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11 de abril de 2010

MIRAR CON CARIÑO Y SEGUIR DE LARGO



A Pepe Muñoz Azpiri,
que la conoció en días más amables.

(*)Por Roberto Bardini

Una calurosa mañana de mediados de agosto de 1985, la capitana Rosa Pasos, jefa de Relaciones Públicas del Ejército Popular Sandinista, me llamó por teléfono a la Agencia Nueva Nicaragua (ANN), donde yo trabajaba. Estaba muy enojada:
– ¿De dónde diablos sacaste la información que publica hoy El Nuevo Diario? –preguntó después de un rápido saludo. Eso en el caso de que un desganado “buenas” pudiera considerarse un saludo.

La Agencia Nueva Nicaragua dependía en aquella época del comandante Bayardo Arce, quien antes de ingresar al Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) había sido periodista. Arce era un hombre cercano al comandante Tomás Borge, único superviviente de los fundadores del FSLN y entonces ministro del Interior. A veces, había roces entre Interior y Defensa –que encabezaba Humberto Ortega Saavedra– a causa de algunas filtraciones a la prensa. En esos casos, los periodistas de la ANN que metíamos la pata quedábamos a la intemperie entre dos fuegos cruzados… que por suerte eran con munición verbal. Esa mañana tuve la sensación de que era una de aquellas veces.

– Tu artículo tiene información reservada… Re-ser-va-da –remarcaba la capitana, una muchacha de 29 años que muchos colegas encontraban muy atractiva con su uniforme verde olivo, pero que en ese momento yo sentía bastante áspera telefónicamente.

Ex estudiante de Sociología en la Universidad de Massachussets, Rosa Pasos llevaba sólo un año en el puesto, pero había adoptado rápidamente el estilo militar de la Nicaragua sandinista, entre autoritario y campechano. Su hermana menor, María Isabel Pasos, a quien apodábamos “Mip” por sus iniciales, era editora de noticias en la ANN.

Esa mañana, El Nuevo Diario de Managua había publicado mi artículo con la cantidad de soldados, tanques y aviones de cada uno de los ejércitos centroamericanos, incluyendo el sandinista. Lo que intentaba demostrar era que en esos convulsionados días el único país que estaba en situación de debilidad era Nicaragua. En la frontera norte, Honduras era lo más parecido a un inmenso portaaviones terrestre: se decía que contaba con la mayor cantidad de pistas de aterrizaje per cápita de América Latina. En cambio, la Fuerza Aérea Sandinista se reducía a unos pocos aviones en los que volaban voluntarios uruguayos que habían llegado de Suecia.

Tomé los datos de una traducción del inglés que citaba a The New York Times y The Wall Street Journal, y a dos expertos estadounidenses en temas militares, los tenientes coroneles Edward King y John Buchanan. Los dos eran veteranos de Vietnam y se oponían a la agresiva política de los “halcones” que asesoraban al presidente Ronald Reagan, un ex locutor deportivo y actor de tercera categoría. El documento me lo había dado una semana antes, en una fiesta de corresponsales extranjeros, una teniente que me presentaron como la asistente de la capitana Pasos.

– Me llamaron de Defensa y de Interior, y están arrechos –continuaba la jefa de Relaciones Públicas, sin dejar que yo pudiera decir media palabra–. Y me están llamando todos los corresponsales extranjeros. Quieren que les de el documento completo. Y es un documento de carácter re-ser-va-do, que sólo íbamos a repartir entre algunos agregados militares de embajadas amigas.

Cuando percibí que ella tomaba aire para seguir, logré hablar.

– Me lo dio tu asistente –balbuceé a toda velocidad–. No me dijo que era material reservado. Y antes de publicarse lo revisó Mip, tu hermanita.

Del otro lado de la línea se hizo silencio durante un instante que me pareció interminable.
– Ya mismo voy a averiguar –dijo Rosa Pasos, y cortó.

A la fiesta de corresponsales habían asistido algunos voceros del Frente Sandinista con ganas de distenderse, agregados militares que a mitad de la noche perdían la marcialidad para recitar poemas en búlgaro o checo y periodistas locales dispuestos a beber fluido para encendedores o quitamanchas en aerosol. Como era habitual en esas ocasiones, se tomó ron Flor de Caña hasta agotar existencias.

Y también como era habitual después de esos festejos con canilla libre, a la mañana siguiente recordé que hice cosas que hubiera preferido no hacer. Como por ejemplo, contar estúpidos cuentos de gallegos e imitar a un antipático y amanerado corresponsal español del diario La Vanguardia, de Barcelona. El tipo no iba a esas fiestas: odiaba todo lo que, según su criterio, era “comunista”, “castrista”, “izquierdista” o “populista”, incluyendo las parrandas.

A la madrugada, poco antes de que mi amiga Desirée Pallais –también reportera de la Agencia Nueva Nicaragua– se ofreciera misericordiosamente a llevarme en coche hasta mi casa, la teniente de Relaciones Públicas se acercó y me entregó un sobre. “Hay material muy útil para sus informes”, me dijo con una sonrisa encantadora. Y cuando dos o tres días después leí las 20 páginas mecanografiadas, vi que estaban repletas de datos confiables.

A las 24 horas de publicarse en El Nuevo Diario, el artículo apareció en el periódico El Día, de México, del que yo era corresponsal en Nicaragua. Y una semana más tarde, en la edición mexicana de Le Monde Diplomatique en Español, que coordinaba mi amigo Eduardo Molina y Vedia. “Rosa Pasos me va a crucificar”, pensé.
Pero no me crucificó. A través de su hermana María Isabel, la capitana me mandó a decir que finalmente el ministerio de Defensa había decidido distribuir el documento entre los corresponsales extranjeros.
La jefa de Relaciones Públicas del Ejército Popular Sandinista también me recomendaba que abandonara el periodismo y me dedicara al teatro. Sin proponérmelo, yo había logrado confundir a su asistente en aquella fiesta en la que, con unas cuantas copas de más, se me dio por contar cuentos de gallegos e imitar al antipático corresponsal del diario La Vanguardia.

– La teniente te entregó el documento… ¡porque creyó que eras el agregado militar de la embajada española! –me dijo Mip, muerta de la risa.

Transcurrieron 25 años desde aquel malentendido. Supongo que en ese tiempo alguna gente cambió y otra no. En 1989, el enviado de La Vanguardia al que yo imitaba fue expulsado de Panamá y en 1991, de Cuba. Me enteré que ahora escribe regularmente contra los presidentes Hugo Chávez, de Venezuela, y Rafael Correa, de Ecuador. Y en 2008 se dedicó a justificar el golpe de estado “constitucional” contra el presidente hondureño Manuel Zelaya. El tipo sigue igual o peor que en aquella época que recuerdo como “días y noches de amor y de guerra”. Entonces el 95 por ciento de corresponsales sólo pensaba “en la última mujer, el penúltimo trago y el próximo combate”.

Rosa Pasos llegó a teniente coronel pero renunció al ejército en 1990, cuando Violeta Chamorro asumió la presidencia de Nicaragua. Se graduó en Administración de Empresas e hizo un postgrado en Boulder (Colorado). Me contaron que actualmente es gerente de una consultora privada de servicios financieros.
Supongo que yo también he cambiado. Aunque a veces todavía se me da por hacer imitaciones, desde hace dos décadas y media no pruebo una gota de ron. Y cuando veo una botella de Flor de Caña, hago de cuenta que es una muchacha de 25 años:  la miro con cariño y sigo de largo.

Fuente: Bambú Press
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