comprensión banal que el progresismo a la moda tiene del curso que deberían tener los acontecimientos que moldean la realidad. La rigidez y el espíritu marcial de los japoneses no eran compatibles con los derechos individuales ni con las banderas de la libertad laxa que tanto preocupan al progresismo, como tampoco lo era el espíritu nada recomendable de superioridad racial que portaban y que era una de las pocas cosas que los aproximaba a sus ocasionales aliados nazis; sin embargo fueron esos los factores que en buena medida dinamitaron el ordenamiento colonial en Oriente.

Desde luego, después llegaron la Bomba y la Nueva Era. Pero nada se cerró entonces y todo sigue abierto ahora. A una escala impensada en 1945. La humillada China, templada en la lucha contra el Japón y en su propia guerra civil determinada en gran medida por el conflicto que oponía al maquiavélico Chiang Kai Shek y a su filo occidental Kuomintang con los comunistas, se ha erigido a través de un tortuoso camino en una superpotencia que empequeñece a cuantos la rodean. Los países del sudeste asiático son emporios. India, pese a su separación de Pakistán, es también una potencia de primera magnitud. El Imperio Británico ha desaparecido en lontananza. El francés también. Estados Unidos arrastra ahora a los vestigios de esos ex imperios en decadencia y se prodiga en un esfuerzo por imponer su hegemonía global haciendo centro, precisamente, en el área asiática; pero lo tiene muy difícil. Siempre pretendió hacerse cargo de la herencia de las viejas potencias coloniales y de hecho ha sido la condensación más poderosa de los rasgos que connotaron al predominio occidental en el mundo: fuerza militar, dinamismo económico y superioridad tecnológica. Pero esos rasgos no pertenecen ya en exclusiva a Occidente, como ocurría en el siglo XIX; como lo demostró Japón en su momento, el universo asiático y China e India en particular son partícipes de ese desarrollo y detentan una capacidad de disuasión militar –incluso nuclear- que pone cualquier atrevimiento hegemónico en el borde de la colisión global.

La vasta media luna que va del Medio hasta el Extremo Oriente es el campo de batalla, todavía más potencial que efectivo, donde se dirime el que probablemente sea el último intento del imperialismo occidental de imponer su razón por encima de todas las otras, con el propósito de hacerla durar por otro prolongado lapso de la evolución histórica. Las debilidades que traban este intento están suministradas por una opinión pública –norteamericana y europea- cambiante y poco propensa al aventurerismo militar-, y por la crisis que castiga a la economía especulativa en que se finca el sistema capitalista tanto en Estados Unidos como en los países de la Unión Europea. Pero sabemos muy bien que las crisis de esta naturaleza exacerban más que refrenan las pulsiones agresivas del sistema dominante y que la opinión pública es manipulable en grado sumo. Los geoestrategas norteamericanos no ocultan sus miras respecto a impedir a Rusia reconstituir su antigua presencia en Europa y tampoco disimulan su propósito de acceder al control del Asia central. El deseo de controlar con mano de hierro al Medio Oriente, la siempre presente eventualidad de una destrucción de Irán y la guerra en Afganistán, con una probable extensión a Pakistán, dan testimonio de esa decisión determinada por el deseo de guardar para sí los reservorios petrolíferos y de canalizar su producción hacia Occidente por vías seguras, así como de la determinación de impedir la consolidación de un poder que no sea el propio en la “región cardial” del planeta. La constante expansión armamentista de Estados Unidos y el despliegue de sus bases y flotas en todos los puntos neurálgicos del área que consideramos no son, desde luego, iniciativas dirigidas a “conservar la paz”, sino movimientos fundados en la decisión de controlar y en última instancia abatir a los estados que pueden molestar el predominio norteamericano. El recurso propagandístico de la “guerra contra el terror” como pantalla para ocultar estos propósitos puede parecer infantil, pero cumple una función muy precisa y extraordinariamente persuasiva en el seno de las masas asustadas y soliviantadas por actos tan espectaculares y sangrientos como los del 11/S. Al menos, durante un lapso.

Pero no hace falta mucho tiempo para determinar un cataclismo que desencadene una cadena de hechos imparables, frente a los cuales cualquier arrepentimiento tardío será inútil.

La historia no se detiene; las victorias japonesas de 1941 y los primeros meses de 1942 prolongaban y hacían estallar una bomba de tiempo que se había cargado por lo menos durante un siglo en Asia; pero asimismo prologaban un desarrollo que en nuestros días está tomando contornos gigantescos. Y no será forjándose falsas ilusiones sobre un supuesto inexorable avance de la humanidad hacia la armonía y la libertad, sino con una geopolítica nacional genuina y armando a nuestra región con las herramientas del intelecto y de una potencia estructural autosustentable, que se podrán encarar los retos de un presente preñado de tormentas.



Notas

Winston Churchill: La segunda guerra Mundial, tomo 3, La Gran Alianza.

Hay un perceptivo retrato de uno de esos jóvenes radicales en la novela de Yukio Mishima Caballos desbocados, publicada por Caralt.





(*) Enrique Lacolla. Escritor, periodista y docente. Desde 1962 a 1975 miembro de los Servicios de Radioteledifusión de la Universidad Nacional de Córdoba.

Entre 1975 y 2000 miembro del staff de La Voz del Interior, donde continuó colaborando en forma asidua hasta abril de 2008.

Profesor titular de Historia del Cine en la Escuela de Cine de la UNC desde 1967 hasta 2002, salvo durante el interregno producido por la Dictadura.
Libros recientes publicados:
El Cine en su Época - Aportes para una historia política del filme (2003)
El Siglo Violento - Una lectura latinoamericana de nuestro tiempo (2005)
Apuntes de Ruta (2006)
Galardonado en el año 2005 con el Premio Consagración Letras de Córdoba, la más alta distinción que otorga la Provincia al mérito literario.



Publicar un comentario