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7 de diciembre de 2008

FERIA DEL LIBRO – MAR DEL PLATA PUERTO DE LECTURA – 2008








*Por Eliana Valci


Ida & Vuelta estuvo presente en uno de los eventos mas importantes de la ciudad costera de Mar del Plata, la Feria del Libro, la que ha cambiado su puesta en escena de la carpa que se instalaba todos los años en la Peatonal San Martín, al majestuoso Hotel Provincial.

Dada la impronta del acontecimiento, no podíamos dejar al margen a quienes están en diversos puntos del país, incluso del mundo, por ello lo compartimos con nuestros lectores/as.

Tras la presentación en sociedad de nuestro medio digital, emprendimos el recorrido por la Feria, donde cada editorial y cada institución representativa de la cultura literaria, tiene su stand, para ofrecer un abanico de opciones a quienes gustan disfrutar de un buen libro.

Entre los más destacados, se encuentra el espacio de la Honorable Cámara de Diputados de la Provincia de Bs. As., que cumple con el deber de informar y concientizar a los ciudadanos y ciudadanas que detrás de sí hay una ley que los protege, y representantes que trabajan en su nombre por una provincia mejor. La importancia de este stand hacia la sociedad que le muestra la tarea legislativa y asume el rol de la toma de conciencia del ciudadano de las leyes que se han dictado. Cabe destacar, que esta presencia pone de manifiesto a los detractores de siempre que vituperan la tarea política, y le da un valor a la juventud para que aprecie la verdadera función del legislador.

Por otra parte, no podía faltar la memoria porque sólo nosotros podemos recuperarla, y que símbolo más representativo para esta tarea que las Madres de Plaza de Mayo, que en su lucha incansable nos enseñan a no bajar los brazos y a decir NUNCA MÁS.

Allí nos encontramos también con los compañeros de la Revista Sudestada, dándonos a conocer los personajes de la militancia Nacional e Internacional.

Y finalmente, nuestro paseo culmina en el stand de la EUDEM, Editorial de la Universidad Nacional de Mar del Plata, que ha sido la impulsora de la Feria del Libro desde sus comienzos.


*Directora Revista Ida &Vuelta

ALFONSÍN: EL PADRE (POSTIZO) DE LA DEMOCRACIA


*Por Claudio Diaz


Nos adelantamos algunas horas. Escribimos esto antes del vendaval de mentiras e hipocresías con que nos van a saturar el próximo miércoles, cuando se celebre el 25º aniversario de la recuperación de la democracia (formal o lo que sea). El desfile comenzó con el homenaje a Raúl Alfonsín semanas atrás. Y terminará (seguro) con los suplementos ad-hoc que preparan La Nación y Clarín. Como continuidad del ejercicio mediático iniciado en octubre, de aquí en más volverá a quedar instalada como “verdad” absoluta e irrefutable que el abogado radical de Chascomús es el Padre de la democracia argentina.

Siempre hay que tener presente eso de que “si la historia la escriben los que ganan…” Así como la (de) generación del ’80 instaló en forma casi definitiva que Sarmiento es el Padre de la educación argentina (aunque fue con el peronismo cuando este país construyó más escuelas que en todo el resto de su historia; además de incrementar en más de un 300% la matrícula escolar; levantar 15 universidades en todo el territorio y cientos de escuelas-fábrica, y permitir que por primera vez los jóvenes de cualquier condición social pudieran acceder gratuitamente a las facultades); dentro de algunas décadas el retrato de Alfonsín lucirá en cualquier ente público como símbolo de la lucha por la libertad. Hagan sus apuestas, señoras y señores…

¿Pero cuál fue el mérito de este politiquero oportunista y timorato que hoy es presentado como el campeón de los derechos civiles? Que salió de su escondite muy tarde y se presentó como el líder que acabaría con la desigualdad de la noche a la mañana, vociferando que con su democracia se comería, se curaría y se educaría. Que en los meses previos a las elecciones de 1983 denunció un imposible pacto militar-peronista-sindical, jamás probado pero que sirvió para asustar a la clase media, luego cacerolera. Que no tuvo ni siquiera una pizca de vergüenza al involucrar al movimiento obrero en aquella conspiración contra la democracia, luego de que algunos de sus principales dirigentes (Jorge Di Pasquale, Oscar Smith entre otros) y alrededor de 18 mil delegados de fábrica fueran secuestrados y desaparecidos durante la dictadura antiindustrialista. Que tampoco quiso estampar su firma cuando en 1979 el chaqueño Felipe Deolindo Bittel y Herminio Iglesias, en nombre del peronismo, denunciaron la masacre y el saqueo ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

Ese “demócrata” que hace 25 años se convirtió en presidente, como contrapartida nos regaló una hiperinflación del 30 por ciento mensual. Y como primera medida de gobierno le declaró la guerra a la CGT y a los trabajadores con el verso de la pluralidad gremial, que siempre debe traducirse como atomización, división o libanización del movimiento obrero.

Ese “demócrata” que, como guinda de su pastel envenenado, firmó el denominado Acuerdo de Olivos con un sátrapa de su misma calaña, ni más ni menos, para repartirse entre ambos el podio de la indignidad ante una república devastada.

Ese “demócrata” que en julio de 2006 afirmaba sin ponerse colorado que el gobierno de Néstor Kirchner era tan autoritario que presagiaba “la muerte de la República”. Y que poco tiempo después, en marzo de este año, al iniciarse la ofensiva de las patronales agrofinancieras ya no contra el gobierno sino contra el país todo y en particular contra el peronismo, acusaba a Cristina Fernández de Kirchner de promover “un bipartidismo de derecha” y otras sandeces similares, como si creyera todavía que en la Argentina otorga chapa decir que se es de izquierda o progresista cuando uno ha jugado toda la vida como idiota útil para esa derecha liberal y cipaya, que siempre necesitó un falso puntero zurdo para engañar sobre la raya y luego tirar el centro a la cabeza del Imperio.

Ese “demócrata” fue distinguido hace poco más de un mes en la Casa Rosada por una administración que le hizo los deberes veinte años después y que carga gratuitamente con la romana de la culpa y de la acusación, y que en este tiempo (vaya a saberse por qué motivos) ha preferido reivindicar a tamaño desleal.
Después, o antes, qué más da, descubrieron un busto que para muchos no hace honor a su fisonomía. Nunca sabremos si el escultor falló en su cometido o al agasajado, a esta altura, se le ha caído la cara de vergüenza. A tal punto que
es imposible reproducirla.

En cuanto a los verdaderos dueños de la vuelta a la democracia, nada tienen que ver ni Raúl Ricardo Alfonsín ni mucho menos la Unión Cívica Radical, partido colaboracionista por fuerza de los números: 600 de sus cuadros dirigenciales ocuparon intendencias y embajadas de la mano de los criminales Videla, Viola, Galtieri y Bignone. Los apellidos de Amaya y Karakachoff (mártires, sin duda) no alcanzan para borrar el oprobio de la UCR como entidad partidaria.

Por eso, ni Alfonsín ni los comunicadores de nuestra Mediocracia que estos días hacen un panegírico de su figura (es decir: las Magdalenas, los Joaquines, los Nelsons, los Pepes Eliaschev) tienen ni un ápice de autoridad para bañarse de democracia en este 25º aniversario y presentar a aquél como el inmaculado demócrata de fin del siglo XX. No les pertenece. No hicieron nada. Ellos miraban para otro lado cuando los verdugos del poder extranacional se llevaban a la gente y le ponían candado a las unidades básicas y comités, para que la Argentina se convirtiera en un territorio baldío prohibido para producir soberanía y justicia social.

EN LOS HOSPITALES DE MAR DEL PLATA,SIMPLE Y DESGRACIADAMENTE, ES FACIL MORIR

*Por Oscar Ortiz

Que nadie me la cuente. Ninguno me “envuelve”. La única verdad es la realidad, decía un gran político de la historia argentina. Me tocó vivirlo y punto. El presente es atroz y, silenciarlo, implicaría ser cómplice. Se le falta el respeto a la dignidad humana. La mentira está detrás del disfraz de la frivolidad, muy de moda por estos lares al menos. En los hospitales provinciales de Mar del Plata, simple y desgraciadamente, es fácil morir.
Es una mezcla de asco y tristeza. La clase política la denomina “sensación”, un término simplista que oculta la desidia, la inoperancia, la poca capacidad de respuesta antes hechos graves de los más desprotegidos. No tener obra social es sinónimo de muerte. El derecho constitucional del pueblo a la salud pública no se cumple. Es más, no se quiere cumplir.
Mi odisea comenzó el jueves de la semana pasada a las 8,15. El dolor –fortísimo- se instaló en mi abdomen. Tuve que dejar mi programa de radio. Mi hijo me trasladó a casa. Se solicitó una ambulancia. Llegó el médico con su asistente. Tengo obra social y se solicitó internación inmediata. Un error involuntario derivó ese traslado al Hospital Interzonal Oscar Alende. Llegué al nosocomio a la 9,20. De inmediato, a la guardia. Era día de paro (legítimo de los trabajadores) y el pasillo era la sala de atención. Los profesionales médicos (los rescato) se desvivían. Casi 40 personas esperaban ser atendidas pero no se daba a abasto. “Se hace lo que se puede”, alcancé a escuchar en pleno dolor, ese que dobla y no permite pensar. “Espere, sólo es un balazo”, decía alguien con uniforme azul. Una mujer, junto a dos pequeños gritaba desesperadamente. Tenía un corte en el cuello y sangraba de manera tremenda. “Ya va, esperá corazón”, fue la respuesta de alguien aparentemente acostumbrado a estas “lides”.
A mí me dejaron –como a muchos de esos 40- tirado durante cinco horas y media. La desesperación de la familia y la impotencia reinaba el patético cuadro de ese pasillo. Hasta que surgió lo más rastrero. Alguien me reconoció después de ese lapso y dijo: “Che, este es Ortiz, el director del Diario El Atlántico; hay que atenderlo…”. Como si, por ello, tuvieran la obligación de atenderme con privilegios. Mi asco se multiplicó. Mi familia decidió sacarme de ese lugar. Me levanté como pude de la camilla y caminé con ayuda hacia la puerta de la guardia. Personal de Seguridad le dijo a mi esposa: “Toque el botón rojo por si necesita un taxi”. Así lo hizo y hasta lo “agradeció”.
Llegué a la Clínica Colón, un ejemplo de eficacia y responsabilidad a mi entender. El diagnóstico rápido decía contundentemente “apendicitis”. A los 45 minutos me operaron. Cuando desperté llegó el cirujano y dijo: “Usted llegó muy grave. Estuvo a minutos de una peritonitis”. Le conté mi odisea en el hospital público y, doy fe, hasta casi se le escapa una lágrima.
Hoy la puedo contar y le doy gracias a Dios. Pero sigo pensando en esa gente que “compartió” el pasillo a la espera de hacer uso del derecho a la salud. Que nadie me la cuente. Y al que me la quiera contar de otra manera hoy le escupo la cara. Soy periodista. Estoy “acostumbrado” a que lleguen a mi redacción grandes anuncios que hacen los funcionarios que, aún, no han tenido “el privilegio” de ser atendidos en lugares como este que, además, son de su responsabilidad.
Mis amigos me dicen todavía que tengo que hacer algo. Esto no puede ser, acaso en salvaguarda de esos 40 pacientes que el jueves pasado “compartieron” la odisea. Y lo voy a hacer. Voy a denunciar a los responsables de este hospital por abandono, no de persona sino de personas, de seres humanos. Y no sólo los demandaré ante la justicia sino ante las autoridades provinciales, nacionales y organismos internacionales de salud para que paguen por esto.
De la política rastrera estamos hartos. De funcionarios que no funcionan, también. De aquellos que nos quieren convencer que estamos en el primer mundo, cuando al primer mundo hay que conocerlo para comparar. Sobran muchos verseros de ocasión. Aquellos que viven de cualquier cosa, menos del trabajo. Aquellos que hacen de la miseria y desesperación de la gente un negocio político personal.
En Mar del Plata, es fácil morir. Eso sí, la frivolidad de la década de los 90 parece haber resurgido. Y esto también es lo que más me asusta. Mar del Plata no es una Copa Davis, ni un Festival de Cine, ni una Feria del Libro, ni siquiera un verano. Por eso, tengamos cuidado con aquellos que hablan de una ciudad de 12 meses bajo un slogan (amardelplata) que se contradice con la realidad, patética por cierto, de su gente, el manos en salud y seguridad. Pero la vida, señores funcionarios, es como el final de un juego de ajedrez: reyes y peones terminan en el mismo cajón.

*Director Diario El Atléntico - Mar del Plata

Gentileza: Prensa Marplatense

Norma Arrostito:EL TROFEO DE GUERRA DE LA MARINA

El 2 de diciembre de 1976 desaparecieron a Norma Arrostito
Era la fundadora de la organización Montoneros. Había participado en el secuestro del general golpista Pedro Eugenio Aramburu. Los diarios la dieron por muerta. Pero estaba detenida ilegalmente en la ESMA.


Hace 29 años, los principales diarios argentinos destacaban el 3 de diciembre en sus primeras planas que una de las líderes de la organización revolucionaria Montoneros, Norma Arrostito, había sido “muerta durante un procedimiento” en el partido bonaerense de Lomas de Zamora.
Nada parecía contradecir la información de la que se hacían eco los matutinos. Un parte militar proveía datos precisos: “El Comando de la Zona 1 informa que como resultado de las operaciones de lucha contra la subversión en desarrollo, fuerzas legales llevaron a cabo una operación el día 2 de diciembre, a las 21 horas, en (Manuel) Castro y Larrea, de la localidad de Lomas de Zamora. En esa oportunidad fue abatida la delincuente subversiva Esther Norma Arrostito de Roitvan, alias Norma, alias Gaby, una de las fundadoras y cabecillas de la banda autodenominada Montoneros.”

El diario La Razón daba precisiones acerca de los sucesos que habrían tenido lugar en el sur del Gran Buenos Aires. “El escenario del tiroteo fue una pared medianera, que circunda a un taller mecánico, a pocos centímetros de la puerta de acceso al establecimiento. Tan cerca fueron los disparos que varios de ellos pasaron el portón de hierro e hicieron trizas el parabrisa y ventanillas de la camioneta Citröen, estacionada en su interior. Según la misma fuente, desde hora más temprana varias personas que no se identificaron, exhibían en los comercios del barrio fotos de una mujer, preguntando dónde se alojaba. Presumen que era Arrostito.”

Sin obviar términos propios de la jerga castrense, el medio gráfico que dirigía Patricio Peralta Ramos proseguía: “La terrorista estaría en alguna casa de las inmediaciones que no fue allanada, porque las fuerzas combinadas sabrían que en el lugar no había reunión de elementos subversivos, sino que se trataría del domicilio de algún familiar de la mujer muerta. Asimismo, indicaron los vecinos, que el foco de la luz de mercurio -único en la cuadra- fue destrozado a balazos poco antes de que se produjera el enfrentamiento”.

A casi 30 años, una mujer que vive a media cuadra de los sucesos recuerda aquel día: “Eso fue una noche. Cerraron todas las calles y me acuerdo que mi marido tenía que entrar y no lo dejaban pasar. Hicieron todo ese operativo, pero era todo mentira”. Aunque los periódicos parecían obviarla, entre la población existía una desconfianza acerca del supuesto enfrentamiento que habría terminado con la muerte de Arrostito.

El 9 de diciembre aparecía en los kioscos de diarios, la revista Gente con una tapa muy elocuente. Una de las fotos de Arrostito publicadas en 1970 tras el ajusticiamiento del General Pedro Eugenio Aramburu llevaba un sello con la leyenda de: MUERTA (2/12/76- 21 horas). La primera plana dejaba en evidencia que el asesinato de los opositores era una mera cuestión burocrática para los militares en el poder. Y, también, que ciertos sectores del periodismo aplaudían esa metodología.

Casi ninguno de los diarios argentinos se privó de festejar las “hazañas” logradas en ese mes por las “fuerzas legales”. La Razón, se jactaba de los “golpes a la subversión”; La Opinión se enorgullecía: “Algo huele mejor en la Argentina”.

Sin embargo, los militantes de las organizaciones revolucionarias sentían el desmoronamiento que se estaba produciendo. “Yo tenía 23 años. Era muy pendeja y para mí “Gaby” era todo un símbolo. No era una compañera de militancia sino que era un símbolo de mi militancia”, sintetiza la ex detenida desaparecida Elisa Tokar.

Con la caída de Arrostito ya se habían generado seis bajas dentro de los que podían contarse como los fundadores de Montoneros. Fernando Abal Medina y Carlos Ramus habían sido asesinados en 1970 en William Morris. En otros episodios, también habían sido abatidos Emilio Maza y Carlos Capuano Martínez. También, había caído en plena dictadura lanussista José Sabino Navarro.

Sin embargo, lo que parecía claro para los medios sobre la muerte de Arrostito, no lo era para los vecinos de Larrea, entre Hipólito Yrigoyen y Manuel Castro: “En ese momento, los militares dijeron que en la otra cuadra (que sería entre la avenida Hipólito Yrigoyen y Larrea), habían matado a una extremista que era Norma Arrostito. Se vieron unas manchas de sangre contra la pared y nada más”.

Una docente que reside hace más de 30 años en esa calle afirma: “Creo que ni siquiera pusieron un cuerpo, porque a la gente que vivía enfrente, la hicieron tirar al suelo para que no miraran por la ventana. Después, llegó una ambulancia. Por eso digo que no sé ni si hubo cuerpo.”

Otros vecinos prefieren ni recordar el operativo.



Una muerta detenida


Sobrevivientes de la Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA) reconocieron a “Gaby” en cautiverio. Todos coincidían en que había sido ferozmente torturada y que debía tener grilletes y esposas en todo momento.

Elisa Tokar, quien no había conocido personalmente a Arrostito antes de que la Marina la secuestrara, relata que en la sala de torturas vio a quien daban por muerta. “En el interrogatorio, los milicos me preguntan: `¿Qué sabés de Norma Arrostito?´. Y el subprefecto Héctor Antonio Febres o el capitán de corbeta Francis William Whamond ordena: `Que traigan a la ‘Gaby’´. Me la hacen ver, con grilletes, con esposas y con la capucha. ‘Gaby’ estaba harta de que la expusieran de esa manera: la lleven, la bajen, la traigan. Por eso cuando le sacan la capucha, les contesta muy mal a ellos.”

En el libro Recuerdo de la muerte, el escritor Miguel Bonasso narra el instante en que el militante montonero “chupado” en la Escuela de Mecánica Jaime Dri ve con vida a “Gaby”. “El `Pelado’ nunca la había conocido personalmente, pero notó inmediatamente un contraste en esa figura espectral que todos observaban. Un contraste que provocaba un malestar soterrado. Si el examen empezaba por la cabeza, se notaba que iba bien peinada y arreglada, que su vestido gris estaba limpio y planchado, como el de los detenidos libres. Si la mirada bajaba hasta los pies descubría la causa del lento caminar: como los galeotes de Capucha, tenía los tobillos aherrojados por grilletes”.

El día en el que Dri vio a la mujer que era sinónimo de Montoneros fue el 24 de diciembre de 1977. Ya había pasado más de un año desde la supuesta muerte de Arrostito cuando habría tratado de fugarse. Los secuestrados no dudaban por qué los militares habían montado esa operación de prensa.

“Ellos pensaban que probablemente con el tema de la picana, ella iba delatar. Entonces, mejor tenerla por muerta para que los otros, los que pudiesen caer, estuvieran tranquilos porque estaba muerta y no iba a poder cantar nada”, explica la maniobra militar Tokar.

Aunque Arrostito tuvo una última victoria frente a la barbarie cautelosamente planificada por los marinos. “Ella los cagó: no delató absolutamente nada. ‘Gaby’ se empastilló, ellos le sacaron la pastilla. Ella tenía otra pastilla en el corpiño, que se la tomó en la enfermería y ellos se la volvieron a sacar. Le dieron sin asco, pero no cantó nada”, revive la sobreviviente.



Los días en la Escuela de la Armada

En Sueños sobrevivientes de una montonera a pesar de la ESMA, la autora Susana Jorgelina Ramus recuerda: “(Norma) estaba siempre alegre, era un sol, los guardias la querían, todo el mundo la quería, no sé si también (el contralmirante Rubén Jacinto) Chamorro, que la iba a visitar todos los días para convencerla o para mostrarla como trofeo a las otras fuerzas”. Miembros de las otras Armas iban a verla seguido: en esas circunstancias, quedaban atrás los viejos recelos existentes entre la Armada y el Ejército, que la reclamaba constantemente porque no había olvidado lo de Aramburu.

Las visitas del director de la Escuela eran recurrentes. “A la tardecita, él la venía a saludar, venía a hablar con ella”, comenta Ramus a LA MEMORIA DE NUESTRO PUEBLO. “Se quedaba un montón de tiempo”, especifica.

Por su parte, Elisa Tokar esclarece: “‘Gaby’ era un rehén importante. Creo que había una admiración de parte del “Delfín” Chamorro: no era una mujer común. No tenía cara tampoco porque la verdad es que la hicieron mierda en las sesiones de tortura. Él sabía perfectamente que iba a terminar muerta. Si alguno de los de ahí iba a sobrevivir, ‘Gaby’ no iba a ser”. Las razones por las que la sentencia de muerte ya estaba firmada para Arrostito eran básicas. “El ejército la pedía. Era un personaje emblemático. Era la fundadora de la organización enemiga para ellos”, detalla Tokar.

A pesar de esto, los marinos vieron una oportunidad para sacar provecho de la situación. Ramus cuenta que los integrantes del grupo de tareas de la ESMA le habían propuesto un trato para salvar su vida. Norma tendría que hacer una declaración o una conferencia de prensa, diciendo que había sido tratada bien por la Marina y que la organización Montoneros había sido derrotada. A cambio, ellos le darían documentación falsa para que pudiera irse a Inglaterra. “Ella no estaba dispuesta a hacer eso. Tampoco les creía mucho porque después de haber salido en los diarios como muerta, era improbable que la dejaran viva”, recuerda su compañera de cautiverio.

Durante unos meses, la fundadora de Montoneros fue llevada al sector de oficinas, conocido como la “Pecera” a trabajar con diarios, a hacer recortes. “Ella aceptó eso para no estar todo el tiempo en su celda, no porque significara algún tipo de colaboración”, deja en claro Susana Ramus.

Arrostito estaba segura de su destino pero no por eso pensaba doblegarse. “Yo la veía como una mina muy sana mentalmente”, confiesa la sobreviviente Susana Ramus. Y agrega: “No se hacía la cabeza pensando lo que le iba a pasar o no. Era sorprendente que a ella en ningún momento la veías mal, como puede estar una persona que sabe que la van a matar”.

Quizás era su espíritu lo que hacía que Arrostito no sólo despertara el interés de los altos jefes militares. Según cuenta Elisa Tokar, había un alumno de la ESMA que oficiaba de guardia, quien hablaba mucho con la fundadora de Montoneros y hasta planeaba cómo asistirla en una posible fuga. “Era un ‘verde’ muy jovencito y muy enamoradizo. Me contaba que él le proponía escaparse. Totalmente loco. No hubiesen podido. Él hubiese muerto en el intento si la ayudaba”.

A Susana Ramus no le caben dudas acerca de la razón del enamoramiento del guardia: “Norma era encantadora”.



La sentencia

Desde luego nadie pudo cambiar el destino que los marinos habían decidido para la revolucionaria. Tokar recuerda que cuando se llevaron a Arrostito de la ESMA fue terrible para los detenidos porque sabían que no iba a volver. “Ella estaba con problemas circulatorios graves. Creo que los milicos aprovecharon la situación para darle la inyección. Pero que la inyección se la dieron, se la dieron”, revive el 15 de enero de 1978.

Susana Ramus fue una testigo privilegiada de los hechos. Ella había podido hablar dos o tres veces con “Gaby”, cuando las guardias más permisivas la dejaban acercarse al “camarote”. En esas oportunidades, Arrostito había hablado con ella de la política interna de la organización Montoneros pero también se habían hecho tiempo para que Norma le leyera el tarot.

El destino de Arrostito era adivinado por todos los demás prisioneros. Pero para Susana fue inexplicable todo lo que le tocó vivir.

Susana Ramus estaba en el salón dorado, donde era empleada en lo que Emilio Eduardo Massera llama “proceso de recuperación”, es decir, la utilización de los detenidos como mano de obra esclava. Ella estaba actualizando unas fichas cuando entra Jorge “Tigre” Acosta, alborotado: “Qué le pasa a Arrostito que está mal. Se muere. ¿Por qué no la acompañás, Jorgelina?”, gritaba.

Ramus relata los últimos momentos de “Gaby”: “A ella la traen, como agonizando, y a mí me ponen en la parte de atrás de una camioneta junto con ella. Estaba consciente pero más o menos. Me agarraba la mano, como que sabía todo lo que estaba pasando”. Pero Norma no aportó certezas sobre su estado: “No me dijo: `Me mataron ni nada ´”.

Cuando llegan al Hospital Naval bajaron a Arrostito y le golpean el corazón, como si intentaran resucitarla. Susana ya no pudo observar más porque la llevaron nuevamente a la ESMA. Pero la actuación del “Tigre” siguió. “Al rato me llama y me dice: ´Vos sabés que Arrostito no quería colaborar. Hubo que hacer esto ´.

La confusión se apoderó de Susana. Al tiempo que todos, o gran parte, de los detenidos de la ESMA se fueron enterando la terrible noticia. “Algunos compañeros sabían que a Norma le habían puesto una inyección de aire para provocarle la muerte”, recuerda con horror Ramus.

Esa era la muerte cobarde que la Armada había decidido para quien era la guerrillera más buscada de la Argentina.

TEA. Buenos Aires

Luciana Bertoia



Fuente:
Revista La Memoria de Nuestro Pueblo - Nº 19 - Año 2005

UNA FOTO CARGADA DE HISTORIA



Dos nietos recuperados cuentan su pasado común
Los apropiadores de Juan Cabandié y de Matías Reggiardo Tolosa eran amigos y compartían viajes y cumpleaños. Crítica de la Argentina reunió a los jóvenes luego de diez años.



*Por Hernán Brienza



Ayer. Juan Cabandié (de remera celeste) y Matías Reggiardo Tolosa en un cumpleaños junto a sus apropiadores y Gonzalo Reggiardo Tolosa.
Se aflojó un poco el nudo de la corbata. Los cuatro pisos por escalera lo habían agitado. El ascensor de la Legislatura porteña no funcionaba porque se había cortado la luz. Se acomodó el cabello y cerró los párpados nervioso, contraído. Entonces vio a su amigo de la infancia, a ese que había visto por última vez hacía diez años, pero con el que había pasado los cumpleaños, las fiestas familiares, con el que había jugado a la pelota y al poliladron, sin saber quién de ellos era el policía o el ladrón. Y de hecho, cuando jugaban, no sabían todavía quiénes eran. Es más, la última vez que se habían visto uno de ellos todavía no era el que es ahora. Un nombre apócrifo ocultaba las señas de su pasado, sepultaba el horror, disimulaba cicatrices. Entonces, lo vio. El otro ahora ya no era más Mariano. Había gritado al mundo “Yo soy Juan”. Él, en cambio, seguía siendo Matías Reggiardo Tolosa, pero ya hacía muchos años que no era más Miara.

Le temblaron las manos. Caminó por el pasillo de la Legislatura y ambos se sonrieron. Se miraron y se abrazaron. Juan Cabandié dijo algo con voz trémula, apenas reconocible, y los invitó a pasar. Junto a Matías estaban María de la Victoria Ruiz Dameri, también nieta recuperada, y Analía Argento, autora del impecable libro De vuelta a casa. Historia de hijos y nietos restituidos –de Editorial Marea– y verdadera artífice del reencuentro de los dos amigos. Entraron en el despacho, cerraron las puertas, los dos estaban parcos, secos y cierta tensión se notaba en el aire. Detrás de ellos, la foto de una marcha en reclamo por los cientos de nietos que todavía falta recuperar daba un marco barroco, pero efectivo. Entonces, rieron. Cabandié, legislador kirchnerista, lo chicaneó a Reggiardo Tolosa por una supuesta oferta de la Coalición Cívica para ser candidato político. “Les dije que no, porque yo no quiero hacer política”, contestó Matías.

Luego, los dos amigos –cuya vida había sido atravesada por la política de la manera más feroz posible– se prestaron para las fotos y pidieron quedarse a solas. Eran las 19. Durante dos horas, las puertas del despacho fueron infranqueables. No hubo interrupción posible y los empleados del despacho golpeaban y obtenían la misma respuesta siempre: “Que no nos moleste nadie, por favor”. Adentro, dos hombres barajaban de nuevo sus vidas, hablaban de identidades perdidas y encontradas, de sus padres, de sus apropiadores, de la sensación de ser hijos de desaparecidos y ahora padres. Matías dijo: “No tenemos derecho a sentir odio, porque si sentimos odio ganaron ellos, los que nos sembraron el dolor”. Y Juan explicó que contó su historia una y otra vez para sublimarlo, para exorcizar tanto dolor.

La historia de ellos está bien contada en el libro de Argento. Cabandié se presentó solo en el acto político por los 30 años del golpe del 24 de marzo de 1976. Dijo: “Yo soy Juan, nací en la ESMA el 16 de marzo de 1978, lugar donde mi mamá y yo compartimos sólo 20 días. Viví casi 26 años con un nombre que no era propio y creyendo que mis padres eran un policía y su mujer. Gracias a la ayuda de Abuelas, supe que era hijo de desaparecidos. Damián, mi papá, tenía 19 cuando fue secuestrado. Alicia, mi mamá, tenía16 y estaba embarazada de cinco meses. Así es mi historia, la que despertó el deseo de involucrarme, porque no podemos dejar que se pierdan dos generaciones, la de nuestros viejos y la nuestra, donde el individualismo nos alejó de ser protagonistas”. Sus apropiadores fueron el ex oficial de inteligencia de la Federal Luis Falco y María Teresa Perrone. Él se enteró de su verdadera identidad el 26 de enero de 2004, luego de acercarse a Abuelas y realizarse los análisis de ADN correspondientes.

La vida de Matías fue un poco más dura, si es posible medir la vida en estos términos. Junto con su hermano Gonzalo vivían bajo la apropiación del matrimonio de Samuel Miara –ex subcomisario de la Federal, actualmente detenido por 158 delitos de lesa humanidad en el circuito represivo ABO (Atlético, Banco, Olimpo), bajo jurisdicción del Primer Cuerpo de Ejército– y Beatriz Castillo, y el proceso de restitución fue un verdadero calvario. En 1984, Miara secuestró a los chicos y los llevó al Paraguay, pero ambos fueron restituidos en 1989. Su verdadera identidad –Reggiardo Tolosa– recién se supo en 1993; cuando se realizaron los análisis los mellizos eran menores. Desde allí en adelante, los dos hermanos iniciaron un proceso lento, muy lento –era el tiempo que necesitaban– para reencontrarse con su pasado.

¿Cuál es la clave del reencuentro entre Matías y Juan? La respuesta está en esa foto en la que Falco y Miara sostienen a los chicos en brazos. Los dos apropiadores eran amigos y los chicos habían pasado todos sus cumpleaños y las fiestas familiares juntos. Habían compartido un veraneo en Villa Gesell en los años ochenta y Juan llamaba tíos a Miara y a Castillo y lo mismo ocurría con los mellizos y Falco y Perrone. Como si eso no bastara, Juan sospecha que el que lo entregó a sus apropiadores, el nexo entre el horror de la ESMA y el horror de una familia que no era la suya, fue justamente Miara. Adjetivar la foto, entonces, sería un exceso.

Por esta historia toma importancia la primera aparición pública de los dos hombres, el miércoles pasado a las 19.30 –un día después del encuentro a solas– en el teatro La Máscara, donde presentaron juntos el libro De vuelta a casa. Bajo la mirada atenta de las abuelas Buscarita Roa y Alba Lanzilloto, Matías Reggiardo Tolosa, quien no hablaba en público desde hace más de 14 años, cerró la presentación y dijo: “Yo quiero que mi experiencia sirva para los demás. A aquellos que no pueden dormir, les digo: no tengan miedo de saber la verdad”.

Fuente:Crítica Digital