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22 de febrero de 2009

ELLOS TIENEN LA PALABRA...¿QUERRÁ EL PERONISMO RECUPERAR LA SUYA?



*Por Claudio Diaz

Son adjetivos calificativos que se repiten hipnóticamente, para que queden grabados en la memoria del receptor y no puedan salir de allí nunca más. 


Antidemocráticos
Autoritarios
Burócratas
Cabecitas
Corruptos
Delincuentes
Demagogos
Dictatoriales
Energúmenos
Fascistas
Grasas
Incultos
Ignorantes
Intolerantes
Lacra
Nazis
Negros brutos
Peste
Vagos

Probemos otra vez, ahora alterando el orden de aparición de todos esos términos…

Corruptos
Fascistas
Negros brutos
Autoritarios
Ignorantes
Grasas
Demagogos
Vagos
Incultos
Lacra
Cabecitas
Nazis
Peste
Delincuentes
Antidemocráticos
Energúmenos
Burócratas
Intolerantes
Dictatoriales

¿Cuántas veces se dijo?  ¿Cuántas páginas de diarios y revistas, libros y guiones cinematográficos, se cubrieron con ellas? Parece que el peronismo es todo eso junto. Es decir: una porquería… Así, al menos, lo han presentado en el mercado los publicistas de la política.

Sin embargo, y a pesar de tanta campaña marketinera en contra, al movimiento político más popular de la historia argentina no le ha ido tan mal. Sigue siendo un producto de consumo masivo, aún con la adulteración que ha sufrido por parte de algunos pretendidos fabricantes que -con la excusa de modernizar su envase-  trataron de vaciarlo de su contenido original.

El peronismo es la Coca Cola de las gaseosas, con perdón de la asimilación que se hace respecto de la bebida más imperial del mundo. El peronismo es el Boca y River del fútbol, sin que se ofendan los millones de hinchas de otros clubes que también son nacionales y populares.

Sin embargo, una minoría que se deleita con otros placeres, que se cuida con yogures descremados, se esfuerza desde hace mucho tiempo en presentar al que es sin duda el máximo pilar de nuestra nacionalidad como algo altamente peligroso para la salud pública, lleno de contraindicaciones, tóxico, se diría que casi mortal.

Así como cuando de chicos nuestras madres nos abrían la boca para ponernos la cuchara con el jarabe o la vitamina: así, también, parece suceder ahora con millones de argentinos pretendidamente cultos e informados a los que no les abren la boca sino directamente la cabeza, para llenárselas de preconceptos, sofismas, verdades que no son.

Que aquellas definiciones acerca del peronismo y el movimiento obrero argentino sean hoy moneda corriente en la opinión de amplios sectores “medios” de la Argentina, es el resultado de un trabajo de mucho tiempo por parte de la oligarquía de la comunicación.

Ese sistema ha logrado moldear una masa amorfa aunque no homogénea (ni en lo social ni en lo ideológico) que ha sido “mediatizada” a tal punto que hoy ha perdido capacidad para pensar y razonar por sí misma. Esta nueva “clase urbana” se transforma  en una repetidora de conceptos e ideas ajenas, “importadas” desde esos centros de poder que elaboran el discurso para mantener el dominio sobre las grandes mayorías nacionales.

Se ha dicho varias veces, se repite a menudo, que el peronismo y el pueblo en general, que poco prestan atención a los espantapájaros radiales y que tampoco leen con frecuencia los sermones de los pontífices de la prensa escrita, casi no han tenido dificultades a lo largo de su derrotero como ciudadanos del país para saber ubicar la estrella que puede alumbrar sus vidas.

Pero eso pudo haber sido antes, cuando la incidencia de estos grupos de presión psicológica que son los medios, no tenían ni el alcance ni la influencia del presente. Estamos diciendo que el aparato del poder propagandístico, con la televisión en particular, hoy regula la vida del hombre de manera escandalosa. Pero, también, queremos decir que la tarea de desenmascaramiento de ese factor de poder que se presenta ante una comunidad entera con el inocente nombre de periodismo independiente, es más imprescindible que nunca porque la política (y dentro de ella, claro, el peronismo) ha abandonado hace rato el cultivo de las ideas centrales que necesita un pueblo para valerse por sí mismo. Si antes nos formaban para la política, ahora intentan formatearnos para el nuevo orden social: consumo y pasatismo.

Admitiendo por adelantado que en el fondo nos gusta provocar,  afirmamos… Que el movimiento nacional podría seguir el camino de la mismísima Iglesia católica, que por abandonar su doctrina de fe (para atender asuntos más terrenales, es decir: materiales) fue perdiendo cada vez más feligreses, ganados en las últimas décadas por esas sectas que, al igual que los medios de comunicación, prometen un mundo más justo, más humano, más digno, pero no

ahora sino en otro tiempo, vaya a saber uno cuándo… Eso se parece a la promesa de los gurúes del capitalismo liberal que, con ayuda de esos medios, nos dicen a diario que la copa ya se llenará y derramará el ansiado líquido sobre nuestras sequísimas bocas. “Tengan paciencia”, nos dicen. “Que vuestra sed ya tendrá su gota de justicia”, agregan cínicamente.

Pues habrá, entonces, que encomendarse a nuestro señor, a nuestro General… “Perón nuestro, que estás en los cielos…”.  Porque ellos, los “eyos” de los que premonitoriamente nos habló Oesterheld hace medio siglo, siguen allí y tienen la palabra. Ojalá que el movimiento nacional quiera recuperar la suya.
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