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15 de marzo de 2009

LOS ATAQUES A KIRCHNER

PRIMERO DICTADOR,  

DESPUES DEMENTE,

MAÑANA… 

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 *Por Claudio Diaz

El hombre de nuestros días devora toda clase de mensajes: los diarios y las revistas, la radio y la televisión, la literatura de testimonio, el cine, los documentales, biografías, historias vulgarizadas o vulgares. Todo está ahí, al alcance de la mano, la vista y los oídos para penetrar en los pequeños mundos que viven en cada uno de los millones de seres que habitan el planeta. El poderoso aparato comercial de la letra impresa o la imagen con sonido explican la riqueza vital del proceso histórico de la humanidad. Y es estimulante.

Pero pasa a ser motivo de inquietud cuando esos centros de mensajes desnaturalizan su función a pura propaganda para arrojar unos cuantos elementos que, como los gases venenosos, están fuera de la ley pero intervienen activamente en su despliegue: el rumor y la calumnia son algunos de ellos. Destruidas políticamente, sobrepasadas por los acontecimientos, las fuerzas del ayer, que no se resignan a dejar su lugar y procuran reinstalarse en el seno del nuevo ciclo, decoran su rostro poco atrayente con los cosméticos de incoloras ideologías. 

Después de libertar un continente por la obra de su espada y de su genio político, San Martín debió abandonar el país para siempre. Los reaccionarios de su época ligados al colonialismo europeo lo acosaron con todas las calumnias imaginables. Vivió su amargo destierro solo, pobre y olvidado: había herido tantos intereses que la gloria y la justicia le llegarían mucho después. Con Juan Manuel de Rosas, acusado de las peores barbaridades que pueden imponérsele a una persona (hasta de una relación incentuosa con su hija), sucedió algo parecido. Es que el rumor es la fórmula esterilizante de los privilegios vencidos. Y la calumnia se le asocia siempre, como una sombra. Cuando un país es arrancado de su cauce por obra de las revoluciones, los intereses amenazados o lesionados se agrupan para vomitar su gran despecho de clase. ¿Qué calumnias no se han echado encima de Sandino, Getulio Vargas, Velazco Alvarado, Fidel Castro, Torrijos, Evo Morales, Hugo Chávez, Perón? 

En la Argentina de estos tiempos, y más allá de errores, contradicciones o inconsecuencias, nunca se vio demonización más despiadada contra un presidente democráticamente elegido. Nos referimos a Néstor Kirchner. Desmesuras como las que llevaron a Eduardo Duhalde, los radicales y Elisa Carrió a compararlo con Hitler, Mussolini y el rumano Ceascescu determinaron que cualquier habitante de la clase media urbana exprese hoy violentos calificativos contra su persona, sea en la calle, en encuestas de opinión o blogs de lectores de la prensa escrita, con Perfil y Crítica a la cabeza. No hay más que entrar a algunos de esos sitios para toparse con extraterrestres caracterizaciones que se hacen sobre la figura del ex presidente de la Nación, al que se pulveriza de una manera que no se utilizó –por poner un ejemplo- contra un dictador como Jorge Rafael Videla.

Sin embargo, el ataque contra Kirchner, asociándolo con lo más execrable que se encuentra a mano, empieza a pasar a un segundo plano a partir de una nueva etiqueta –tan diabólica como la anterior- que se le adosa a su figura: el de  “desequilibrado mental”, que lo vuelve más peligroso aún. Ya no sólo es autoritario sino además demente. Si bien fue (nuevamente) el impresentable Duhalde quien salió a denostarlo con más fuerza, desde poco antes ya existían antecedentes que hacen presuponer que esa acusación ha sido orquestada por el conglomerado liberal-mediático de la Argentina.

El 14 de agosto del año pasado, en Rosario, Duhalde no sólo comparó a Kirchner con Hitler y Mussolini sino que además se atrevió a decir que “tiene graves problemas psicológicos”. Curiosamente, justo un mes antes, el dirigente de la oligarquía terrateniente Mario Llambías había declarado en Clarín (14 de julio) que “el ex presidente Kirchner tiene que ir al psicólogo”.  A partir de esas consideraciones empezaron a surgir los “sesudos” análisis de algunos miembros de nuestra Mediocracia que trabajan para dotar de argumentos creíbles el relato de lo políticamente correcto.

Así apareció Alfredo Leuco (primero fue exégeta de la Junta Coordinadora Radical y luego del menemismo, como editor de Revista Gente), para intentar darle visos de “seriedad” a la teoría de la presunta locura de Kirchner. Como para darle sustento a esa disparatada especie contaba en su columna de Perfil del sábado 9 de agosto:

“Tal vez la explicación más preocupante desde lo institucional es la que plantea que Duhalde se atrevió a decir en público lo que otros no se animan: que Kirchner está loco. Esas fuentes aseguran que Duhalde se convenció de la necesidad de blanquear esta situación después de escuchar atentamente a dos personas que fueron de su íntima confianza y que luego pasaron a cumplir el mismo rol pero con los Kirchner: el senador José Pampuro y el ex jefe de Gabinete, Alberto Fernández”.

Como se puede observar, Leuco le da entidad a las apreciaciones de Duhalde. Luego,  ajustándose a lo que le dicta su fuente de inspiración (o de información) y a su propio análisis se anima incluso a ir un poco más allá. Veamos…

“En un par de ocasiones, Pampuro salió pálido después de hablar con Néstor Kirchner en la quinta de Olivos. No era la primera vez que asistía a semejante espectáculo, pero en esas dos ocasiones lo impresionaron más que nunca los gritos, las acusaciones y la cerrada negativa a pensar, aunque sea, en la posibilidad de recomponer la relación con Felipe Solá o con el vicepresidente de la Nación, entre otros Judas y traidores que no habían votado positivamente el proyecto del Gobierno. Ante gente de mucha confianza, Pampuro alcanzó a balbucear: “Está intratable”. Esas dos mismas palabras fueron las que utilizó Alberto Fernández para definir los desequilibrios emocionales que detectó en Néstor Kirchner y que clausuraron cualquier posiblidad de que él continuara en el Gobierno. Pintan un panorama desalentador: ya no acepta nada”.

La frutilla del postre vino a ponerla el sofista mayor de la Argentina, Mariano Grondona, cuando en su programa del domingo 17 de agosto del año pasado se preguntó si no había que empezar a considerar el peligro que significa para el país que el conductor del principal movimiento político “esté loco”.

A fines de noviembre último, en Revista Veintitrés, Ernesto Tenembaum le siguió dando cuerda al asunto. Escribía entonces: “Existen diversas teorías que intentan explicar el fracaso nacional, y esta nota no tiene la pretensión de aportar una más, pero quizá sería bueno que los especialistas contemplen la posibilidad de que hubiera un costado, cómo decirlo, psiquiátrico, de la realidad argentina, que se ha subestimado. Que no es lo mismo que pensar que hay que internar a Carrió o que sea cierto que Kirchner está chapita. Pero casi. Porque dados los antecedentes, no se trata de afirmaciones que se pueden tomar livianamente, como si se tratara de otra evidencia de locura. Por ahí, vaya a saber uno, tienen razón (…) Demasiada gente que hace cosas extrañas está ahí, en la cocina (…). Compremos chalecos de fuerza. Antes de que sea tarde. Socorro”.

No podía faltar el aporte de Carrió. El 24 de febrero, en diálogo con Jorge Fontevecchia, define a Kirchner como “loco y corrupto”.  Se la puede ver y escuchar en Youtube, sentada muy cómoda en un sillón de la oficina del empresario periodístico. Tras cartón, esta semana los medios promocionan la estúpida carta que el presidente del radicalismo, Gerardo Morales, le manda a Kirchner pidiéndole, entre otras cosas, que “no pierda la racionalidad y mesura” y que no haga política “desde la mentira”.  

Finalmente, ante el anuncio de que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner presentará el miércoles 18, en el Teatro Argentino de La Plata, el proyecto de nueva Ley de Radiodifusión, otra dirigente de la Coalición Cínica,  Margarita Stolbizer, sale en Clarín a confesar su espanto: “Tengo miedo de que la Ley de Radiodifusión se convierta en un ariete para que Kirchner comience a apretar a los periodistas (…). A mí me preocupó, casi que me asustó. Un Kirchner desaforado, fuera de sí mismo, con ese ataque al diario Clarín, en una actitud cuasi mafiosa y de provocación”.   

De modo que así se escribe la historia de la infamia. El asunto es peligroso. Los toques de atención de Grondona, Duhalde, Carrió, Leuco, Tenembaum, Morales y Stolbizer, entre otros,  suenan inquietantes: como la alarma en los cuarteles de bomberos que, en las madrugadas, rebota en el aire de la calle preanunciando la tragedia de un incendio. Por este camino se llega, más rápido de lo que uno supone, a la guerra de clases contra el pueblo y los trabajadores, que declaran los bienpensantes que propician cualquier procedimiento para impedir que la gente común se exprese políticamente. De modo que no será extraño que de aquí en adelante arrecien sobre los argentinos las expresiones del tipo… Ya ven: en el 2003 votaron a un dictador que encima está loco… Y después a su mujer. Hay que hacer algo…  

El peronismo ya sabe lo que significa ese “hacer algo” en boca de sus enemigos. Lo viene sufriendo en carne propia desde el mismísimo 17 de octubre de 1945. Nunca está de más recordar que aquella gloriosa jornada culminó ensangrentada cuando desde la terraza del principal diario de la época, Crítica, francotiradores dispararon sobre el pueblo que regresaba a sus casas después de protagonizar la revolución más importante de la Argentina. Darwin Passaponti y dos de sus compañeros murieron acribillados bajo las balas. No lo olvidemos jamás: para ciertos periodistas no hay nada peor que los peronistas.

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