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8 de febrero de 2009

UN MUNDO INFELIZ



*Por Claudio Diaz



                   (Una nueva religión: la del consumo)
                   (Una sola historia: la de los ganadores)
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Abierta todos los días del año las 24 horas (y con la comodidad de tenerla en casa), hoy la televisión es la gran iglesia universal desde donde nos llega la “palabra divina”. Nunca como en estos tiempos ha sido tan despiadada la adoración al consumo que se nos inyecta desde la pantalla.  

En las últimas temporadas fuimos televidentes de una publicidad en la que un padre que va de compras a un centro comercial (“salió de shopping”, diría la tilinguería), adquiere tantas cosas que los paquetes con regalos lo terminan transformando en una suerte de arbolito de Navidad. En ese momento, una criatura de 5 ó 6 años llega corriendo a su encuentro pero, claro, no sabe si esa figura impersonal que perdió su cara y hasta los brazos es realmente el padre. Porque el tema es que en esa galería comercial todos los hombres están comprando artículos de manera desenfrenada, o dicho de otra manera: están consumiendo. Y ningún pibe puede reconocer quién es quién. Corolario: a esos padres no le importa un cuerno sus hijos, esos seres mágicos que trajeron a la vida, sino que lo único que parece darles placer es la lujuria, la gula, la locura desenfrenada de comprar por comprar y tener. No importa qué; pero tener, poseer, acumular… Todo como símbolo de realización individual del nuevo orden moral de estos tiempos.  

Otras publicidades inolvidables de estos tiempos son las del Banco Francés. ¿Recuerdan aquella de la pareja joven que discutía acerca de si convenía gastarse un dinero ahora, para un viaje de placer o el cambio de casa por un “cantry”? “Sí, vamos con todo para adelante” (terminan decidiendo), porque ambos “se ven” dentro de 30 años como viejos chotos que ya no pueden disfrutar de la vida. Porque allí se esconde el otro “mensaje”: después de los 60 ya no hay posibilidad de ser feliz en esta sociedad de consumo. La vida (lo materialista de la vida) es ahora y nunca más. No hay futuro, el éxito es hoy, con los cuerpos torneados del presente. Porque las arrugas, la panza y las canas o la calvicie son hijas de la derrota (este discurso es descendiente directo del poco delicado “coj… hoy que mañana se acaba el mundo”).  

Una última muestra: la de unos tipos que están en situaciones límite (se salvan de morir ahogados o atropellados por un coche) y tras el susto lo primero y único que piden es ir al Banco Francés… ¡para sacar un préstamo! Mensaje: después de rozar la muerte, la vida merece vivirse nada más que para tener dinero y consumir. ¡Dios nos libre de esta religión!   

Aunque nos lo quieren presentar con otro envoltorio, el de este nuevo siglo es un imperialismo integral, “entero”, que ya no sólo avanza para expoliar a pueblos de todo el planeta sino que ahora también pretende abarcar la totalidad de la vida humana, desde la concepción hasta la muerte. No es un imperialismo predominantemente militar, como entre los romanos; o económico, como el de Gran Bretaña en el siglo XIX. La conquista ya no pasa tanto por la posesión u ocupación de territorios sino por el control de las ideas, el pensamiento de los pueblos y sus voluntades. Sin tantas armas, ahora se trata de ejercer el control de las almas.  

Este nuevo imperialismo ya no es un Estado que somete a otro, o para decirlo con más precisión: una potencia que arrasa a un país “secundario”, ubicado en los arrabales del centro mundial. No, la pretendida dueña de todas las cosas es una elite casi anónima que no tiene nacionalidad (o sí: la de la “patria” del dinero). Esto le permite pasar por la calle relativamente tranquila, porque nadie conoce su rostro. En ausencia de un Estado (Gran Bretaña o Estados Unidos) de contornos visibles, nadie sabe quién es el responsable del sometimiento. Es multinacional el dominio. El poder, entonces, es anónimo, secreto. No lo fue Bush, quien en todo caso apenas actuó como uno de los comisarios del nuevo orden que llevó adelante la razzia que esa elite necesita seguir aplicando en algunos barrios del planeta, para ajustar el correcto funcionamiento de su sistema.    
 
Alienados los pueblos por el veneno protestante y liberal, el nuevo orden necesita, por supuesto, “nuevos hombres”. Lavados de sus creencias tradicionales y de su moral sexual, familiar, social. Se busca hallar “consenso” para alcanzar un “equilibrio” terrorífico: mientras se descarta la vida para cientos de millones de seres humanos, se exalta y fomenta el culto al mercado, al hedonismo y al consumismo vacío entre los que todavía no se cayeron del mapa.  

Un adelantado, Aldous Huxley, lo vio venir hacia 1930, cuando describió una democracia que era, al mismo tiempo, una dictadura perfecta; una cárcel sin muros en la cual los prisioneros no soñarían con evadirse. Un sistema de esclavitud donde, gracias al sistema de consumo y el entretenimiento, los esclavos amarían su servidumbre: Un mundo feliz, tal como tituló a su obra el extraordinario novelista inglés.  

Una sociedad (la que describía el autor) de tremenda actualidad, que utiliza todos los medios de la ciencia y la técnica –incluidas las drogas- para el condicionamiento y el control de las personas. En ese mundo, todos los chicos se fabrican en serie (son concebidos en probetas) sin tener que pasar por el vientre de su madre. Y están genéticamente condicionados para pertenecer a una de las cinco categorías de población. De la más inteligente a la más estúpida: los Alpha (la elite), los Betas (los ejecutantes, los gerentes), los Gammas (los empleados subalternos), los Deltas y los Epsilones (destinados a trabajos arduos). A los Alpha se los dota de genes perfectos, mientras que los de la clase Epsilon reciben menos oxígeno del debido con el propósito de obtener personas semi idiotas, infradotadas. Su fin: asegurar la estabilidad social.  

La familia, como institución, ha sido abolida. La historia, el arte y la literatura han dejado de existir en ese mundo, dando lugar a la aparición de la música sintética y la televisión. La ciencia ha triunfado sobre la espiritualidad, de tal manera que el deterioro físico de los seres humanos, que ya hemos visto que son fabricados en laboratorios, puede detenerse artificialmente. Es esta una sociedad feliz, superficialmente feliz, en la que la gente está condicionada por los genes, el lavado de cerebro y las drogas. Los descontentos con el sistema son apartados de la “sociedad ideal” y confinados en colonias especiales donde se rodean de otras personas con similares “desviaciones”.  

Los habitantes de ese mundo ideal dependen casi servilmente de una droga sintética, el Soma, que el propio Estado prescribe para poder manipular sus emociones y garantizarle la felicidad. La sociedad de consumo en su más crudo realismo. Pero en la novela no todo el mundo vive así. En algunas zonas del planeta han quedado reservas donde los “salvajes” siguen teniendo sus dioses y ritos espirituales, donde las familias continúan existiendo y donde los niños nacen de mujeres. Para odiar ese mundo y condenarlo como algo de la prehistoria (tal como hoy hacen los grandes medios de comunicación en manos del liberalismo), la elite de ese nuevo orden imaginado por Huxley crea el sistema de la hipnopedia, esto es: un proceso de aprendizaje ejercitado durante el sueño que consiste en la repetición constante de frases, de frases propagandísticas, que quedarán grabadas por el resto de la vida en cada habitante de ese “mundo feliz”.  

¿No es la de Huxley la profecía de lo que vivimos a diario, cuando desde los artículos de diarios y revistas y sobre todo desde los medios masivos como la televisión y la radio escuchamos repetir los mismos conceptos, una y otra vez, para que al cabo de un brevísimo tiempo la gente que consume esos discursos los incorpore a su dieta y los repita, cual loros amaestrados, como verdades de Biblia?     

Obsérvese además el mensaje-modelo de los veranos que se le hace llegar al público consumidor, con la televisión y la publicidad como sus centros de irradiación, que indican cómo adquirir la perfección estética y social desde una bebida o producto de venta. Como en la semblanza de Huxley, esa felicidad termina siendo el soma de los nuevos tiempos. La zanahoria cotidiana que permita mantenernos alejados de los interrogantes esenciales de la vida, de querer saber qué hay, realmente, detrás de toda esa pompa de jabón que nos hace creer que en verdad somos libres porque podemos elegir a qué playa ir y con qué cerveza invitar a la chica que queremos enamorar. Mientras jugamos a esas elecciones, la policía del pensamiento sigue desarrollando sus aparatitos de control remoto para saber qué sentimos, qué pensamos, qué buscamos, qué estamos dispuestos a hacer. George Orwell debe haber soñado con un tal Bill Gates cuando antes de 1950 escribió su certeramente profético Gran hermano. 

Uno de los derviches del Gobierno Mundial proyectado, como ya tantas veces hemos contado, por la Comisión Trilateral de Rockefeller y Kissinger, le dio “forma” a los mínimos consensos que habría que obtener de cada país del planeta para que ese gobierno único, el del supracapitalismo, funcione más o menos bien. Estamos hablando del recientemente fallecido Samuel Hungtinton, quien en el capítulo 12 de su obra El choque de civilizaciones dice que “hay que tratar de inculcar y promover las características universales  de la civilización”. Esto es: no respetar las idiosincrasias de cada civilización distinta sino buscar formas comunes para que en lugar de diversidad haya una uniformidad absoluta. Uniformidad en las creencias (y para eso se necesita de una nueva religión); en el pensamiento (para lo cual hace falta una sola historia); en los valores morales (para lo que se necesita el consumo y la posesión de cosas materiales como único camino de realización individual). Así se puede llegar a conformar la “nueva humanidad” que quiere el capitalismo neoimperial de las corporaciones sin rostro. Un mundo feliz… ¿Un mundo feliz?    
 
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