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28 de diciembre de 2008

EL ANTIPERONISMO EN LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN: Primera Parte


*Por Claudio Díaz

¿Cuál es el colmo del periodismo argentino? Que el diario más sumiso a las pretensiones extranjeras, venerador rastrero del pensamiento colonial, se llame... La Nación. ¿Y las expresiones de mayor cinismo político? Las monerías de aquellas mascotas del zoológico escrito, radial y televisivo que se arrogan el papel de analistas “independientes” y “objetivos” y apuntan siempre hacia el mismo blanco: el peronismo; su vida, su pasión y su obra.

A esta altura de la historia parece ocioso recordar la naturaleza del más grande fenómeno político de Iberoamérica. Su rol como movimiento fundacional de la Argentina moderna (porque con él se produce la real unificación de los componentes que hacen a una Nación: territorio, clases sociales, identidad y mercado) y su filosofía social (el hombre como valor supremo, a diferencia de otras ideologías que sólo lo ven como materia prima o mera ficha de un tablero político), constituyen el único antídoto contra el veneno de la llamada globalización, esa palabreja aséptica y aparentemente neutra que esconde su verdadera cara: el imperialismo multifacético del siglo XXI o, en palabras de Perón, la sinarquía internacional.

Para ser precisos: el peronismo, tal como lo concibió su creador, no puede participar del juego que proponen los organizadores del poder mundial porque las reglas que éstos imponen se chocan con su razón de ser. Frente al desorden (verdadera anarquía) que promueve el capitalismo “globalizado”, Perón tiene para proponer la armonía de la Comunidad Organizada, que es la convivencia equilibrada entre todas las naciones del planeta. He aquí, justamente, la piedra en el zapato de los colonialistas: el Estado-Nación, tal como fue surgiendo en los siglos XIX y XX, debe desaparecer definitivamente para que el gobierno mundial termine de acomodar el nuevo esquema de dominación.

La disolución nacional para convertir a la Argentina en colonia eterna e infinita implica, primero, llevar adelante la desperonización política y social de nuestro país. A su vez, para desperonizar a la Argentina hay que demonizar al movimiento nacional, cosa que se viene intentando desde hace 60 años a través de varias formas: la falsificación de la historia, los atentados, bombardeos y golpes, los fusilamientos, la proscripción, la persecución y desaparición de sus hombres y mujeres, y últimamente la traición y el vaciamiento doctrinario.

En todo esto anda, una vez más, la “patria periodística”. El viejo juego de coincidencias entre la derecha e izquierda liberales es una constante de la política argentina, pese a que estos roedores del pensamiento caminan por veredas opuestas. Se trata de un fenómeno que podría caracterizarse de Unión Democrática conceptual. Comparten diagnóstico y prescriben la misma receta para salvar al país (acabar con el virus peronista) porque el movimiento nacional se metió en el medio de los dos y les alteró la lógica de sus análisis.

Por eso en los últimos años, a partir de algunas decisiones sin duda nacionales del presidente Kirchner (enfrentamiento a la mafia financiera mundial; recuperación de una visión industrialista para el país; independencia de criterio en las relaciones internacionales), se empezaron a ver por las avenidas del pensamiento antiperonista a algunas parejas francamente patéticas, hijas del posmodernismo: los revolucionarios de izquierda Marcelo Zlotogwiazda y Ernesto Tenembaum con el Grupo Clarín; la conservadora radical Magdalena Ruiz Guiñazú con el relator progresista Víctor Hugo Morales; el bebé de probeta de Mariano Grondona y Bernardo Neustadt, es decir, Marcelo Longobardi, con el filocomunista Alfredo Leuco; los Jorges (Lanata y Fontevecchia) con los histéricos Nelson Castro y Joaquín Morales Solá.

La sustitución de la realidad histórica, la denigración de los valores identitarios que conforman el alma nacional del pueblo, el cuestionamiento a quienes se identifican con procesos políticos y sociales de resistencia antiimperial son moneda corriente en la Argentina de hoy. Como en 1945, 1955 ó 1976, la ofensiva antiperonista es múltiple. Se trata de un avance masivo, coordinado e implacable de los medios en su discurso contra el gobierno peronista y sus políticas.

Consideramos imprescindible atender, antes que nada, la cuestión atinente a la filosofía peronista y a ese campo mucho más vasto y comprensivo que es el Pensamiento Nacional. Si pasáramos por alto esos basamentos que sostienen nuestra personalidad ideológica, toda esta tarea de divulgación carecería de alma. La razón es obvia: un pueblo que fuera dominado por una cultura que en cualquier orden no fuera la suya propia, jamás podría considerarse un pueblo verdaderamente independiente. Y hoy, más que nunca, el avasallamiento sobre las mentes de los hombres constituye el más despiadado y ominoso de todos los dominios.

Intentamos en este trabajo describir, a grandes rasgos, cuáles son los grandes desafíos que debe enfrentar el peronismo en esta hora clave (con perdón del término, que remite al programa televisivo de Mariano Grondona) donde los enemigos del proyecto nacional ya no sólo apuntan sus misiles desde las embajadas y cuevas de la City sino que actúan a cara descubierta desde el periodismo. El análisis comprende cuatro cuestiones: la nueva forma de dominio que se pretende ejercer desde la prensa; la confabulación contra la Argentina que surge desde el periodismo que padecemos; el pensamiento nacional como elemento fundamental para contrarrestar el colonialismo cultural; y finalmente, las armas que despliega el poder económico para falsificar la realidad de todos los días.

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I La mediocracia: una nueva forma de dominio

El hombre de nuestros días devora toda clase de mensajes: los diarios y las revistas, la radio y la televisión, la literatura, el cine, documentales, historias vulgarizadas o vulgares… Todo está ahí, al alcance de la mano, la vista y los oídos para penetrar en el pequeño mundo que vive en cada uno de los argentinos. El poderoso aparato comercial de la letra impresa o la imagen con sonido explica la riqueza vital de este presente dado en llamar, con cierta pomposidad, como la era de la comunicación.

Se trata de un proceso sin duda estimulante, pero que se convierte en motivo de inquietud y de riesgo porque lo que debiera ser un mercado de ideas y mensajes abierto a muchas voces, queda en poder de un reducido grupo que construye el relato único y trata de imponerlo como una verdad de Biblia.

La libre circulación de “lo que pasa” resulta de esta manera imposible e inimaginable. La imposición del discurso del poder a través de sus altavoces mediáticos se sostiene en la desproporción brutal que existe en la posesión de los medios de comunicación y en el control de la información.

Así empieza a instalarse el pensamiento único. Las logias que responden al capitalismo imperial difunden las “virtudes” de un excluyente modelo político, económico y social, el del liberalismo; y al mismo tiempo promueven la intolerancia y la demonización contra los disidentes, contra los que piensan distinto y actúan afirmados en sus esencias nacionales.

Se pueden permitir sus meras existencias, pero se les impide manifestar sus opiniones diversas y confrontativas. Surge así un bombardeo manipulador que culpabiliza a esos rebeldes de todos los males del país. Asimismo, se “adoctrina” a los neutrales o a los indiferentes para que empiecen a educarse en el terror a las mayorías populares y, claro, en el repudio a sus políticas.

De esta manera, a través del concurso al que se presta todo un cuerpo especial de intelectuales, arrendados en la mayoría de los casos (aunque a veces utilizados como instrumentos involuntarios), el conflicto entre el SER O NO SER de los pueblos se dirime, más que nunca, a través de los medios, que han venido a reemplazar la bayoneta de los ejércitos que en otro momento aseguraron el vasallaje impuesto por los poderes económicos. Existe todavía, cómo que no, un modelo aberrante de apropiación de territorios por vía de la violencia (ahí están los casos de Palestina o Irak como ejemplo), pero es indudable que el poder mundial avanzó hacia formas de dominio menos crueles, sin tanto derramamiento de sangre, más limpias y asépticas, aunque igual de repugnantes.

Ahora es la colonización de la opinión lo que prevalece en el nuevo escenario, al que corresponde denominar como “Mediocracia”… Es decir: el gobierno de los medios, a los que por otra parte no les faltan sus mediocres representantes.

Lo que se busca es controlar el libre accionar del pueblo a través de la difusión de un pensamiento de sumisión frente al orden avasallador. Se trata, en definitiva, de una suma de elementos aptos para provocar un debilitamiento del discernimiento y de la voluntad de la Nación. Y que por su persistencia, impresiona como si se quisiera drogar a una víctima para esclavizarla sin resistencias. El arma elegida para llevar adelante este programa es el llamado “Periodismo Independiente”.
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