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27 de septiembre de 2009

CUESTION DE HUEVOS

*Por Alejandro Fernandez

-¡Toma, limpiame estos 4 discos! y ya sabes, rebaja el alcohol con agua y le das con el algodón… sino la fritura es insoportable. ¡Ahhh! Y después haceme acordar de armar unos casetes para las publicidades –

Solo lo mire de reojo, estaba demasiado ocupado intentando ordenar alfabéticamente los discos. Con el tiempo descubriría que es una tarea inútil y que los operadores son bichos raros… ¡jeje!
Mis tareas eran simples, los discos y cebar mate. De vez en cuando ordenar cables y ocasionalmente, solo ocasionalmente, atender el teléfono, un bien de lujo en aquellos tiempos. Con estos simples quehaceres yo era feliz, a los 13 años no podía pedir ni ofrecer mucho más. Estaba en LA RADIO.

Corría el verano del 87, el gobierno de Alfonsín promulgaba el inentendible Punto Final, los gringos decían que el desodorante provoca un agujero en la capa de ozono (¿pero los experimentos nucleares no?), y el kiosquero me avisaba que tenía la ultima Patoruzito, la # 473 “Con trece aciertos”… ese era su nombre, una de las tantas aventuras de aquella historieta que enjuagaba mis ojos de hazañas y trazos de tinta.

En aquel lugar del universo, LA RADIO, jugaba a navegar los discursos de mil formas, a entender mi voz, mi respiración, e incluso a ser un DJ de bajo vuelo. Todo era extraño, demasiado nuevo.
No era muy lejos de casa, en realidad nada resultaba lejos en aquel Rio Gallegos. La rutina era simple, un nutritivo desayuno, unos mates con el viejo y a buscar la mochila. La mochila, un desaliñado bolso de mano, incluía una bolsa de yerba, algo de azúcar, y un paquete de Cerealitas recién abierto que rara vez llegaba a destino.

Casi como una causalidad, el principio de mi travesía se iniciaba en la Avenida Perón, una cinta gris que va inclinándose levemente a lo largo de las 5 cuadras que la separan de otra algo mas grande, la Avenida San Martin. Luego el atajo obligado, atravesar el barrio militar, tan prolijo él con sus techos de teja, sus cercos de madera y sus patios tamaño Morumbi. Mucho tiempo permaneció aquel cartel en la entrada del barrio, casi desafiante, anacrónico:

- No estacionar ni detenerse o el centinela abrirá fuego –

Yo, lo miraba…

El que llegaba primero encendía el transmisor, por lo cual apuraba mis pasos para ser quien lo active. Pocas veces logre hacerlo, el zurdo Cabral llegaba antes. El zurdo iba en auto, la competencia era injusta. El zurdo era diestro, pero vivía hablando de la Patria Socialista… el zurdo puteaba a Perón, para después decir que lo amaba como a su propio viejo. Cabral, tenía la mirada perdida, como intentando encontrar respuestas. El zurdo no tenía amigos.

Minutos después llegaba a LA RADIO. Un galpón casi abandonado de olores difusos, pero omnipresentes, perdido entre chacras y criaderos de chanchos. El lugar perfecto.
La llave solía estar bajo un ladrillo, la llave era una excusa… aquella puerta se abría con solo mirarla. Al entrar, el piso de arcilla imponía su mística, afuera, el viento dibujaba Patagonia entre melódicas chapas y alambrados. Cada momento tenía el fulgor de lo insospechado, lo desconocido. Mis sentidos intentaban agolparse rápidamente a la escena.

Esa mañana, una de Febrero, llegue más temprano de lo normal.

“¡Llegaste pibe!” dijo el zurdo, con una sonrisa poco habitual en el rostro. “Acomoda estas cajas en el fondo, yo vengo en un rato”. Supuse que algo bueno había ocurrido, era casi anormal ver cierto rasgo dinámico en su andar.
Naturalmente, lo primero que hice fue abrir una de las cajas. ¿Maples de huevo? Cerré la caja, sin entender nada, y la apile junto al resto, bien al fondo… sobre de un viejo escritorio gris, justo debajo de un Poster de Perón.

Era muy temprano, sin contar al zurdo que siempre llegaba primero (con trampa), yo era el único que deambulaba por los sibilantes pasillos de hojalata. Me tome unos mates y espere apoyado junto a la única ventana. A los pocos minutos, llegaron el zurdo y dos personas más.
Cabral bajo de la camioneta, y me dijo: “Veni Ale, dame una mano” acercándome dos bolsas de carbón. ¿Carbón? ¿Maples de huevo? cada vez entendía menos.
“Hoy inauguramos la radio nene, y vienen unos compañeros” menciono mientras se alejaba con media res al hombro. Le di una mano con el fuego, acomodamos una parrilla con restos fósiles y volvimos al galpón. Perdón, a LA RADIO.

En un momento no aguante más y le pregunte “¡Che Cabral! ¿Para qué son los maples?”

El zurdo camino unos pasos hacia mí, me sacudió el flequillo y me dijo: “acústica nene, acústica”. Yo pensé que me estaba gastando, eran unos maples con bosta de gallina y pedazos de cascara ¿qué carajo tenían que ver con la acústica? Para ser honestos, creo que fue la primera vez que escuche esa palabra “acústica”.

“Anda y cuida el fuego, yo me encargo de esto” carraspeo el zurdo, y se calzo unos maples bajo el brazo.
Cuidar el fuego no era tarea simple, el viento suele complicarte la vida en estos parajes. Busque entonces unas chapas, y arme una suerte de refugio para la parrilla… obviamente duro 3 minutos y tuve que correr tras las chapas. Pero finalmente lo conseguí, la parrilla estaba en toda su gloria, solo faltaba llenarla.

Suelo ser impaciente, en especial si no entiendo algo, por lo tanto… revise una vez más el fuego y me dirigí a dilucidar el misterio de la acústica.
Cuando llegue, luego de caminar unos pocos metros, el cuadro había cambiado. La sala de locución, en realidad un cubículo de 2x1 ½, estaba completamente cubierta de estos porta huevos. Era casi un paisaje lunar, con olor a bosta de gallina y pegamento, pero lunar al fin.
Encendí el transmisor, esto tomaba unos 20 minutos, puse un TDK de 90 y volví a la parrilla. ¡Maples de huevo! me dije sonriendo.

Cuando regrese a la parrilla, un tipo grandote se acerco y acariciándome la cabeza me dijo: “Te guarde este pibe. El “este” era un apetitoso choripan, el “alguien” pocos meses después sería elegido intendente de Rio Gallegos… muchos años después nos devolvería el peronismo.

En esa radio, LA RADIO, hicimos RESISTENCIA… con algunos maples, muchos huevos y cantando la marcha. Salvo el zurdo Cabral, el no la cantaba… pero yo lo escuche tararearla, al fin y al cabo era un hijo dolido. De Cabral no supe más. Supongo que habrá hecho las paces con su historia.
Del grandote… ¡psss! Del grandote ¿Qué puedo decir? Solo muchas gracias, cumpliste con lo prometido.




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