Seguidores

4 de abril de 2010

MALDITA TONOMAC


El vigia
Volveremos!
*Por Alejandro Fernandez
Malvinas cada tanto duele, en especial por las mañanas. En particular si esas mañanas destellan escarchas antigravitacionales… de esas que no entendés como carajo penden de la nada misma. En especial si el sol aún no asoma sus rayos, lo cual en esta época sucede casi llegado el mediodía, eso si acaso no esta nublado.
Los recuerdos que vienen a mi mente son difusos, tal vez sean las ganas de olvidar ciertos episodios, quizás solo sea el paso de los años… pero están, y cada tanto vuelven.
Aquella madrugada del 2 de Abril comenzó como casi todas las mañanas en familia. Mi vieja solía levantarme tipo 6:30, eso me daba tiempo suficiente para prepararme y esperar el colectivo escolar. El recorrido era corto, pero las calles se tornaban imposibles con el hielo. La verdad hinchaba un poco las pelotas levantarse con ese frío, ¡me cago en Sarmiento!… como se nota que no vivió en Río Gallegos.
Esa mañana fue distinta, algo provocó que nos despertemos mucho más temprano.
Nuestra casa era pequeña, una de esas casas FONAVI que apuntaban al hacinamiento más que a la comodidad, una más en un barrio obrero. Calculo que Le Corbusier hubiera muerto del espanto, pero allí se desarrollaron algunos de los mejores años de mi vida.
El Barrio era y es conocido como el 366, curiosa costumbres de identificar por la cantidad de viviendas. Hubo así un 499, un 400 departamentos, un 40 viviendas y la lista sigue. En si, un símbolo más del desarraigo que se hace carne en la inmensidad de la Patagonia Sur.
Fue una puteada de mi viejo la que atravesó las delgadas paredes, y de fondo una suerte de marcha que jamás había escuchado hasta ese día.
Tras su manto de neblinas distorsionaba frecuencias en la vieja Tonomac.
Mi viejo salio casi corriendo esa mañana, el camino era largo, llegar a cualquier campamento de YPF era una travesía. Ripio, nieve, viento, camionetas flojas de papeles y amortiguadores… y nadie hablaba de stress por aquellos tiempos. En realidad, se hablaba poco por aquel entonces.
Yo estaba en 4º, el famoso 4º B., famosos por quilomberos y llevar revistas del sindicato a clase. Debo reconocer que era algo casi suicida, pero yo las llevaba igual.
Cuando entre al Colegio esa mañana – el Glorioso Salesiano de Río Gallegos -  todo era un hervidero. Los hijos de militares, nuestros compañeros y amigos del cole, traían más noticias. Debo reconocer que esa mañana me entere de la existencia de Malvinas. Para que voy a mentir, es así.
¡Tomamos Malvinas!
Dijo el Patón Silva, uno de los mejores jugadores de chupi* que conocí en mi vida. El no era hijo de milicos, pero tranquilamente podría haberlo sido. Todos eran hijos de militares.
¡Bien! dije yo, imaginando una escena de Tora! Tora! Tora!, una de las tantas películas sobre la Segunda Guerra que inundaban la pantalla del único canal disponible en mi ciudad.
Alguien, quizás un profesor (tal vez la vieja de Sociales), tomó la palabra en el izamiento e intento explicarnos lo que sucedía. (?)
Recuerdo entonces gritos infantes, uno que otro ¡Viva la Patria! y rostros desencajados de horror de algunas maestras.
La imagen de Tora! Tora! Tora! ya no resultaba tan atractiva, era pendejo pero tenía muy claro la diferencia entre ficción y realidad.
Luego el vacío, la soledad, los panfletos inundando las calles de mi pueblo, los gurkas, una gringa mostrando las tetas en la partida de la flota imperial…los oscurecimientos, los simulacros, la guardia civil golpeando la puerta porque un pequeño haz de luz se colaba por nuestra mirilla… y las ventanas encintadas, esas malditas cruces de cinta que prolijamente marcaban cada rincón del horizonte.
Pasaron los días, no tantos ya que la guerra fue un sangriento suspiro, y un deshilachado Teniente se presentaba ante nosotros. Ante el famoso 4º B.
Intentaba explicarnos no solo la gesta heroica (la de otros ya que el escondía el culito en continente) sino que, además, venía a indicarnos como proceder ante un bombardeo.
Primer paso:
Arrodillarse bajo los pupitres, la cabeza entre las piernas, ambos brazos cubriendo oídos y enlazándose en el cuello.
¡Mierda como olvidar eso, si lo repetían hasta el hartazgo!
Segundo Paso:
Luego la huida cronometrada a una suerte de bunker armado en el sótano del colegio.

¡3 minutos! ¡Están todos muertos! ¡Vamos de nuevo!

Y así pasaban nuestros días.
Se decía casi en susurros que Río Gallegos estaba considerada Zona de Guerra, que el Comando Central la contemplaba como una baja probable.
Los vecinos colgaban banderas, gritaban loas a Galtieri. ¿Pero cómo? ¿los milicos no eran unos hijos de puta?. Mi viejo no encontraba palabras… no hacía falta. La confusión era devastadora.
ATC decía que estábamos ganando… y por goleada. Clarín titulaba: “Euforia Popular”.
Un panfleto rezaba: “La desinformación pirata” mostrando a un marino ingles vestido como turista en el caribe. Y la arenga, esa arenga constante ¿hacia donde? ¿Hacia que?
Luego el dolor, el espanto, el horror inocultable… los pibes dando su vida, los oficiales especulando a miles de Kilómetros. Pero esa parte de la historia ya la conocen todos, hoy solo quería recordar con Uds. Algunos fragmentos que vuelven a mí cuando recuerdo Malvinas.

¡Honor a nuestros héroes! Pero solo a ellos. ¡Volveremos!

* El tipico juego de figus, que consiste en dar vuelta las mismas golpeandolas con la palma de la mano.

EL PAÍS DE LAS AVES

* Por Dante Palma


“Hemos decidido irnos al país de las aves” decían Pistetero y Evélpides, los dos personajes de una de las comedias más divertidas de Aristófanes. No se trataba de un territorio político preciso ni se hacía referencia a un vestuario boquense en el que Riquelmes y Palermos rinden culto a los oráculos cabareteros de los viejos Halcones y Palomas. Tampoco significaba una apuesta de auto-reclusión en una cárcel de la Policía Federal entre gallos y medias noches que a veces se hacen enteras. Se trataba de escapar de una Atenas atravesada por un profundo deterioro moral donde la armonía propia del momento de florecimiento de aquel inigualable siglo V de Pericles, parecía resquebrajada por la irrupción de la individualidad. Se dejaba de pensar en el nosotros y se empezaba a pensar egoístamente en un yo con derechos frente a un otro. En este contexto esos dos ciudadanos atenienses que en esta comedia, Las Aves, deciden migrar, dicen sentirse hartos de esta compulsión de los atenienses a judicializar la vida. Las venganzas, los odios personales se expresaban en querellas. El lugar de la verdad era reemplazado por el de la persuasión: ya no importaba que sea cierto, importaba que resulte convincente. El amor por el saber como rasgo distintivo del filósofo era sustituido por el interés de adquirir una capacidad oratoria que pueda convencer a un jurado o al pueblo desde un púlpito en el ágora.

Era el momento de los sofistas y de los abogados, era el momento del fracaso de la política. Toda negociación era menospreciada a priori. Con esclavos que permitían a los ciudadanos tener tiempo libre pero sin televisión por cable, resultaba más simple litigar y ser observado por los cientos de hombres que deambulaban por la plaza pues entre los grandes retóricos era casi un juego exponerse a demostrar quién defendía mejor el argumento más pobre. No había división de poderes pues todo el poder estaba en el recurso oratorio y en la decisión de los jueces. Un sofista recibía una paga por defendernos. Pero luego también podía atacarnos, si recibía de parte de nuestro enemigo, una paga mayor.


En este contexto los dos personajes deciden elevarse y construir una nueva patria en el cielo reuniendo a todas las aves e, indirectamente, supongo yo, para entablar una relación directa con los dioses sin tener que lidiar con representantes terrenales recelosos de tramitar nuestra salvación eterna, pero ávidos de bienes y mancebos temporales.


Probablemente en tanto emergentes de la ciudad de la que querían escapar, Pistetero y Evélpides deciden realizar un desafío que sabe mucho a extorsión: de ahora en más, la ciudad de los pájaros interferirá en la relación entre hombres y dioses impidiendo que el humo de los sacrificios de los primeros, llegue a los segundos. Todo esto orquestado por el gran Pistetero, un sofista que se quejaba de los sofistas y que con esta especie de doble moral bien podría haber sido juzgado por un Freud extemporáneo como alguien que “proyecta”, alguien que observa en el otro lo que él mismo es aunque sin conciencia de ello. Preocupados, los dioses mandan a Isis a averiguar por qué habían cesado los sacrificios de los humanos pero ésta es capturada y se le informa que ahora son los pájaros los que deciden; ellos son los jueces y, por tanto, los nuevos dioses.


Me gusta pensar que lo que esta comedia magnífica muestra es que no importa quién es paloma y quién es halcón. Las palomas de hoy serán los halcones de mañana y viceversa. No hay amigos en el cielo y los dos bandos pertenecen al reino de las aves que se ha erigido en el mediador que desde arriba observa el fracaso de la política y de la democracia acá en la tierra.


Como no podía ser de otra manera, si no nos cubrimos, tantos jueces, perdón, aves, no tardarán en cagarnos en la cabeza.



*Filósofo


Fuente: El Infierno de Dante - (publicado originalmente el 21/3/10 en miradas al Sur)