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1 de marzo de 2009

LAS HINOJOSA



*Por Luis Caro
El lunes es un día que deberíamos dedicar al vino torrontés.
Sería poco prudente iniciar la semana bebiendo otra cepa, luego de los estropicios que en el cuerpo  ocasionan  sábados y domingos.
Por empezar, el torrontès no está nada mal. Es blanco, suave, frutado pero no tanto, amable pero tampoco demasiado y  encima, a veces, nos regala un final de boca  semi amargo que hasta  sirve de limpiador hepático. Como observamos, son muchas las bondades del torrontés.
Dicen  que la uva es hija natural de algún alemán que llegó a  estas tierras  como exiliado económico del siglo diecinueve.
Repasando entonces: origen humilde, sensual y aún rústico, básicamente personal, como aquellas fabriqueras de los tangos que cantara  Carlitos Gardel.
Así las cosas, Torrontés.
Que hayas sido inmigrante tampoco es un tema menor.
Como vos, nosotros también venimos de los barcos; compartimos  ese secreto código de desamparo, de lejanía.
Mi origen, por ejemplo, se remonta al puerto de Nápoles.
Allí, mis antepasados paternos eran farsantes, actores del mercado y músicos  callejeros. La parte más decente de la familia  comía raíces en la campiña que rodeaba al Vesubio y los más inadaptados  vendían  caballos  y estafaban incautos en la costa Amalfitana. Todos estos caballeros, a su vez, fueron amasados por bisabuelos zíngaro-romanos, palestinos, griegos y sefardíes.
Así las cosas, Cantautor.
A veces me pregunto con esta semilla a cuestas que esperaban de mí.
Está claro que la performance del trovador, para el alma, fue ciertamente reparadora y, encima, el oficio  me permitió  experimentar con los mejores   peores vinos, como si ambas cuestiones estuvieran vinculadas indisolublemente.
Para seguir el orden  y volviendo a su majestad,  el primer torrontés  que conocí fue sanjuanino, estirado y pobre. También debiera reconocerle cierta originalidad como a esas eventualidades que me fueron sucediendo con la canción. 
En los años setenta,  los jóvenes de la llamada juventud maravillosa recorríamos los barrios más humildes de la ciudad a llevar nuestro mensaje revolucionario, el sueño del hombre nuevo.
Yo, por entonces, además de participar en esa actividad política, integraba la Comedia Marplatense y cantaba también en algunos cafecitos.
Apoyado en algún carisma  personal y en la canción popular, he vivido con la guitarra las situaciones  más impensadas.
Recuerdo un bar de campo que quedaba en los finales del barrio General Belgrano. Allí se bebían cañas y ginebras y también, con la vista gorda de la policía,  se jugaba a la taba por dinero. Era un lugar donde no había podido llegar ninguna  agrupación política salvo algún esporádico militante de las tantas izquierdas que convivían entonces.
El domingo primero de mayo de mil novecientos setenta y tres se conmemoraba el Día del Trabajo.
Llegamos a la taberna de la mano de un obrero del aserradero: Ripo, apodo que le venía por el vino  Ripober, muy popular en esos años. El reclamaba, con alguna razón, ser accionista de la bodega: tomaba entre tres y cuatro litros diarios del famoso genérico.
Ahí mismo, entre parroquianos y algunos perros abandonados, cantamos milongas, candombes y huellas hasta el anochecer.
Bendita música, estábamos adentro.
Al poco tiempo, en los fondos del bar, construimos un dispensario médico que atendía dos veces por semana la salud primaria y una salita de apoyo escolar. Luego el ropero y el comedor.
La barriada participaba, conmocionada por la capacidad organizativa y el trabajo que desplegábamos.
Sin embargo  lo más  original, sin duda,  pasaba  por la ropa de las chicas.
Llamaba mucho la atención.
Iban vestidas con prendas donadas por Caritas, antiguas y  extrañas, tal vez recolectadas en los finales de los sesenta. Reformadas y vueltas a rehacer y hasta algo descoloridas, resultaban muy sensuales. Eran, por lo pronto,  más interesantes que los diseños que  uniformaban a  las chicas del centro de la ciudad.
A propósito de ello conocí, entonces, una familia del barrio.
La  formaban  el papá y siete hermanas mujeres, bellísimas todas: las Hinojosa.
La mamá había fallecido en el último parto.
Dorita, Memé y Natalia eran las hermanas mayores. Ellas trabajaban  en el puerto y además cuidaban a sus hermanitas menores.
Armando, el papá,  era changarín en el mercado central. Allí descargaba camiones, limpiaba la fruta y la verdura, en jornadas que siempre pasaban las catorce horas.
Las Hinojosa, como se las conocía, vivían en una casilla de dos ambientes, letrina al fondo y piso de tierra siempre impecable.
Además del infinito trabajo diario, se las ingeniaban para reciclar algunas prendas, habilidad recibida como única herencia de esa mamá  entrerriana que parecía estar en todos los rincones del rancho.
Las chicas brillaban en el barrio con su cara lavada y sus atuendos.
Un día Armando cayó, afiebrado.
Tal vez una infección  no resuelta a tiempo, no atendida, lo mató durante un fin de semana largo de Octubre.
Las Hinojosa prepararon al papá con una camisa blanca de cuello almidonado y dado vuelta por el tiempo. Lo afeitaron con una navaja de Albacete - única herencia familiar- y también engominaron su cabello como él hacía cada mañana.
Relajado y vestido de domingo, con su traje de casamiento, así lo vi a Armando por última vez.
El bar, dispensario médico, salita de apoyo escolar  y de fiestas, biblioteca y todo,  absolutamente todo, sirvió también de sala mortuoria: allí lo velamos  la noche entera.
A la mañana  cargamos a Armando y lo llevamos  a pie unos tres kilómetros hasta la ruta provincial y entrada del barrio. Allí, donde un compañero pasaría a las nueve de la mañana con una camioneta prestada para llevarlo al cementerio.
Nunca llegó.
Extenuados, apoyamos el cajón  en la tierra, a la sombra de los pinos y bajo el cielo limpio y fresco  de aquella mañana.
Después de esperar un tiempo, infinito, decidimos contratar al camioncito ladrillero que había terminado su reparto.
Mientras esperábamos, Dorita me pidió que cantara la canción que a su papá más le gustaba. Las coplas que su abuelo andaluz  recitaba en  medio de la batalla de aquella guerra civil.
 La hierba de los caminos
 la pisan los caminantes
 y  a la mujer del obrero
 la pisan cuatro tunantes
 de esos que tienen dinero.
Al terminar la canción nos abrazamos.
Ahí mismo, bajo el aroma de los eucaliptos y flores silvestres.
Ahí donde aquella vez escuché, para no olvidar nunca, el silencio absurdo de la muerte.

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