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30 de noviembre de 2008

SOLÁ Y DESCANGAYADO


*Por Claudio Díaz

En términos futboleros, que muchas veces encajan perfectamente en el “juego” de la política, podría decirse que el tipo ha sido, es y será un “calesitero”. Breve traducción: dícese de aquellos dirigentes (pasados de vueltas) que están permanentemente arriba del carrusel, saltan de caballito en caballito, nunca pagan y lo único que parece interesarles es agarrar la sortija.

En el peronismo esta es una práctica constante desde la muerte de Perón. Y que ha permitido que esa clase de politiqueros le haya hecho llegar a la militancia oportunistas invitaciones para dar vueltas en torno a ellos, como si fuésemos sus satélites. ¿Querés subir a la calesita? Bueno, ponete en esta cola y esperá... Entonces pretendieron que fuéramos, primero, cafieristas; después, menemistas; más tarde, duhaldistas; y ahora, kirchneristas.

Felipe Solá dio vueltas con todos ellos. Es uno de los más patéticos exponentes de esa impúdica “vocación” de estar siempre, con Dios y con el Diablo. Ya se pondrá su propia calesita y querrá convencer a las generaciones del nuevo siglo de que no hay nada más promisorio en el cercano bicentenario que convertirse en “solistas” (para el peronismo no existe peor doctrina que la del individualismo, porque somos el fruto de una idea que se pensó en equipo y se construyó entre todos).

Nunca fue fiel este Felipe… Podría comparárselo con un lejano monarca de la España de principios del siglo XVI, Felipe El Hermoso, cuya mayor virtud era seducir a varias mujeres al mismo tiempo, conquistarlas y traicionar a su esposa Juana sin ninguna clase de escrúpulos; saliendo un día con otra amante y al siguiente con otra y tras pasado con otra, y así sucesivamente.

El álbum familiar del peronismo muestra que, después de haber servido a Antonio Cafiero, cuando entre 1987 y 1991 gobernó la provincia de Buenos Aires, el Felipe de las Pampas hizo gala de un gran sentido de la oportunidad y no puso reparos para rendirse a los pies del Rey Carlos de Anillaco. Le damos la derecha: él podría alegar que se convirtió en funcionario para ser útil a la patria. ¿Pero fue realmente así? No vamos a referirnos nosotros al rol que cumplió durante aquellos años al frente de la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación. Mejor dejemos que hable Clarín, más precisamente el Suplemento Rural, que el 22 de noviembre de 2003 explicaba por qué Solá se había hecho acreedor al premio Reconocimiento que el Grupo otorgaba entonces “a destacadas personalidades vinculadas al campo que realizaron importantes aportes a la agroindustria argentina”.

Copiamos de la noticia publicada en la citada fecha: “El actual gobernador de la provincia de Buenos Aires cumplió un papel relevante en el desarrollo del sector agropecuario en la Argentina. Fue ministro de Asuntos Agrarios de la provincia en 1987/89, y de allí saltó a la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación, donde se mantuvo hasta 1998, salvo durante un interregno en el que fue diputado nacional. Su recordada gestión tuvo un hito indiscutible: la autorización para que fuera liberada la soja transgénica”. Aquí cabrían varias reflexiones: en el laboratorio del poder mundial y sinárquico, los 90 fueron la etapa de “desarrollo” para convertir a la Argentina en una colonia sembrada de porotos que, encima, cuando ya perdieran toda voluntad de germinar, nos dejarían por varias décadas la tierra arrasada. Pero detengámonos en una sola cuestión. Si nuestro Felipillo fue reconocido por su rol de agente agrario, ¿pudo haber sorprendido, entonces, que en los primeros días de julio de 2008, cuando fue llamado a votar al Parlamento, optara por subirse a la calesita de los sojeros?

El reciente renunciante al bloque del Frente Para la Victoria brama ahora contra los supuestos “abusos” y el “disciplinamiento monetario” que el kirchnerismo descargaría contra varios buenos muchachos que todavía pretenden lucrar con el peronismo, tal los casos del cordobés De la Sota, el salteño Romero, el misionero (amigo de Macri) Puerta… No se recuerda, en cambio, que demostrara esa enjundia durante el infame período noventista en que se intentó enterrar para siempre la doctrina nacional. No se recuerda mención o siquiera interés alguno en saber por qué el Menemato no permitía el más mínimo disenso, en un ejercicio de persecución implacable filas adentro que catalogaba a cualquier resistente como retrógrado detenido en octubre de 1945. Por no hablar de la demonización de quienes denunciaban la traición y la liquidación del proyecto nacional peronista, como el caso de Saúl Ubaldini (a quien se acusaba de complotador por defender las conquistas laborales) y Hugo Moyano, a quien el “democrático” gobierno del Rey de Anillaco había intentado manchar, allá por 1991, colocando en el escritorio de su oficina una bolsita con cocaína.

Claro, Felipillo estaba en otra tarea: empezar a abrir las rutas de las otras drogas, la de la soja transgénica y el glifosato para los cultivos, que terminarían intoxicando al país para imponer el modelo de los barones del campo. Pero se “murió” el Rey y gritó ¡“Viva el otro Rey”! (esta vez el de Buenos Aires: Eduardo Primero y Unico). Y allí estuvo, y también sirvió un tiempo. Crítico de los “aparatos”, sin embargo no tuvo empacho en aprovecharse de uno de ellos para acompañar a Carlos Ruckauf en la gobernación bonaerense. Aunque poco después, cuando aquel lo abandonó con la casa en llamas, empezó a cargar contra Eduardo I y la Princesa Chiche, a quien les dijo de todo. Por ejemplo: “los bonaerenses son kelpers argentinos” (Clarín, 15 de octubre de 2002), porque el ya presidente Eduardo I le negaba fondos.

Poco después, en el verano de Punta del Este, y para La Nación (del 2 de febrero de 2003) afirmaría que “tanto el Presidente Duhalde como Carlos Menem representan la vieja política…”. Si avanzamos un poco más nos encontraremos con que ya en 2005, Felipe El Hermoso había navegado hacia las aguas de lo que algunos de su nuevo entorno denominan “Monarquía K.” Volvería a ser muy duro con el soberano de Lomas de Zamora que alguna vez lo dejó girar gratis en su calesita. Decía un artículo de Clarín, edición del 26 de agosto de 2005:

El gobernador de la provincia de Buenos Aires, Felipe Solá,
se sumó a las críticas del oficialismo contra el ex presidente
Eduardo Duhalde, de quien dijo que “agazapado en Mon-
tevideo con un cargo público” (ocupa la secretaría del Mer-
cosur en representación de Argentina) da mensajes por telé-
fono a sus legisladores, a los que, a su vez, acusó de “desesta-
bilizar” su gobierno en conjunto con los radicales desde el
Senado bonaerense.

Solá se defendió de su antigua alianza con el ex mandatario
diciendo que la situación se modificó desde el momento en
que decidió “que el gobernador gobierna sin tutelaje”, y
afirmó que pese a los condicionamientos que denunció por
parte del duhaldismo nunca pensó en renunciar.


En fin… Son pocos los que resisten un archivo. Durante estos meses, Felipillo no paró de arrastrarse hacia otros reinos que le seducen por el poder que puede encontrar tras sus puertas. En invierno entró, a escondidas, al palacio del Barón de Macri, que ya se sabe que es un hombre PRO: procaz, profano, promiscuo, proyanki… Y ahora, en plena primavera, cuando logró al fin liberarse de la asfixiante monarquía K, vuelve a los polvorientos caminos bonaerenses de los que un día huyó despavorido. Pero vuelve no sólo para asistir como lacayo al veterano y estropeado Eduardo I, sino además para unir su vocación de conquistador con otro aspirante a la corona sucesoria de la dinastía Duhalde, el audaz Francisco El Rojo Tatuado.

¿Llegará a tiempo, para el 2011, nuestro caballero andante? Porque siempre fue Solá, y encima ahora está descangayado… Además, con esa cara de amargo…


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